Texto e Imagen
Aquí encontrará fotos y vídeos de los evenots del festival, poemas, pasajes de novelas y ensayos que se han leído, o nuevas e interesantes ideas para el próximo festival.
“Ese es el momento más importante: cuando el libro encuentra al lector”: Charlas de Barrio con German Restrepo
En primer plano: el primer día del festival 2025
A Livraria da Torstraße 159 celebra duas décadas de literatura e cultura brasileira em Berlim
En el camino hacía el festival: lectura en Plattenkosmos
Felipe Sáez Riquelme, Cynthia A. Biggemann Juan Ignacio Chávez Douglas Pompeu Ezequiel Zaidenwerg-Dib Regina Riveros
Programm Festival 2025
“Mi deseo es que mis novelas sean un llamado a volverse a enamorar de la justicia social y del pensamiento utópico”: Charlas de Barrio con Gabriela Wiener
Relectura: ...ese fantasma solitario y triste...
Amir Valle
De huertos y piletas
Fabio Morábito, Juan Vitulli
En primer plano: el quinto día del festival
Relecturas: 7 poemas
Martha Gantier
En primer plano: el cuarto día del festival
Relectura: Ganas de otoño. Un aguafuerte
Luciana Ferrando
Relectura: Dos capítulos de la novela "La orejas del lobo"
Antonio Ungar
En primer plano: el tercer día del festival
En primer plano: el segundo día del festival
Em foco: A abertura do festival
Nuestra cartografía
Sonia Solarte, Esther Andradi
Im Fokus: Ein Apéro vor dem Festival
“Y así me abrí a vivir un viaje en la memoria muy intenso a nivel emocional, en eso se convirtió esta cartografía”: charlas de Barrio con Sonia Solarte y Esther Andradi
Daniel Sarmiento, Ana Rocío Jouli
"El hecho de que los libros estén aquí implica toda una gestión, un trabajo": charlas de Barrio con Teresa Cosci
Daniel Sarmiento
Un flaneur en Berlín: el joven Karl Marx
Sergio Raimondi
“La escritura también es un acto performativo; escribir poesía es combinar cosas”: charlas de Barrio con Cristian Forte
SERMÃO SOBRE A CASA MAL-ASSOMBRADA
Ricardo Domeneck
“Lo que puede ofrecerle la escena de Berlín a nuestro continente es principalmente autoconocimiento”: charlas de Barrio con Juan Carlos Méndez
Daniel Sarmiento
El primer trazo de un mapa. Prólogo del catálogo del festival
“Ese es el momento más importante: cuando el libro encuentra al lector”: Charlas de Barrio con German Restrepo
Germán Restrepo es de Bogotá, vive en Berlín hace 20 años y es librero desde hace 15 años.
Entrevista: Martina Herman
Edición: Elena Chiavazza Prieto
En esta entrevista con el fundador de la librería de libros usados en español “La Escalera”, German Restrepo nos invita a reflexionar sobre la historia artística y literaria de Berlín.
Llevando adelante una de las librerías latinoamericanas más antiguas de la capital alemana, German nos comparte su amor por las letras, la importancia de los espacios culturales libres, y un poco de cómo llegó a convertirse en el librero que es hoy.
German, cuéntanos un poco sobre tu librería La Escalera, ¿Cuándo se fundó?
En 2010. Este local en Prenzlauer-Berg es el tercero. Originalmente se fundó en el Tacheles, una casa ocupa donde trabajaban artistas. Era un espacio emblemático de Berlín que aún existe, en Oranienburger Straße, Friedrichstraße. Hasta el 2012 fue un centro creativo y artístico maravilloso, ya que era el lugar perfecto para tener talleres y estudios. Yo estuve ahí los dos últimos años con la librería, a la cual aceptaron como parte del ambiente cultural.
Suena como si este lugar es parte de la “escena mitológica” de Berlín, por decirlo de alguna manera…
Sí. Totalmente.
A mí algo que me llama la atención, es que en La Escalera todos los libros son usados. ¿Por qué?
Bueno, para mí los libros antiguos tienen un atractivo único. Desde siempre leí libros viejos, usados. De joven siempre los encontraba en la biblioteca, y yo sabía que eran buenos porque conocía y sabía de los autores, por ejemplo, y creo que por eso aún me siento conectado a ellos. Con libros nuevos no puedo establecer la misma conexión, porque no estoy muy metido dentro del, digamos, del ambiente literario propiamente de los escritores modernos. Sin embargo, aquí en La Escalera, intentamos hacer eventos literarios. Pero no con mucha regularidad.
Debe ser complicado encargarse de eventos y de la organización del espacio simultáneamente ¿Hay más gente trabajando en La Escalera?
Generalmente, y actualmente, estoy yo solo. Aunque claro, a veces tengo ayuda. Este año no mucha, pero antes venían practicantes de España, Francia. Y muchas otras veces he recibido ayuda de amigos o amigas. Entre 2015 y 2019 José Luis Pizzi estuvo a cargo de la organización de los eventos literarios.
Y en cuanto al público que recibe, ¿cuánta gente diría que viene a la librería en general?
Eso es totalmente irregular. No hay ninguna sistematicidad. En Navidad, por ejemplo, la gente compra más regalos, y puedo llegar a recibir más de 200 personas en un mes. Por lo tanto, en los años que yo llevo acá, el stock se ha renovado constantemente. Por año, he tenido que ir una o dos veces a España, y al volver surtir la librería, reponer y comprar cosas nuevas.
Y ¿cómo están organizados los libros? ¿Es esta una colección estrictamente en español?
Los libros están clasificados por idioma. La mayoría, claro, son narrativa escrita en español, aparte de las traducciones de literatura universal. Y en cuanto a los temas, tengo secciones de historia, filosofía, sociología, y demás ciencias sociales. Y bueno, de poesía un poquito.
En pocas palabras, si tuvieras que definir, ¿qué es La Escalera?
Bueno primero de todo es una librería. Después puede ser muchas cosas, porque puede ser un lugar donde las personas se sienten bien y charlan. No solamente de libros, pero de muchos temas. Es decir, como es un lugar un poco escondido… Es propicio para hablar sin intervención. Es un lugar muy relajado. Las personas aquí vienen y se extrovierten fácilmente.
Cuando alguien viene por primera vez, se sorprende mucho al descubrir que el espacio está escondido en el patio, sobre todo si son visitantes que viven fuera de Berlín – los berlineses, pueden estar acostumbrados a encontrar esta clase de espacios ubicados en patios traseros – pero los que vienen de afuera no saben que, en Berlín, solía haber mucha vida en estos rincones de la ciudad, la cual poco a poco se ha perdido. Entonces los que vienen de afuera no tienen idea de eso – Llegan y piensan: ¿Dónde estará la librería? Hay que ser curioso para encontrarla. Primero están las escaleras. Se suben por ellas y después se van a un patio. Y a medida que se acercan se va creando un misterio. Hay que pasar entre un túnel y a lo lejos ven en el edificio: “¿Qué es eso ahí?” Y de repente, ¡boom!, se encuentran con la librería. Cuando la gente llega la sorpresa es grande. Uno no sabe qué esperar. Se crea un misterio en esas seis puertas que se atraviesan. Se crea una anticipación. Una imaginación que trabaja. Y después se encuentran con un espacio cálido, lleno de libros. Los libros siempre son sagrados en la mente de la gente. Exudan algo venerable y respetuoso, ¿no?
Sin duda este es realmente un espacio con una energía muy especial.
Sí. Aquí a veces viene gente que me regala cosas para la buena suerte.
Veo que tiene estos regalos expuestos en una esquina al lado de los libros.
Es como un rincón de reliquias, como los que tienen los abuelos supersticiosos.
¿Usted es supersticioso?
Supongo que sí. Tengo piedras, me gustan las piedras. Tengo un santico. No soy religioso, pero bueno, me regalaron una imagen de santo. Mi familia es religiosa, en fin, somos latinos, ¿no? Pero mira, aquí tengo a San Pancracio, por ejemplo, que trae dinero. Y bueno, pongo ahí la imagen porque ¿Por qué no? Mal no va a ser. Otra amiga poeta de Bolivia hace figuritas de pan y me trae, hace tiempo me trajo una escalera. Otro amigo me regaló una rosa del desierto. Aquí tengo una rama de canela, que me dicen que es de buena suerte. En fin, esto es como Dios. Uno no sabe, pero al menos hay que agarrar el beneficio de la duda.
En cuanto al nombre de la librería, La Escalera, ¿qué significado tiene para usted?
Pues... representa la continuidad. Porque siempre ha tenido el mismo nombre. Y también representa la continuidad en el sentido de que este este es un espacio libre, independiente y abierto, el cual no está alineado con ninguna política o ideología. Aquí yo tengo libros de Marx, tengo libros diabólicos, santos. Pues, yo creo que el criterio de la librería es universal. Y en este espacio pequeño intento agregar y tener la mayor cantidad de teorías, pensamientos y literatura posible.
¿La literatura, o así la gestión cultural, es algo que desarrollaste en Berlín o ya lo hacías en tu país de origen?
La función de librero sí la desarrollé aquí en Berlín. En mi vida, antes, nunca pensé que fuera a ser librero. Pero desde la niñez, siempre tuve mucho contacto con libros. Siempre me gustó mucho leer. Yo creo que leer también es como una vía de escape, o sea... Es una forma de escapar de la realidad y desarrollar un mundo maravilloso. Yo comencé, por ejemplo, leyendo cómics. En mi época la televisión aún no estaba muy desarrollada. Así que cuando era niño, nos entreteníamos con cómics. Y ya después uno pasa a la literatura. Historias escritas, no solamente vistas. Y así te das cuenta que la literatura, las letras, son una forma maravillosa de conocer el mundo. Casi toda la información que uno tiene, al menos en mi generación digamos, viene a través de las letras, ¿no? Sí. A pesar que nosotros también tuvimos mucho cine .A mí me tocó una época de oro en el cine. En Bogotá había muchísimo cine, y yo era un adicto. Iba todos los días. Guau. Me veía como cuatro películas por día. Y por eso aquí me encanta hacer ciclos de cine.
Es otra de muchas actividades para crear comunidad en este espacio. Y en cuanto a esto, ¿cuál diría que es la relación entre La Escalera y la comunidad o colectivo latinoamericano?
Pues es una relación buena, o sea, La Escalera es bien conocida. Es de las librerías en español más antiguas de Berlín.
¿Y qué diría usted es lo que hizo que La Escalera sea tan conocida?
El tiempo. Cuando llegué a Berlín había una sola librería en español conocida, y era prácticamente la única que existía en Berlín. Se llamaba La Rayuela, y también hacían eventos. Era la librería del círculo literario hispanohablante. Era un espacio done la gente se reunía y conocía. En ese momento, La Escalera ya existía, pero era un poco, digamos, más, no diría underground, pero sí, estaba fuera del foco público. Lo que sucedió es que en un momento La Rayuela tuvo que cerrar. Se acabó. Y la gente comenzó a descubrir La Escalera. En ese entonces vino un montonón de gente. Y después, cuando abrió Andenbuch, el público se fue repartiendo.
Cuando empezaste en Tacheles estabas rodeado de un ambiente de artistas. ¿Cuáles dirías que fueron tus referentes cuando empezaste? Digamos, tu red apoyo.
El Tacheles era maravilloso porque no necesitabas nada de eso. Era estar ahí. Venían más de medio millón de personas al año. Había talleres abiertos, y básicamente, cada artista hacía lo que quería, si quería abrir el taller a veces lo abría, otras veces si quería lo cerraba. La gente pasaba por ahí, entraba, salía, miraba… era un ambiente totalmente libre. Era un lugar muy, muy peculiar. Yo me ubicaba en la entrada principal, bajo un arco. Y bueno, años después, no te puedo decir exactamente cuándo, yo creo, en el año 2000, lo compró un banco para renovarlo y reforzar la estructura.
Y ahora pensando en el presente ¿Cómo ves la escena literaria latinoamericana hoy?
Muy nutrida. Creo que Berlín se ha vuelto el punto de comprensión de muchos sudamericanos, sobre todo descendientes de migrantes europeos. Esta ciudad es un refugio. Berlín es una ciudad en la cual bueno, ahora no, pero antes, era muy fácil vivir. Y todavía tiene esa fama. Sobre todo, para artistas jóvenes. Todo el mundo viene aquí a buscar su destino. Puedes encontrar caminos que nunca habías sospechado, como yo, por ejemplo. Yo nunca pensé que fuera a ser librero y aquí me volví uno. Hay otros que descubren que son músicos o que son actrices o pintores. El ambiente berlines genera eso. Y creo que también se debe al hecho de que era una ciudad donde no había mucho dinero. Entonces la mayoría de los proyectos eran proyectos amateurs, sí, pero llevados a cabo el por amor al arte. Nadie trabajaba aquí por dinero. Se juntaban grupos de creativos simplemente a experimentar. Pero eso está cambiando. Antes aquí había tiempo. Ahora no tanto.
En tu opinión y experiencia, ¿qué hace que en Berlín se desarrolle este ambiente?
Es un ambiente creado políticamente. Es un microclima en Alemania. Aquí hay una permisividad que no hay en otras ciudades de Alemania. Y eso es político. Cuando llegó la unidad de Alemania, Berlín quedaba en el lado comunista. La parte este de Berlín en especial, donde estamos ahora, estaba muy descuidada, ruinosa, ¿sabes? Y eso había quedado así desde la toma por los rusos. La ciudad estaba acribillada; huecos de balas por todas partes. Berlín se reconstruyó en 15 años. El punto de partida fue el mundial de fútbol del 2006. En este contexto Berlín se ganó una gran vitrina.
¿Usted en qué año llegó específicamente?
Yo llegué en 2005, pero la primera vez que vine fue en 2003. Debo decir, algo que de lo que muy pocas personas son testigos, es lo que ha sucedido en Berlín en los últimos 15 años. La ciudad ha experimentado un crecimiento impresionante, relámpago.
¿Usted cree que La Escalera es hoy un lugar significative para la comunidad latinoamericana en Berlín?
Claro. Es un espacio que sirve como una instancia de encuentro con lo familiar. Y es así, ¿no? Vienen gente que se encuentran con literatura de su país y se sienten bien. Para mi sostener esto no ha sido fácil. Hay momentos difíciles económicamente, por eso, es decir, esto ha sobrevivido porque estoy aquí en un lugar escondidito que la gente sigue visitando.
¿Y qué es lo que usted cree que hace que la gente siga viniendo?
Bueno, la gente viene acá y sabe que va a encontrar algo. En realidad, la mayoría vienen buscando algo, y se encuentran otra cosa, porque el encanto de una librería de libros viejos es ese. No sabes lo que te vas a encontrar. Aquí, yo he visto gente que ya se ha vuelto loca porque han encontrado libros que buscaban desde hace 40 años.
Y para usted, ¿qué se siente darle esa alegría al otro?
Es increíble, porque ese es el momento más importante: cuando el libro encuentra al lector.
¿Definiría usted así a La Escalera? ¿Cómo un lugar donde el libro puede encontrar al lector?
Sí. Creo que esa podría ser una muy buena definición. Es un lugar donde no solamente el lector encuentra el libro, sino que el libro también encuentra a su receptor.
En primer plano: el primer día del festival 2025
El 6 de octubre de 2025, en el marco del segundo Festival Barrio Bairro Berlin, tuvo lugar en el Instituto Iberoamericano de Berlín una conversación entre la poeta boliviana Martha Gantier y el escritor y activista literario argentino José Luis Pizzi. El evento fue moderado por el escritor y crítico peruano Juan Carlos Méndez.
Charla con Martha Gantier y José Luis Pizzi en la sala Simón Bolívar del Instituto Iberoamericano
Fotos: Timo Berger
Algunas impresiones del brindis
A Livraria da Torstraße 159 celebra duas décadas de literatura e cultura brasileira em Berlim
Helena Mel Heidermann
Helena Mel Heidermann (1999) é de Florianópolis. Formada em Letras, com ênfase em Literatura Brasileira e Língua Portuguesa, pela UFSC, vive em Berlim, onde faz o Mestrado em Estudos Latino-Americanos. Estagiou na Livraria Brasileira, participando ativamente de seus eventos, e, desde 2025, colabora na organização do Festival Barrio/Bairro.
A Livraria / Libreria da Torstraße 159
celebra duas décadas
de literatura e cultura brasileira em Berlim
Em pleno coração de Berlim, na Torstraße 159, se ergue um espaço mais que de papel, antes de afeto: a Livraria a Libreria. Desde 2006, ela constitui um território de encontro, um farol de memória e trincheira de resistência da cultura ítalo-luso-brasileira em solo europeu.
À frente desse projeto estão Catia Russo e Edney Pereira. Ela, italiana; ele, brasileiro. Juntos, somam línguas e a imensa paixão pela literatura. Dedicam-se a projetos nos respectivos idiomas, recomendam leituras como quem oferece lembranças, narram histórias como quem constrói pontes e organizam o espaço como quem abre a casa aos amigos.
A programação cultural é tão viva quanto diversa: clubes de leitura, rodas de choro, lançamentos literários, eventos musicais e vínculos que transcendem fronteiras nacionais. A Livraria está presente em festivais como o Barrio/Bairro, em embaixadas de países de língua portuguesa e nas feijoadas comunitárias mensais. Notabiliza-se tanto como anfitriã como por espraiar-se caminhando entre os leitores através da cidade. É uma livraria em movimento, que se deixa atravessar pela vida de Berlim e pulsa mutuamente na forma do diálogo intercultural.
Resistir por quase duas décadas, num tempo de sobrevivência a duras penas, é gesto de coragem. No inverno, a Livraria é abrigo luminoso, calor contra o frio das ruas. No verão, resiste silenciosa, enquanto os dias ensolarados atraem aos parques e afastam os leitores da solidão da leitura. Por tudo isso, o trabalho foi reconhecido e a Livraria agraciada pelo Deutscher Buchpreis em 2020 e 2024, reafirmando sua relevância no cenário literário alemão e internacional.
Seu catálogo é singular: reúne traduções da literatura brasileira, obras em português, italiano e alemão, além de títulos portugueses e italianos que ampliam o diálogo entre continentes. Mas a experiência vai além dos livros: às sextas-feiras, os clientes encontram na categoria “no book” feijoada, farinha de mandioca e feijão para matar saudades, e no dia-a-dia não faltam paçoquitas na prateleira. Assim, cada visita se transforma mais que numa compra — é um mergulho cultural, um gosto de casa longe de casa.
A história de Catia, Edney e da Livraria mostra como uma paixão de vida pode se tornar um projeto de impacto pela cidade inteira. Na Berlim marcada pela vitalidade multicultural, ela é farol e memória, lugar de pertencimento e promessa de futuro.
A celebração das duas décadas celebra a resistência: literatura, arte e cultura são forças transformadoras que resistem, florescem e nos conectam como comunidade.
A Torstraße 159 recebeu nas estantes e nas conversas os escritores e escritoras: Miúcha, Paulo Lins, João Ubaldo Ribeiro, Cristóvão Tezza, Ignácio de Loyola Brandão, Carla Bessa, Chacal e Luciana Rangel, entre outros. Todos os dias, novos leitores descobrem que entre os livros, os sabores e as vozes há um pedaço vivo do Brasil em Berlim.
Helena Mel Heidermann
En el camino hacía el festival: lectura en Plattenkosmos
Algunas impresiones de la lectura "Como un lugar encuentra Siesta Verlag" el 20.09.2025 en Berlin-Friedrichshain
Fotos: Timo Berger
Programm Festival 2025
El programa del festival 2025 ya está disponible para descargar. ¡Descargue el archivo PDF para conocer los eventos y artistes que se presentarán no solo entre el 6 y el 24 de octubre, sino también antes y después del festival en Berlín! ¡Nuestro primer evento tendrá lugar el 18 de septiembre! ¡Hasta entonces!
-> Descargar el programa <-
“Mi deseo es que mis novelas sean un llamado a volverse a enamorar de la justicia social y del pensamiento utópico”: Charlas de Barrio con Gabriela Wiener
Gabriela Wiener es escritora y periodista peruana residente en Madrid. Ha publicado los libros de crónicas literarias Sexografías (una colección de periodismo gonzo sobre la cultura sexual contemporánea) y Llamada perdida (de historias fronterizas y migrantes), las novelas Nueve Lunas (autoficción feminista sobre la maternidad) y Huaco retrato (finalista de los premios Inrockuptibles y Finestres de Literatura), así como el volumen de entrevistas con gente de su vida Dicen de mí y los poemarios Ejercicios para el endurecimiento del espíritu y Una pequeña fiesta llamada eternidad. Sus textos han sido traducidos al inglés, portugués, polaco, francés, noruego e italiano. Escribe sobre racismo y colonialidad en diversos espacios de opinión. Hoy publica semanalmente una columna para publico.es. Ganó el Premio Nacional de periodismo de su país por un reportaje de investigación sobre un caso de violencia de género en el que el agresor era un premio nacional de literatura. Es creadora de varias performances que ha puesto en escena junto a su familia. Recientemente escribió y protagonizó la obra de teatro Qué locura enamorarme yo de ti. Junto a sus compañeras trabaja en el proyecto de residencia literaria y comunidad artística migrante Sudakasa en Castilla La Mancha, España.
En esta conversación con nuestra vecina radicada en España, la cronista, narradora y poeta peruana Gabriela Wiener, discutimos en torno a su actividad como escritora y gestora cultural en el país europeo, así como su perspectiva sobre el lugar que ocupan las dimensiones estética y política en su obra.
Con Gabriela nos citamos cierto día de comienzos de octubre. Todo debió ser llevado a cabo con exactitud porque el tiempo de la escritora era en extremo limitado. Como invitada del Festival Barrio Berlín, la reconocida autora peruana pasaría poco menos de tres días en la capital alemana: además de una charla junto con Alan Pauls y Alice Creischer, y de otra en compañía de la librera Ana S. Pareja, la escritora apenas si tendría tiempo para perder.
Pensando ante todo en términos de comodidad, nos encontramos en la pequeña cafetería del discreto hotel en el que se hospedaba, apenas a unos cuantos pasos de las boutiques y los malls de Wittenbergplatz. El hotel era una antigua Hochhaus a todas luces restaurada y confiada en su lustre reencontrado: tapetes que recorrían a los pasillos como queriendo hacer gala de los huéspedes, ventanales dobles con retablos tallados en madera... Nada de eso parecía ser de demasiada importancia para Gabriela, era un hotel, otro más. Lo que hizo sonreír a la autora fue darse cuenta de que el barman tras la barra de la cafetería era peruano, justo como ella.
Pensando un poco en romper el hielo, me gustaría preguntarte cómo llegas al festival o quién te contacta. ¿Cómo llegas a este espacio?
Bueno, la primera persona que me habló del festival fue Ana S. Pareja, la directora de la librería Bartleby & Co., una amiga mía de hace muchos años. Nos conocimos en Barcelona cuando yo acababa de emigrar y ella también tenía pocos años allí. Exactamente nos encontramos en torno a una revista que se llamaba Lateral y que recibía muchos textos de latinoamericanos. La revista también terminaba haciendo de puerto de llegada para muchos, un lugar donde trabajaban o colaboraban muchos escritores o artistas que sabían que la literatura no siempre da dinero, pero da amor. Y bueno, nos encontramos en ese espacio, que no duró mucho tiempo, por desgracia. Todos los proyectos literarios tienen poca vida.
Pero en fin, formamos un lazo sólido y bueno, nos hemos ido acompañando en la vida. Hace poco ella me comentó que aquí en Berlín hay un movimiento que se expande cada vez más, un interés por la literatura latinoamericana; escritoras latinoamericanas viviendo y trabajando aquí mismo... Así que decidí ponerme en contacto con la gente del Festival Barrio y me encantó la idea; espero que se repita.
Pensando en que ya llevas algunos años radicada en España, me gustaría preguntarte un poco por la manera en que has vivido la literatura en Madrid y en Barcelona. ¿Sientes que existe una diferencia entre los espacios de socialización de la escritura latinoamericanos, migrantes, y entre los espacios locales?
Llevo 20 años en España, entonces he tenido que ver un proceso del que soy parte también, ver y participar de esas transformaciones. Yo vi a los escritores latinoamericanos ocupando espacios muy marginales a inicios de los 2000. El año en que yo llegué acababa de morir Roberto Bolaño, que ya había tenido toda una trayectoria en el país. Una trayectoria bastante sufrida, pero al mismo tiempo ya había alcanzado la gloria. Creo que para los escritores latinoamericanos Bolaño empezó a ser un faro y un referente.
Y el boom empezó a quedar un poco bastante atrás en cuanto a modelo a seguir para los escritores migrantes. Durante los años que siguieron a la muerte de Bolaño, muchos emigramos por razones económicas como él. Tuvimos que hacer trabajos de mierda y al mismo tiempo intentar desarrollar una carrera literaria, que aún así tenía más posibilidades de llegar a alguna parte estando aquí. También migrar significaba darnos algo de calidad de vida que en nuestros propios países no teníamos. Por todo eso merecía la pena.
Y creo que se puede ver el proceso, el cambio. Antes tenía que estar en espacios donde quienes tenían los medios de producción, es decir las revistas, las librerías, las editoriales, siempre eran los mismos, la gente española. Tenías que bailar su juego, seducirles, tratar de que te asimilen, de integrarte. Siempre tenerlos como referentes y tocarles la puerta en frío. Pero en este momento en el que estamos la literatura latinoamericana se ha parado en sus dos pies. Ha mostrado su calidad ya no en forma de pequeñas élites de hombres, como lo vimos en el siglo XX, sino de manera muy diversificada, entre mujeres y disidencias que cambiaron esa jerarquía anterior.
Y lo que vemos ahora es cómo nosotras mismas podemos poner las condiciones. Hay un grupo de escritoras latinoamericanas que ya podríamos llamar hegemónicas y que cobran muchos adelantos. Ha habido una respuesta del mercado ante los esfuerzos por la visibilidad, y la representación, lo que resulta en mayor producción. Cuando hay ese apoyo, cuando hay ese mercado que mueve, entonces las mujeres y todo el mundo en general empieza a producir más.
Tengo entendido que actualmente lideras un proyecto de escritura migrante...
Así es, se llama Sudakasa y queda en Castilla-La Mancha, a una hora de Madrid. Es un espacio que hemos organizado con un grupo de escritoras y creadoras de manera autogestionada. Un espacio de escritura creativa colectiva, en comunidad. También es un espacio para residencias. Estamos en pleno proceso, solo tenemos un año de existencia, pero esa tierra es nuestra, esa casa es nuestra, es un lugar que gestionamos nosotros, sin dependencias. Entonces creo que se trata de que España nos acoja no en sus propias infraestructuras, sino en las que nosotras desarrollemos y que desde ahí podamos proponer actividades, eventos, movimiento, discurso... Yo creo que ese es el cambio que he visto entre épocas. Ha cambiado mucho la manera en que los escritores latinoamericanos habitamos estos territorios españoles.
¿Qué nos puedes contar sobre la movida literaria en Madrid? ¿Sientes que tiene paralelismos o con alguna otra ciudad europea?
Bueno, claramente es un lugar muy particular al ser un espacio donde compartimos la lengua, obviamente son mercados muy grandes del libro en español. Y es un mercado con sus condicionamientos, sus horrores y sus ventajas también. Por eso muchas personas estamos ahí, revoloteando un poco, buscándonos la vida. Porque estamos luchando por la supervivencia también. Y es que lo que hay en nuestros países... Hay autores que no han oído jamás de cosas como adelantos, anticipos o royalties. O sea, allá no sabes lo que es eso. Mientras que en España están los agentes literarios y las multinacionales afincados desde hace mucho tiempo.
Entonces es un lugar boyante, yo diría, con una gran producción del libro, incluso podríamos decir una superproducción, y también una red de eventos pagados: charlas, ferias, festivales. Es un primer mundo de la literatura, tú ahí observas que todavía sigue ocurriendo, que esta todavía es la metrópoli. Eso no quiere decir que nuestros mercados no se hayan desarrollado respecto a hace 20 años, pero incluso entre nosotros hay jerarquías. Puedes ver el caso argentino, que es la gran literatura de América Latina; y sin embargo, ahora mismo el país está sufriendo un gobierno de ultraderecha que quiere privatizar todo y liberalizar. O también se puede pensar todos esos apoyos culturales que hay en otros países, como por ejemplo en Colombia, en Chile, o en México... No puedo decir lo mismo de Perú, Paraguay, Bolivia, Ecuador... Estamos muy lejos de alcanzar esos estándares.
Y en términos de lo más contracultural, divergente, como el espacio que llevas...
En los últimos años se ha creado una red muy interesante de espacios migrantes. La migración es una idea que nos agrupa porque marca un tipo de vida y de experiencia. Somos muchos artistas, creadores y productores culturales quienes formamos parte de esta red. Te podría mencionar el ejemplo de La parcería, que es un espacio colombiano, pero que termina por ser hispanoamericano en general. Hay diariamente tres o cuatro eventos; nos encontramos ahí a través de la salsa, de la música... Es un espacio que se creó para para reivindicar lo afro-centrado; también hay actividades y talleres donde se está generando pensamiento. Somos una movida fuerte y cada vez más influyente, pero no dejamos de ser personas migrantes que tenemos que buscarnos la vida. Siempre estamos en la disputa también, en búsqueda de una autonomía posible, utópica, tal vez, pero trabajando.
Pasando ya un poco más en tu escritura, y siguiendo con esa relación tensa con España, una de las cosas que se puede observar leyendo tu obra Huaco retrato es que en tu escritura se alcanzan a filtrar ciertos términos del español peninsular. ¿Cómo te relacionas con eso?
Yo digo follar ahora porque follo y porque no follo también. Llevo ya 20 años en el país. Si me hubiera quedado solamente con las palabras del Perú, estaría hablando como alguien del Perú de los 90, completamente anacrónica. Es normal que el lenguaje se vaya recreando; pienso, por ejemplo, en la gente chicana en Estados Unidos y su reivindicación del spanglish. Yo hablo un español peruano, pero un español peruano también afectado por su condición de migrante. Y voy a ir incorporando también palabras, palabrejas, que me gusten del español de España, y sin ningún complejo.
Y en ese sentido, ¿dirías que el habitar este nuevo espacio te ha dado recursos nuevos para tu escritura? ¿Cómo esos nuevos elementos, que vienen con este espacio migrante, dialogan con todo ese mundo de recursos artísticos que tú ya traías de tu país?
La mitad de mi vida he estado aquí. Mi primer libro lo publiqué en España, en el año 2008; fue una colección de crónicas (Sexografías, 2008). He publicado durante muchos años crónicas, por lo que tanto por el lado de la crónica personal como de la literatura autobiográfica o del yo he trabajado en torno a mis vivencias y experiencias. Y la experiencia migratoria es central en todo esto, sin eso no hay libro. He tenido momentos muy distintos dentro de mi proceso migratorio, por ejemplo cuando conocí a Ana. Esa fue una etapa de intentar infiltrarme en el universo de la literatura española, del mundillo catalán y sus editoriales. Eran puras estrategias de pillaje para llegar a ese lugar, luego el bregar con la ley de extranjería, luego una maternidad migrante... En ese momento se me duplicó el esfuerzo que debía hacer, las búsquedas de trabajo, la precariedad... Y eventualmente llegas a estar como en una especie de limbo, es decir, no eres de un sitio ni del otro. Pero a mí el periodismo me ha permitido siempre estar en contacto con la realidad de mi país. Siempre he estado escribiendo de un lado y del otro, siempre en contacto.
Ya luego vino mi migración interna, de Barcelona a Madrid, que también está reflejada en mis libros, y en paralelo mi obra como columnista, así como algunos trabajos en que he hecho performance, teatro... Ya después vino un politizarme más fuerte con la explosión del feminismo y luego ir desarrollando una mirada mucho más combativa, antirracista y anticolonial lo que se ve en Huaco retrato.
En esta obra es absolutamente claro que tu escritura está soportada en tu experiencia de vida y en cómo te has visto marcada por la colonialidad, por el clasismo, por el machismo... Sin embargo, eso también abre el espacio para la pregunta por lo ficcional en tu obra, ya que al escribir se gana cierta conciencia de que de alguna manera se está realizando un artefacto, un artificio. ¿Cómo pones en diálogo el hecho de darle forma narrativa a esta materia tan íntima, de poner tu cuerpo y tu experiencia en primera línea, y al mismo tiempo ser consciente de que, al escribir todo ello, se lo puede instrumentalizar o falsear?
La que juega conmigo misma soy yo, y la ficción ha estado ahí siempre como tentación. Además yo me he movido mucho en los territorios de la exageración, entonces ahí hay una modificación de la realidad. A mí lo del generalizar es algo que en algún momento me preocupaba, pero ese miedo es algo que siempre ha venido de afuera. No he tenido tampoco esa necesidad de encontrarme practicando un género puro, creo que he desarrollado una escritura muy híbrida. Incluso si he publicado crónicas, y el universo de los cronistas es muy intransigente con la introducción de lo ficcional, aún así estoy haciendo ficción.
En ese sentido me he sentido bastante transgresora. Mi primer libro es un libro de periodismo gonzo, que ya admite casi todo. Siempre he utilizado las herramientas de la literatura y las herramientas de la literatura son lo que son, están plagadas de ficción. En algún momento tuve un discurso personal muy radical en pro de la no-ficción, pero bueno, era puro marketing. Había como una especie de rivalidad con los que hacían las novelas, y por eso yo estaba ahí como en una especie de lucha. Pero también era radical era escribir algo que realmente no sabes cómo se llama; mis libros podrías definirlos así, como libros que han explorado el cambiar todo el tiempo de registros, el generar el texto, el ser híbridos. Ahora puedo defender eso, aunque durante muchos años me pusieron etiquetas: la literatura del yo, la crónica... Siempre hay alguien que está por fuera diciéndote lo que haces, pero yo creo que he jugado con esas definiciones.
He escrito poesía también. Me gusta mucho la performatividad en la escritura y también llevar a escena cosas que escribo. Entonces siempre estoy atravesando muchos límites, que es lo que me hace sentir bien, un poco más genuina. Yo nunca me he obsesionado con hacer el cuento perfecto, ni podría ni querría, por supuesto, una novela al uso.
En la actualidad podría decirse que, así como es muy difícil trazar una línea fuerte entre lo ficcional y lo no ficcional, lo literario y lo no literario, también es complicado separar la esfera de lo político y la esfera de lo artístico. ¿Qué lugar consideras que ocupa tu obra en todo este panorama? ¿Qué función te gustaría que desempeñe tu escritura dentro de este contexto social?, es decir, ¿cómo te gustaría que te lean?
Me gusta pensar que estoy en un lugar muy fronterizo. Por eso te digo que yo puedo entrar y salir de cosas que he hecho. Me gustaría no ser encasillada. Estar pensando todo el rato en dónde te ubican es una cosa muy neurótica. Prefiero moverme con naturalidad y seguir haciendo lo que estoy haciendo. Ahora estoy explorando el género novela con mi nuevo libro (Atusparia, 2024).
En cuanto al impacto que me gustaría que tengan mis libros, no tengo idea. Lo que puedo decir es que hay una recepción muy interesante de ellos. Se debaten, se discuten, abren conversaciones... Me encuentro en todos lados con el tipo de lectores que me gusta tener para mi obra. ´Dime quién te lee y te diré quién eres´, una idea que yo podría suscribir. Siento que estoy dentro de una especie de literatura del presente, ya no solo como productora, sino también participando de la manera en que se recibe la literatura. Cada vez hay más gente organizada a través de clubes de lectura, que son espacios más autónomos para recibir los libros y recomendarlos. Ya no es desde esos circuitos de siempre, desde lo que dice el crítico del periódico. Creo que estamos construyendo otro tipo de redes, y me debo a esas redes.
Leía en una en una entrevista que te hicieron en el New York Times en 2023 que para ti la etiqueta literatura como tal no es tan importante en el sentido de que se podría asociar a estos círculos de poder que regulan lo literario (academia, crítica, etc.) y que suelen ser blancos y masculinos...
El titular fue algo así como “A Gabriela no le importa si piensas o no piensas que hay literatura”. Es algo provocador, evidentemente, pero en lo que creo mucho, sobre todo porque es una manera de responder a lo que suele venir del mainstream y al establishment literario del siglo pasado, que todavía subsiste en algunos sitios. La propuesta de esos viejos poderes es básicamente jerarquizar toda la literatura, discriminar. Todo eso tiene que ver con esa visión hegemónica sobre la escritura femenina, la literatura del yo, términos que fueron bastante despreciados hasta hace algunos años. Incluso he oído últimamente llamar activismo a la literatura que escriben mujeres feministas, por ejemplo, o mujeres que tienen algunas luchas encima, que tienen sus propias militancias. Esto básicamente viene de gente que no se acerca a leer estos libros, pero que de plano los juzgan como “libros de mercado”.
La crítica y la diferenciación que haría es que una cosa es lo que es el capitalismo hace con tu creación, con tus libros, y otra cosa es lo que lo que están haciendo las escritoras. Hay demasiados señalamientos en torno a esa escritura. Cuando la literatura era básicamente masculina, nadie lo cuestionaba. Se pensaba que era porque había calidad, meritocracia. Por eso yo creo que ahora mismo estamos estamos introduciendo otras ideas, una resistencia contra ese poder. Y como lo acabo de decir, ya hay una escritura que es una nueva hegemonía y que ha puesto en unos lugares importantes a diferentes escritoras latinoamericanas. Aunque tenemos que revisar esas escrituras, cuidarnos de no estar reproduciendo el mismo canon que ya vimos en los hombres escritores. Espero que el boom de las escritoras latinoamericanas no termine como el boom de los escritores latinoamericanos: apenas cuatro hombres ricos, cada uno con un piso en cada gran ciudad del mundo y ya está. Me gustaría que podamos hacer más por las otras y que se redistribuya el dinero; es una movida absolutamente política, no tenemos que aspirar a la pretensión de la literatura como los escritores del boom. Nosotras vamos a hacer nuestro proyecto y nos definimos en nuestros propios términos.
Y sin embargo, se podría pensar que por la misma cooptación que hace el capitalismo a veces y la manera como se venden las cosas, es posible que el valor estético de las obras termine un poco diluido. En ese sentido, nos gustaría preguntarte por el lugar que ocupa ese valor estético en tu escritura, por esa búsqueda con la forma.
Tú me dices que además de que yo tengo un discurso político sobre las cosas y sobre la literatura, crees que también mi obra tiene un valor artístico claro... Es difícil que lo diga yo...
Personalmente tengo la percepción de que por ejemplo Huaco está plagado por pequeñas metáforas que de alguna manera vuelven la experiencia más corpórea. No es simplemente la teoría, no es un mero tratamiento informativo sobre las cuestiones de la decolonialidad y el feminismo que abordas....
Hay grandiosa literatura que no viene con un discurso político. Hay grandiosos discursos políticos que no vienen con una buena obra literaria. Y a veces ocurre que las dos cosas van de la mano.
Huaco es un libro literario. Ojalá, eso espero. Lo he trabajado como tal. Si alguien dice que es un panfleto, creo que sería un insulto. Por un lado hay ciertos libros y por el otro lado hay unas autoras que pueden ser más o menos conscientes del mundo en que viven y tienen una mirada más o menos crítica. Ahora bien, que mi libro tenga una mirada crítica y política no quiere decir tampoco que no se defienda en lo literario. Pero sí, yo trabajo libros de manera literaria.
¿Y en ese sentido cómo concibes lo literario?, ¿cómo lo trabajas?
Bueno, eso es muy vasto. Te puedo hablar un poco de mi proceso, que como te decía, ha sido un proceso que he empezado con una literatura muy autobiográfica, muy encarnada, muy desde un yo, desde un cuerpo, una literatura que era consciente de su feminismo. Eso me lo dijeron desde afuera un día porque antes no tenía un discurso político tan claro como lo tengo ahora. No te voy a decir que ahora soy feminista, soy otra cosa; uno sigue evolucionando y transformándose. Yo tengo muchos frentes abiertos y tengo varias militancias. Es el tipo de escritora que yo me siento, alguien que está ahí opinando sobre la época en la que vivimos.
Por otro lado, yo tengo una formación literaria. Estudié literatura y he tenido mis lecturas. Además de eso soy alguien que se ha movido mucho en el terreno porque soy periodista, cronista, investigadora... Por ponerte un ejemplo, en mi nueva novela (Atusparia) hay todo un territorio, que es el altiplano del Collao, un territorio de la cultura aymara donde hace poco hubo un levantamiento indígena y campesino. Yo fui a cubrir todo eso como periodista para una revista que se llama Orsai; fue un levantamiento ocurrido a un año de que hubiera una masacre. Eso lo conté en una crónica y una historia de investigación, pero al mismo tiempo recogí esa experiencia y la transformé para la historia de la novela.
Entonces así es como funciona. Yo me veo atraída por unos movimientos, unas ideas, y eso me genera una diversidad de tipos de creación. Por un lado, lo periodístico en forma de crónica o columna de opinión, pero en otros casos, puede que el mismo suceso me sirva para convertirlo en algo literario. Este es mi proceso. Por ejemplo, la primera escena de Huaco retrato es la protagonista entrando al museo de Quai Branly y viendo la colección de su supuesto tatarabuelo, viéndose reflejada a sí misma y su cara de huaco (Nota del redactor: según el Diccionario de latinoamericanismos, un huaco es “una vasija, generalmente de barro cocido, donde aparecen depositados objetos artísticos y joyas, el cual se solía colocar en sepulturas indígenas") en la vitrina, haciéndose todas esas preguntas sobre su identidad y su ascendencia amerindia y europea a la vez. Esto es algo que ocurrió. Yo fui a hacer esa visita y en ese momento me dije: “esta tiene que ser la primera escena del libro”. Es como funciona mi cabeza, el tipo de escritora que soy. Tengo que estar ahí, pisar el terreno. Y ahí empieza a moverse la imaginación.
Imagino que con la poesía es algo similar. Me imagino que también parte mucho de esa experiencia corporeizada en la que llega el instante en que hay que captar algo y luego hay que darle forma. No soy una poeta romántica que funciona con musas o inspiración. Mi último poemario (Una pequeña fiesta llamada eternidad, 2023) reúne poemas que escribí porque, por ejemplo, a veces dentro del columnismo que yo hacía para medios digitales de repente sentía que no tenía ganas de escribir una columna, una argumentación, una opinión así sólida sobre alguna cosa, sino que quería escribir un poema. Opinaba con un poema. Entonces ese es un poemario que tiene mucho de social y de político, porque eran los temas que me preocuparon en estos últimos años: el cambio climático, los movimientos y estallidos sociales, nuestra generación... También hay poemas acerca del fracaso revolucionario, el haber querido revolucionar la cama, la familia, el amor y no haberlo logrado... Son textos desencantados y son también historias que tienen que ver con mi contexto vital, pero también con el contexto colectivo. Y de eso sale, sale reflexión, salen imaginarios, sale lo confesional; mi poesía se parece a todo lo que hago.
Para ir cerrando, me gustaría pensarte por las potencialidades futuras de tus proyectos, no solo en lo que se refiere a la escritura, sino también por ejemplo en relación a tu actividad como activista y como agente cultural.
Bueno, primero te voy a dar una buena noticia, que es que en febrero se publica la traducción de Huaco retrato en alemán (Unentdeckt, Kanon Verlag 2025). Ahora estoy con la nueva novela (Atusparia) y mientras todavía están apareciendo las traducciones de retrato. Así que andaré un poco esquizofrénica hablando y justificando una novela y otra. Atusparia es una novela que llevo pensando hace mucho tiempo. Había estado reservando una serie de historias de mi infancia y mi adolescencia para ver dónde las metía, en qué historia. También es mi libro menos autobiográfico. Quizás solamente un tercio de la novela tiene algo de autoficción, pero es una novela que he trabajado en torno a un personaje, una mujer de izquierda, alguien que ejerce la práctica política organizada y es golpeada por el sistema democrático actual.
Entonces aparece el tema de la cárcel, la represión. Todo esto además en el contexto de un levantamiento indígena y del vínculo entre una maestra y una alumna que desde que se conocen, se influencian, se retroalimentan. Años después se produce un reencuentro entre ellas y se abre todo esto de la lucha social que a la final acaba muy mal. El libro también refleja un poco toda esa enorme utopía que es tratar de cambiar el mundo, todos los bemoles que vienen con el tratar de organizarse frente a un sistema que nos quiere neutralizar todo el rato.
Y es que el enemigo interno, el fuego amigo, termina destrozándolo todo. Todas estas luchas intestinas dentro de los movimientos supuestamente de liberación... Es una novela un poco satírica, es un poco humorística... Espero que muestre una mirada que no es categórica sobre el mundo, sino más bien que está llena de contradicciones. Cuando pienso en la justicia social, o en cómo hacer un mundo mejor, o en todas esas cosas que llamamos utopía, espero que mi novela sea, como dice José Carlos Mariátegui, un encantamiento. Que sea una manera de volver a enamorarnos de esta idea de la revolución, del cambio, de la transformación.
La entrevista fue realizada por Daniel Sarmiento Osorio
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento Osorio
Relectura: ...ese fantasma solitario y triste...
Fragmento de la novela inédita No hay hormigas en la nieve
Marion, sus sádicos ojos azules, la desbordada sensualidad de su copiosa cabellera rojiza, debe haberse escapado del mismísimo infierno. Alguna vez, mientras estudiabas el alemán allá en el Instituto de Lenguas en La Habana, te topaste en la biblioteca con un libro de pinturas: "Mujeres famosas y míticas", era el título, y aunque allí encontraste verdaderas maravillas del arte pictórico que demostraban que la perfección del cuerpo de la mujer había obsesionado con razón a casi todos los pintores a lo largo de la historia humana, jamás entendiste qué fuerza extraña te hacía buscar aquel libro y abrir, una vez tras otra, la página de un cuadro titulado "Representación de Lilith", de John Collier. Una enorme serpiente había enredado su cuerpo a la pierna de una hermosa mujer desnuda, le envolvía la cadera cubriéndole pudorosamente el sexo y seguía subiendo hasta posar su enorme cabeza sobre el hombro de la muchacha, como si contemplara extasiada sus sensuales senos blancos. No había ni una pizca de peligro en aquel abrazo. Y pese a que el animal clavaba sus ojillos afilados y apuntaba con su fina lengua libidinosa aquellos pequeños pezones rosáceos, más que invadir la desnudez de la muchacha parecía fundirse con ella, disfrutarla como una posesión, pero ─y esto tal vez era lo que te imantaba en aquella imagen─ como si ella, en pose virginal, desvalida, deseara ser poseída. Era la perfecta imagen del elevado estado espiritual que alcanzan dos seres que desean amarse carnalmente, y nada grotesco, pornográfico, ni amenazador, ni animal o depravado había en aquella escena.
Tal vez por eso supiste que te gustaría decirle "mi Lilith", sin atreverte a confesar que ese primer instante en que la viste en aquella fiesta de la embajada ─celebraban el 26 de Julio, día en que Fidel asaltó en 1953 dos de las fortalezas militares de Batista, en lo que la historia considera el inicio de la guerra de liberación contra el dictador Fulgencio Batista─ lograste verla desnuda aunque ella llevara puesto un escotado vestido azul con el que insinuaba unos senos regios, provocadores. Verla y transportarte a la desnudez subyugante de la rubia del cuadro de Collier fue una misma cosa. Con el añadido intrigante de no saber por qué al reproducir en tu memoria aquel cuerpo rubio que la serpiente envolvía, protectora, posesiva, celosa, te trasmitía la sensación de que Marion, esa rubia que de pronto tenías ante ti, tímida y voluptuosa, también estaba desnuda. Y, aunque ella seguro lo notó, desde que comenzaron a conversar luego de una brevísima presentación: "esta es Marion, Javier, la especialista que atiende Cuba en el Ministerio de Finanzas alemán", te sentiste encandilado por el guiño que te lanzaban esos senos suyos, tan engatusadores, y los mirabas con la misma insistencia de la serpiente del cuadro de Collier, aunque en tu caso con un deseo más animal. Tal vez por eso este es uno de esos momentos en tu relación con Marion que, siempre que lo recuerdas, se reproduce en tu mente en un presente rotundo.
─Todo el mundo le ha tirado bala a esa niña, Javier ─cuando te ve pasar rumbo a la barra improvisada, en busca de unas copas para ti y para tu Lilith, te advierte Fenelo, cómplice, su enorme cuerpo torturando los muelles de uno de los sofás en la sala de recepciones de la embajada─. Pero la tipita es como Juana de Arco.
─¿Lesbiana? ─"¡vaya mierda!", piensas.
─¡No, hombre! ─te ataja, para tu alivio, el gordo─. Dura de roer. Algunos aseguran que es, como dirían los españoles, una calientapollas, ya sabes, que te pone a mil con sus puteríos y luego se lleva la escalera y te deja colgado de la brocha. Otros juran que es una putica de alcurnia, que sólo come carne de calidad, es decir, pejes de altura. Pero me parece que todo eso es chismorreo de machos heridos por su rechazo.
─¿Sabes lo que me acaba de decir mi compañero? ─le dices a Marion, una vez que has regresado junto a ella─. Que todo el mundo aquí ha intentado acostarse contigo y que no has aceptado a nadie, así que unos, los más amorosos, dicen que vas provocando a los hombres para luego dejarlos con el calentón y otros, los más cabrones, que te acuestas sólo con los grandes jefes... Parece que en esta sala el único que piensa bien de ti es él, mi compañero ─y apuntas con una mueca al gordo Fenelo─, el gordo del sofá. Dice que todos esos son chismes de machos heridos porque los has rechazado...
─Y tú, ¿a cuál de esos dos clubs de "machos heridos" te apuntas? ─responde, indicándote con la fuerza que hace en las palabras "machos heridos" que esa definición puede ser la que mejor define lo que se comenta de ella─. Si le hacemos un interrogatorio a estos ─y, sin dejar de mirarte, se señala con un dedo la protuberancia de sus senos apretados por el amplio escote─ te acusarían de acoso sexual.
─Soy de los que piensa que uno siempre tiene el "no" asegurado ─y sonríes, o intentas hacerlo del modo más natural posible, aunque sientes que lo que te sale es una mueca, tan teatral como la escena que tú mismo, con tu osadía, acabas de montar.
─Entonces vas a intentar conquistarme...
─LLevo haciéndolo ya hace doce minutos ─y haces una pausa, mirando tu reloj mientras hablas─...,veintitrés segundos y 45 centésimas de segundo. Si le sumas que te he acosado con esa salsa escandalosa como fondo musical y en medio de este griterio que todos arman para ser escuchados por sus compañeros pese a la música, creo haberme ganado el derecho a seguir siendo tu compañero esta noche, al menos mientras dure esta fiesta.
Era, pese a su apariencia de mujer dura e independiente, un animalito tierno que prefería el escondite cálido de su cueva, un pequeñísimo apartamento en un triste edificio gris a unas cuadras del cine Colloseum: su personal, intransferible y, sobre todo, secreto museo de antigüedades. Aunque en este caso el término antigüedad tuviera otras connotaciones a la habitual. Nada que ver con esa "cualidad de antiguo, marca del paso del tiempo en un objeto" del que hablaban los diccionarios. Un rincón con fotos de sus amigos de la infancia ─y Marión te había hecho saber que apenas acababa de cumplir los 26 años─; la tetera y las tazas de té que usaba su abuela materna cuando venía de visita los fines de semana; varias figuras de madera talladas por su primer novio, a los 14 años; el manuscrito de una obra de teatro famosa que el tío Tepy, hermano de su madre, había logrado colar en el majestuoso teatro Volksbühne en Rosa Luxemburgplatzt... esas, entre otras, eran sus antigüedades.
─Creemos que lo antiguo tiene que ver con cosas que nos resultan ajenas, lejanas, a causa del tiempo, porque vienen de otras épocas, ¿sí? ─y su tono de pregunta era más bien una afirmación, la señal precisa de que no necesitabas responder. Sólo asentiste: una leve y brevísima inclinación de la cabeza, antes de escucharla continuar─. Pero hay cosas que son ajenas, que están lejanas, no porque estén muy atrás en el tiempo sino porque te las arrebataron y todo parece gritarte que eso es definitivo, que jamás volverás a verlas, tocarlas, olerlas, ¡qué se yo! ¿Me entiendes? Por eso digo que estas son mis antigüedades.
Y de paso, se protegía de los curiosos. Cuando hablaba de aquellas posesiones, todos se equivocaban ─incluso a ti te había pasado hasta que estuviste en aquel apartamento─ y se hacían la idea de habitaciones llenas de muebles viejos, de cuadros de pintores olvidados con marcos tallados fuera de moda, de jarrones venecianos o chinos, de estanterías cargadas de cristalerías de tiempos tan lejanos... en simples palabras, de un apartamento anacrónico anclado en medio de la modernidad de uno de los barrios más modernos de Berlín. Nadie imaginaba, para suerte de Marion, que las fotos la transportaban a los años vividos junto a esos amigos que se habían ido perdido cuando escaparon hacia el otro lado del muro; que cuando tomaba té, el fantasma vivo de su abuela volvía a sentarse frente a ella, con su tierna sonrisa arrugada, escapándose de esa tumba en el cementerio que no ha podido jamás visitar porque está en esa zona de Berlín que sus jefes en el Ministerio de Finanzas llaman territorio enemigo; que siempre que quita el polvo al librero sobre el cual ha colocado las tallas de su novio, lo recupera en una esquina de la sala, silencioso, empeñado en dar forma a uno de esos troncos de árboles que recogía en los bosques de la ciudad, y sólo así, viéndolo todavía trabajar allí, borra la imagen de ese muchacho con el cuello agujereado por una bayoneta de fusil que le mostró el policía que vino a verla para que reconociera a ese "ciudadano que pretendía traicionar a su pueblo"; y que la horrenda letrona de niño de primaria con la cual su tío había escrito aquella obra de teatro que ella pasara en limpio en la ruidosa robotrón que se había ganado por sus méritos laborales en una asamblea de méritos en el Ministerio de Finanzas le permitían revivir esos momentos en que lo vio interpretar a uno de los personajes de aquella obra, meses antes de que la censuraran "por problemas ideológicos y debilidad revolucionaria" y de que el tío, asfixiado por el acoso irracional que pretendía devorarlo, interpretara la más inolvidable de sus puestas en escena, esa en la que se metía en la boca el cañón de la escopeta de dos cañones del abuelo Fred... y halara el gatillo.
─¿No es como vivir entre espíritus?... Son muertos, Marion ─al menos tú no creías poder vivir así.
─Hay muertos que te cuidan más que los vivos ─contestó.
─Suena místico ─replicaste, aunque en verdad habrías querido decir: suena falso, porque lo místico siempre te había llegado con el tufo venenoso de la falsedad.
─A esos que llamas "muertos", que en cualquier caso son "mis muertos" ─y aquí enfatizó con algo parecido a la rabia esas dos palabras─..., a esos muertos lo único que les importa es que yo no pierda mi alma, Javier. Y tú sabes bien que allá afuera hay muchos que han perdido su alma, o la han vendido al mejor postor. ¿Quiénes crees que están más podridos, estos, "mis muertos", o aquellos? ─y señaló hacia ese pedazo de ciudad que podías ver, efectivamente, como un paisaje muerto, frío, sin alma, al otro lado de la ventana.
Llegaste a creer que Marion tenía también algo de maga: sus muertos parecían cuidarla, se confabulaban para mimarla en aquella soledad que comenzó a compartir contigo los fines de semana, una vez dejadas atrás las pesadas tareas de su trabajo en el Ministerio de Finanzas y de tus funciones como traductor oficial en la Embajada cubana en Berlín, e incluso te atreverías a jurar que aquellos apacibles espíritus te aceptaron más rápido de lo que pensaste como parte de las cotidianidades secretas de su protegida. Al principio, ¿qué dudas había si hasta llegaste a sentir el soplo rumoroso de su respiración, el roce suave de sus pasos sobre la alfombra?, te oteaban desde lejos, tal vez incómodos aún por aquel intruso que rompía todas esas libertinas costumbres con las que impedían que el otro mundo muerto, el que latía afuera, en las calles, envenenara el corazón de Marion, convirtiéndola en uno más de esos seres desposeídos de alma que se gruñían unos a otros por los únicos resquicios de libertad que la sociedad les permitía. Después, animados seguramente por la dulce sumisión con la que Marion se plegaba a tus caprichos, fueran estos tan plácidos como disfrutar juntos y en silencio del té verde sirio que ella preparaba los domingos en las tardes o fuesen tan brutales como tus embestidas sexuales (aquí aquellos invisibles fizgones debían darse cuenta de que, pese a la visible violencia supuesta de la cópula, se trataba de un acto supremo de amor), fueron acercándose, despacio, sigilosamente, llegando a rodearte con tanta complicidad como lo hacían con ella. Y esa cercanía comenzó a romper tus defensas, más que nada aquellas que, cuando vivías en Cuba o te movías entre tus colegas en Berlín, eran tan útiles para sobrevivir en esa selva de competencias desleales, delaciones y sospechas que eran los predios diplomáticos. Descubriste, posiblemente contagiado por la rebeldía de esos fantasmas que te rodeaban, que ya podías hablar en voz alta de asuntos que fuera de aquel apartamento ni siquiera llegabas a mascullar, vocación social de mudez, silenciamiento voluntario conveniente que resultaba escandalosamente idéntico en el comportamiento público de la gente en Alemania y Cuba.
─¿Has leído ya 1984? ─dijo Marion uno de aquellos domingos. Sentados en el balcón, aprovechando el primer sol tímido que anunciaba el fin de un horrendo invierno, aspiraste el amargo aroma del tazón humeante de té verde que ella acababa de servir. “¿Algún informe?”, pensaste y ella debió adivinar, bruja divina desnuda envuelta en su batón semitransparente, que no tenías idea de lo que hablaba.
─Tienes que leerlo ─dijo entonces, se puso de pie y caminó hasta el rincón donde se alzaba el estante con las esculturas talladas años atrás por su novio─. Es una novela. Todo el mundo debería leer a Orwell, pero yo apostaría a que un cubano le encontrará a ese libro muchas más lecturas que cualquier otra gente en el mundo.
Regresó al balcón con dos librillos medianos, forrados con las carátulas de una fea revistilla que habías visto en los estanquillos meses atrás: “Wir wünschen uns ein Baby – Möglichkeiten der Geburtenregelung”, guía oficial para formar a las familias que deseaban tener hijos. Era curioso aquello: el resto de los libros que Marion conservaba en los estantes, publicaciones todas de las editoriales estatales alemanas, lucían allí sus horripilantes carátulas, como muestra clara del mal gusto de los diseñadores alemanes.
─Serán los primeros libros que quiero que leas ─le oíste decir─. Cuando quieras buscarlos, sacas la segunda gaveta de ese estante y, al fondo, encontrarás una lomita de ejemplares de eso que en nuestros trabajos llamamos “literatura prohibida”. Empieza por este.
Y puso en tus manos uno de aquellos dos libros: “Rebelión en la granja”, leíste.
─Con ese te vas a divertir. Es una parábola con mucho humor sobre los sistemas totalitarios ─y quedó esperando a que terminaras de hojear el ejemplar, manoseado, de hojas gastadas, evidentemente por excesivas lecturas que intuías clandestinas. Cuando te vio terminar, te extendió el otro libro─. Pero con este, 1984, te vas a horrorizar. Yo pasé días deprimida.
Alzaste los ojos hacia ella. No eras capaz de imaginarla deprimida. Pareció entender.
─Sí ─dijo entonces─. Incluso alguien como yo se deprime. Cuando lees libros que te hacen ver las mordazas y las ataduras invisibles con las que has vivido casi toda tu vida sin darte cuenta, una de las consecuencias posibles, más que lógicas, es la depresión, ¿no crees?. A nadie le gusta descubrir que vive en la mierda, y encima, que se ha revolcado engañada en esa mierda, creyendo que se zambullía en un lago de perfume.
Si con Rebelión en la granja, como había augurado Marion, reíste casi a carcajadas, entre otras cosas, por lo irónicamente cercana que te resultaron aquellas jugarretas entre los animales por asumir el poder, todo el poder, y más exactamente por la resonancia casi íntima que para ti ─como para cualquier cubano─ tenía la más conocida frase de ese libro: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”, con 1984 te sentiste acosado ─¿qué pasaría si ese Gran Hermano que velaba el mundo más allá de la ventana, en Cuba, o allí, en Berlín, se colaba en aquel apartamento de habitantes, vivos y muertos, tan díscolos?─, pero con Caballería roja, de Isaac Babel; El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgakov o con Archipiélago Gulag, del ruso Alexander Solshenytzin, se produciría un verdadero desplome de algunos ladrillos que creíste muy bien colocados en ese muro frente al que creciste en Cuba, viéndolo allí como una construcción cotidiana, diríase que natural, biológica, puesto que su comunicación contigo había sido siempre a través de tentáculos semejantes a gráciles lianas que, engañosamente, te maniataban. ¿Cómo imaginar por esos días que, además de las grietas que aquellas lecturas provocaban en tu cada vez más débil fe en lo que Marion llamaba burlonamente “pureza cosmética del socialismo”, la misma relación con aquella alemanita alocada y adorable provocaría otros dañinos temblores en tu hasta entonces tranquila vida de traductor?
─Que le cojas el culo a una alemana no es problema. Si soy honesto, te digo que algo así habla muy bien de la hombría nacional, eso de que los cubanos somos unas máquinas en la cama, ya sabes, un orgullo nacional ─dijo la rata Murillo, su sonrisa cínica colgada como una babosa mueca en su cara─. El asunto es que estás violando una ley que en este oficio es sagrada: nada de relaciones personales con extranjeros, y aún menos si son funcionarios de otro gobierno.
─¿Puede aplicarse eso en este caso? ─pues siempre aquella norma te había parecido un soberano absurdo─. Se trata de una alta funcionaria de un país amigo..., alguien confiable...
─Confiable, Javier, es una palabra que no está en el diccionario de este oficio ─te interrumpió, dicho esto a lo “Magister dixit”─. De todos modos, como sé que desde que llegaste has mostrado una insolente resistencia a escucharme, te aconsejo preguntarle a mi tocayo, tu amigo Fenelo, qué piensa de tu indisciplina.
─En eso sí que estas jodido, Javier..., Murillo tiene razón ─contestó el gordo Fenelo esa misma tarde y dejó caer una mirada hambrienta al plato de salchicha con mayonesa, mostaza y papas fritas que colocaba sobre la mesa la joven camarera de la cantina del Ministerio de Relaciones Exteriores con la que ya se habían acostumbrado a tratar, pues la muchacha hablaba perfectamente el español─. La ley es la ley y en algo como eso ninguno de nosotros puede saltarse las reglas. En los primeros años nos colaron muchos espías así; se aprovecharon de que los cubanos queremos meterle mano a todo lo que pase vestido con faldas y las cubanas tienen fama de ser más calientes que la caldera más grande del infierno, la que alimenta y cuida Satanás en persona, y por eso nadie se asombró cuando salió esa prohibición..., pura estrategia preventiva.
─¿Y el trabajo de ustedes, de verificar a la gente con la que nos relacionamos, no aplica aquí...?
Sacudió la cabeza con brusquedad en una rotunda negativa, la boca llena de un gran mordisco con el que había desaparecido el último trozo de su salchica. Finalmente tragó y consiguió hablar.
─Esa ley de no confiar en nadie fue impuesta desde el Olimpo por el mismísimo Fidel ─se limpió una esquina de la boca con una servilleta que luego tiró sobre la mesa, manchada de mostaza, y te miró con cara de hombre satisfecho: en el plato ya no quedaba ni una papa frita─. ¿Sabías que existe incluso un departamento para vigilar a esos que todos creemos que tienen la total confianza de Fidel?
Era casi noticia pública, una táctica de Fidel para que todos supieran que nadie escaparía a la vigilancia de ese Gran Hermano que tanto te había conmocionado tras la lectura de la novela de Orwell. Incluso, y esto te lo confirmó Fenelo, existía un grupo de vigilantes de altísimo nivel cuyo trabajo era vigilar a los máximos responsables de los organismos de inteligencia y contrainteligencia, y estos, a su vez, eran vigilados por un equipo de hombres que sólo respondían al mismísimo Fidel Castro. Y las malas lenguas aseguraban que a esos “fidelísimos” los vigilaba otro grupo, de cuya existencia nadie tenía pruebas, pero al que todos temían. “El más perfecto Gran Hermano”, pensaste.
─¿Mi consejo? ─el gordo Fenelo miró a los lados, como si verificara que nadie se acercaba─. Como oficial responsable de cuidarte a ti y a los otros mamarrachos de la embajada, te digo que cortes esa relación y no te compliques la vida...
Extendió una pausa en la que tomó otra servilleta y volvió a limpiarse la boca y, después, dedo a dedo, con fuerza, como si pretendiera eliminar incluso el olor de la grasa y la mostaza con aquellos restregones.
─Si has hecho esa diferencia es porque como amigo tienes otra sugerencia... ─y lo viste asentir ante tus palabras.
─¡Le has dado al centro de la diana! ─ su rostro, de pronto, llegó a ser más que severo, tétrico─. Como amigo que ha visto que lo tuyo con Marion parece serio, te diría que hagas creer que eso se acabó y véanse donde ni la sombra de ustedes mismos lo sepa. Yo prefiero estar entre esas sombras que nada sabrán. Así que, otro consejo, no me digas lo que piensas hacer. Y que te quede claro, si te pescan en esa jugada, yo seré quien tendrá que apretarte los cojones, ¿queda claro?
Por eso acordaste con Marion en verse en los lugares más insólitos de Berlín, todos estratégicamente alejados, prácticamente intransitables: los bosques cercanos a la ciudad de Werneuchen; algunas orillas del gran lago Müggel; un hermoso y tranquilo cementerio en Buckow que a Marion le encantaba desde niña porque allí habían enterrado a una maestra que ella adoraba en sus primeros años escolares y porque tenía unas mansas, casi paradisiacas vistas al lago Schertmützel, e incluso los alrededores boscosos de algunas playitas atestadas de gente en Rügen, sitio elegido también por ella convencida de que todo aquel que la hubiera escuchado hablar horrores de las frías aguas de ese mar ─y eran muchos, le constaba─ jamás sospecharía que iría allí ni siquiera de visita. Y a esa precaución ─montar la bicicleta y recorrer la ciudad hasta alejarse hacia esas zonas que habían acordado utilizando cada vez distintos teléfonos públicos─ se añadían todas las vueltas, escaramuzas y, como comenzaste a llamarlas, “pernoctaciones”, que variabas semana tras semana para evitar que descubrieran tu destino final de los viernes o sábados: el mullido camastro, cálido y siempre oloroso a agua de violetas, en el cuarto de Marion en su apartamento de la avenida Schönhauser.
De huertos y piletas
El escritor mexicano Fábio Morabito y el argentino Juan Vitulli arrojan luz sobre dos curiosas instituciones de la capital alemana: las piscinas públicas y los huertos familiares. Con suave ironía, comentan las experiencias relevantes de sus «estudios de campo».
El vídeo se presentó en el panel «Neue Dandys und Flaneure. Entre la infancia berlinesa y Berghain con Patricia Cerda, Luciana Ferrando y Ariel Magnus» el 11 de octubre de 2024 en el marco del festival Barrio | Bairro Berlin.
© 2024 Fábio Morabito y Juan Vituli
Grabación: Fábio Morabito y Juan Vituli
Postproducción: Guadalupe Gaona
Subtítulos en alemán: Luisa Donnerberg
En primer plano: el quinto día del festival
El 14 de octubre de 2024 tuvo lugar en Bartleby & Co. una conversación entre la escritora peruana Gabriela Wiener y la librera española Ana S. Pareja, en el marco del primer Festival Barrio Bairro Berlín. Al mismo tiempo, la escritora argentina Florencia del Campo y el poeta suizo Ralph Tharayil leyeron sus últimas obras y conversaron sobre sus escritos con Ingeborg Robles y Jorge Luis Pizzi en el Salón Berlinés.
Nuestros fotógrafos Ana Paula Ibáñez y Pablo Hassmann captaron los mejores momentos de la velada.
Conversación con Gabriela Wiener y su amiga de toda la vida Ana S. Parejo en la librería Bartleby & Co.
Fotos: Pablo Hassmann
Lectura y debate con Florencia del Campo y Ralph Tharayil en el Salón Berlinés. Moderación: Ingeborg Robles y José Luis Pizzi
Fotos: Ana Paula Ibáñez
Relecturas: 7 poemas
Martha Gantier nació en La Paz, Bolivia. Estudió geología, es licenciada en Lingüística y Literatura de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y Magister en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira.Escribe poesía desde tiempos lejanos. Publicó cuatro libros de poesía y dos libros para niños. Fue invitada a reconocidos festivales internacionales de poesía. Su poesía se encuentra en revistas digitales y escritas. Vive en Berlín.
Los siguientes poemas leyó en el marco del festival 2024.
I
Todas las mañanas las cobijas de mi cama quedan como una crisálida vacía. Quiero volar y aún no sé qué insecto soy.
………
Poner pájaros en un poema no es tan difícil.
Son dóciles.
Hacerlos volar es asunto de Dios.
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Quisiera ser un pez grande y feo, con escamas grises y recias como una coraza, un pez con cuatro pies, cuando camine, crean que soy tan grande que se necesitan dos hombres sin cabeza para cargarme. Sí, un pez raro y feo, quisiera ser.
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Qué hacemos en este río de miasma
de sustancias vaciadas
discurriendo junto a peces
de ojos nebulosos.
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El agua ya no moja, está muda.
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Los que se van, también se llevan el paisaje.
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El Mediterráneo es un ahogado gritándole a Europa que juega en la playa.
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¿Qué ríos cruzarán por la memoria de los peces?
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Cositas de la pandemia:
No ha ocurrido nada extraño,
siempre estuvimos distantes
ahora actuamos la distancia.
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Con vino barato
paso las noches de cuarentena
contándome cosas
haciendo mueblecitos
para mis casas flotantes,
Desarmando juguetes del recuerdo,
guardando un sitio en los estantes
para las urnas de las moscas.
Me pinto los labios
antes de ir a dormir
si acaso se le ocurra a la muerte visitarme.
……………………………………………
Ringbahn
Cuántos ojos en este tren
ojos que quisieran hablarse
Ojos esquivos, fugaces
Ojos que se van
en cada estación,
ojos que no volveremos
a ver.
………………….
II
La radio
En la cocina
La vieja TELEFUNKEN
Con Alzheimer
Parlotea cosas de las guerras
Tanques -dice-
Misiles -dice-
Sanciones -dice-
Inflación -dice-
Terrorismo -dice-
¡pobre!
Ya no le creo lo que dice
Aunque lo haga con la voz conocida
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Insomnio
Pienso en la guerra
Pienso en los gritos desgarrados
de girasoles debajo
de las orugas de enormes tanques
pienso en misiles de inimaginable alcance y su efecto
Pienso en los soldaditos de plomo
Y en los de plástico
Y en los de carne y hueso
Que arregladitos y pulcros
Dan el último beso a sus madres
Y toro totó, toro totó; pam, pam, pam
Marchan a defender los intereses de los dueños de la tierra
Pienso en las balas
Pienso en las alas
de mariposas
Pienso en ti
Pienso en las balas
Y en las alas de las mariposas
Y en las balas sin alas
Que vuelan y matan
Y en las balas que matan
Y en las alas que ya no vuelan.
Pienso…
………………………………………….
No son molinos de viento
Grito desde esta masa febril y delirante,
desde esta noche crispada de hierba y bichos silvestres, grito,
sin la certeza de ser yo o mi fantasma
vagando en un paisaje lloviznado de sangre.
Recuas de mulas cargadas de impunidades remotas
cortan la niebla,
debajo de sus cascos se quiebra el cascajo y lloran las lombrices.
¡Grito!
Noche densa, noche metálica, noche enlodada
noche, de las noches, la más desamparada,
“esos gigantes no son molinos de viento”
son las fauces mismas de la muerte.
¿En dónde está el viejo loco de la Mancha?
¿En dónde?
Me detengo,
un sol de media noche alumbra la vereda
en las puertas de los ranchos
quedaron las viudas y los huérfanos
silenciosos desgranando maíz,
contando los granos,
contando los muertos…
¡Grito!
¿Por qué no me escuchan?… ¿por qué?
Esos gigantes no son molinos de viento…
III
De niña no podía imaginar la distancia
entre mi pueblo y la ciudad, pero sí de mi pueblo
a las estrellas; sabía que desde el cerro,
podía tocarlas con el palo de la escoba.
La niña del pelo rojizo y lacio
Mirtha,
llegas en este instante a mi memoria
como el eco del agua
goteando en el lago de una gruta
¿Por qué te recuerdo esta noche?
Si eras de sal,
de espuma,
de pluma gris, eras…
Y esta noche
vienes con tu bolsa llena de cosas
con tu mirada vivaz,
con tus cabellos pegados a tu frente sudorosa
con el tiempo enredado entre retazos de tela, muñecos y
Soldaditos de plomo.
Mirtha,
Vienes muy tarde
ya nos llamaron a dormir tantas veces
que quienes nos llamaron ya no están,
hace mucho tiempo fueron a dormir para siempre.
Los juguetes se ingeniaron para escapar,
la pelota quedó tullida debajo
de alguna cama,
las arañas con sus magias
la convirtieron en su albergue.
La muñeca a medio vestir
quedó tirada en el patio,
por las noches los grillos
le cantan canciones tristes.
Los escarabajos en la ollita de barro,
quedaron Junto al fogón,
estaban quemados.
Mirtha,
te recuerdo pálida delgada
un día me arañaste la cara sin motivo
echaste a correr como un gato asustado
e hiciste pelear a nuestras madres.
-Decían que eras mala por tu pelo rojizo y lacio-
Te recuerdo en las pocas veces que jugamos
llegabas agitada cuando ya casi terminábamos de jugar
briosa como un caballito salvaje
te metías al juego,
querías redimir la infancia
que se te caía al atardecer
cuando el pueblo
se solazaba en la brisa
y nosotros nos deshacíamos en gritos y jolgorio,
tú pasabas sobria
con tu pelo recogido en un moño
y tu niñez robada,
parecías un bosquejo de mujer adulta
gritando a voz en cuello
“empanadas calentitas, empanadas calentitas”
Mirtha,
me pregunto esta noche,
en cuál espejo extraviaste tu niñez
qué había de malo en ti
quizás tu pelo rojizo y lacio
recordaba a algunas mujeres
la rebeldía la rebeldía y resistencia de un potrito salvaje.
Quizás…
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La memoria regresa
al borde del mismo abismo
y el corazón toma la mano del abuelo
para seguir lanzando al vacío
avioncitos de papel.
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En primer plano: el cuarto día del festival
El 13 de octubre de 2024, como parte del primer Festival Barrio Bairro Berlin, hubo una presentación de libros con la autora María Pérez, seguida de una lectura performativa con María Ares Marrero y Ricardo Moreno. María Cecilia Barbetta y su traductora María Porciel Crosa leyeron y hablaron sobre la fantasmagoría de la ciudad en su escritura literaria, y una charla sobre el deseo y la libertad sexual en la literatura latinoamericana completó la velada.
Nuestro fotógrafo Pablo Hassmann capturó los mejores momentos de la noche.
Retrospectiva en imagenes de la charla "Corpus delicti".
Para muchos, Berlín es una ciudad donde la libertad sexual se explora abiertamente. Las autoras Angélica Freitas, Adelaide Ivánova y Ronya Othmann leen de sus textos y hablan sobre el papel que juegan los cuerpos y el deseo en sus escritos y en los de otras autoras latinoamericanas en Berlín.
Moderación: Odile Kennel
Videos de I Acevedo y Guilherme Zarvos
La lectura y charla con María Cecilia Barbetta y su traductora María Porciel Crosa. Moderación: Natalia del Carmen Eduardo.
Relectura: Ganas de otoño. Un aguafuerte
Luciana Ferrando es una escritora independiente. Durante ocho años trabajó en diversas redacciones, periódicos y revistas de habla hispana en su país de origen, Argentina. Desde 2015 escribe, entre otras cosas, retratos, reportajes y columnas para medios alemanes como la taz, Der Freitag y la revista de Amnistía Internacional, preferentemente sobre la vida en la ciudad, temas feministas e historias culinarias. También es librera, se compromete con su trabajo a favor de una mayor diversidad en los medios de comunicación alemanes. Reside y trabaja en Berlín.
El siguiente aguafuerte fue públicado originalmente en la revista Tampolín
Camino bajo la llovizna desde la Friedrichstraße hasta Neukölln, pasando por el Mehringdamm y el Bergmannkiez. Atravieso el barrio. Paso por la biblioteca y veo gente dentro leyendo, la imagen me recuerda a un cuadro de Edward Hopper. Rodeo el cementerio, lo evito. Es la hora en que la luz se pone azul, antes de que anochezca. La calle mojada refleja carteles de neón y faroles, las hojas flotan en los charcos y tapizan por unas horas (antes de ser aspiradas por la BSR) las veredas y las bicisendas. De repente Berlín me recuerda a otras ciudades, como si fuera a doblar una esquina y encontrarme en la orilla del Sena, con vistas a la catedral de Notre Dame o en la avenida Corrientes, recorriendo librerías. Con el aire, la luz y el esplín general de comienzos del otoño me entran ganas de muchas cosas. Por ejemplo: de té negro y Baklava en el Kottbusser Damm o chocolate caliente con algo dulce o café con leche y medialunas. Pero también de un beso lento, de unos labios húmedos y tibios. De un gorro de lana, de unas pantuflas, de un gato durmiendo o de un perro al que secar con una toalla vieja al llegar a casa. De hablar por teléfono con una amiga mientras cocino. De entrar a un Eckkneipe que huela a cerveza vieja, a tabaco frío, a abrigos mojados en un perchero junto a la puerta, hecha de falsos vitraux. Finalmente no llego a hacer nada de eso, a la altura de Hermannplatz decido ir a mi entrenamiento. Mientras me calzo los guantes de box observe a través de la ventana gente preparando la cena o comiendo en los edificios vecinos. Es el deporte lo único que rompe, de repente, con tanto romanticismo.
Relectura: Dos capítulos de la novela "La orejas del lobo"
Antonio Ungar (Bogotá, 1974). Sus novelas han sido traducidas a siete idiomas y sus cuentos han sido incluidos en más de veinticinco antologías en cinco idiomas. Su novela Tres ataúdes blancos ganó en 2010 el Premio Herralde y fue finalista del permio Rómulo Gallegos en 2011. Otros premios y distinciones incluyen representar a Colombia en la residencia IWP (2005), representar a Colombia en la antología de Latinoamérica de la revista Granta (2007), ser escogida su novela Las orejas del lobo por la revista Courier Internacional como segundo mejor libro extranjero publicado en Francia (2008) y obtener el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolivar (2005). Sus dos últimas novelas, Mírame (2019) y Eva y las fieras (2022) están siendo traducidas al francés y al alemán.
Sigen dos capítulos no consecutivos de su novela corta Las orejas del lobo („Wolfsohren“, Ediciones B, 2005)
(c) Antonio Ungar
Miel
Mi hermana está sola de este lado de la cerca, de pie sobre la tierra roja, bajo la luz del mediodía. Yo la miro desde las columnas del patio. Ella ha hecho algo prohibido y sin dudarlo un instante ha caminado hasta el límite de la cerca para demostrarle al mundo (a mí, al silencio del jardín) su ilimitada fuerza y su seriedad. Tiene cuatro años mi hermana. Yo seis. Ella se ha untado la miel que ha dejado mamá en la cocina: los brazos, las piernas bajo el vestido corto, dos manotadas de miel se ha puesto en las mejillas. Y ahora, sola, en medio del jardín, bajo esa luz total, deformada por el calor que sale de la tierra y nos separa, desafiando al mundo, sonríe y espera. Poco a poco su cuerpo empieza a transformarse, haciéndose más grueso y más oscuro.
Miles de abejas de los jardines vecinos, de los panales en las copas de las ceibas, de los guayabos, se dirigen al cuerpo de mi hermana que sigue quieta como un tótem, desafiando el sol y las humaredas, desafiando al trópico entero con su quietud y su seria sonrisa de niña. Yo siento que me voy a ahogar de miedo y de dicha por estar participando de ese ritual, que me voy a desmayar de admiración por esa niña que ya no es una niña sino un cuerpo rígido sobre el que caminan sin picarla (ninguna la ataca, como conociendo su poder) miles de abejas que saborean la miel, una sobre otra, un enjambre de pequeños seres vivientes agitados, enloquecidos, que deforman a mi hermana y la hacen mágica, imponente, de pie y quieta en medio del jardín.
Poco después, como parte de un sueño, de un cuadro cortado en colores puros, en absolutos colores al óleo, está la imagen de mamá con los brazos en alto, envuelta en un largo vestido verde, de mamá que corre atravesando el jardín y grita, agita el cuerpo (yo la miro, quieto), jala a mi hermana de la mano y siente ya las primeras picadas, las primeras de muchas picadas que la dejarán tendida en una mecedora una semana, hinchada y triste. Con mi hermana de la mano y agitando el otro brazo, adolorida, enloquecida, corre mamá hasta la alberca que está a la sombra de la casa, en un costado, ya alzando a mi hermana inmune a unas abejas que no quieren picarla, la mete en el agua, completa, cabe de pie en la alberca y sobresale su cabeza y por esa cabeza que sobresale, mi hermana rubia y pecosa, mi hermosa hermana con esos ojos de gato, rodeada de abejas que se agitan y se ahogan, con dientecitos blancos y perfectos, con labios rosados, se ríe. A carcajadas. No para de reírse y sigue riéndose cuando mamá, derrotada, se sienta en el borde del piso de cemento de la alberca, pone la cabeza entre las manos, mira la tierra roja entre sus pies y llora.
Por su dolor, por su rabia, por esa hija de ojos verdes que no para de reírse.
Aldana
Mamá dice que va a salvarnos del tedio y la miseria y la tristeza de Bogotá. Y que lo va a hacer emprendiendo un viaje a los Llanos Orientales. Mamá dice que iremos nosotros. Mi hermana, ella y yo. Los sobrevivientes. Y que irá también la prima Aldana.
Cuando han pasado dos días, ya estoy yo ahí. En el bus. Se me puede ver. Mecido entre las carcajadas de comadres desconocidas. Feliz, mirando el mundo, entendiendo que el ritmo mezquino de la ciudad del frío puede ser cambiado por ese ritmo sincopado del calor y las curvas, por ese tiempo que no se puede predecir, entre una carcajada de mujer y otra mucho mejor. Para llegar al último pueblo, al mítico Puinabe, faltan dos horas que se convierten en cuatro por lo que primero suponemos es una avería de un camión y resulta siendo un retén de soldados verdes que se pasan dos horas subiendo y bajando del bus y esperando a recibir por radio órdenes que nunca reciben. Me aburro de mirar sus ametralladoras y sus uniformes sobre esos cuerpos largos y esas caras de grandes monos asustados. Aprovecho para cambiarme de asiento (llevo todo el camino mirando el gordo perfil de una matrona que no para de comer maní). Paso por el espacio que queda entre sus pantalones azules y el asiento anaranjado y recorro el pasillo hacia atrás (adelante están mamá y mi hermana) hasta encontrar un asiento vacío al lado de mi prima Aldana.
La llamamos prima, a Aldana, pero en realidad es la menor de las primas de mamá y por haber quedado de última, mamá la cambió de conjunto y la incluyó entre mis veintiséis primos, el mayor de los cuales tiene trece años. Aldana tiene diecinueve y es la criatura viviente -persona, animal o planta- más hermosa que existe. Me quedo mirándola un momento antes de acercarme. Muy delgada, con pequeñas tetas y un afro rubio que da generosa sombra a dos puestos del bus, envuelta en una blusita blanca de hilo, mostrando los crespos pelitos también rubios de su nuca, con la cabeza girada hacia el mundo que está del otro lado de la ventanilla. Toda ella una invitación a quedarse dormido en sus piernas.
Aprovecho mi apariencia de niño, no digo una palabra y recuesto mi cabeza en sus muslos. Aldana, sabia, pone su larga mano de dedos fríos y perfectos sobre mi cabeza, ríe suavemente y dice Espera. Dice espera pero yo sé que en esa palabra mágica que suena como agua fluyendo hay una lección escondida, una deliciosa señal capaz de borrar de repente todo el pasado. Espera. Habría podido esperar cien años con esa mano fría y carente de peso puesta en mi cabeza, haciéndome pensar sin pensar, en un estado de delicioso embrutecimiento cósmico. Y después de esa espera (yo solamente espero, no me quito ni muevo un músculo), Aldana levanta las rodillas, las apoya en el espaldar del asiento delantero y se estira de tal manera que quedo recostado en el segmento de cuerpo que tiene Aldana entre el ombligo y el pubis. Y ese trozo de cuerpo que Aldana pone detrás de la palabra Espera es la más tibia y más deliciosa de las almohadas, y en realidad siento que de su cuerpo, de su mano que se ha retirado ya de mi cabeza, emergen ondas capaces de hacerme cambiar. De hacerme otro. Cierro los ojos y me entrego a la dicha. Su cuerpo responde con un sonido de tripas.
Me quedo dormido. Sueño que corro por un campo verde. No verde naturaleza sino verde blanquecino, verde artificial. Yo corro en cámara lenta. Todo es artificial. Pero la sensación no me molesta. Al contrario, también yo tengo la deliciosa ligereza de lo artificial. Y en medio de esa escenografía, mi trote es leve. De repente tengo la conciencia de que ondas venidas de otro lugar me indican que todo está a punto de cambiar. Y entonces el campo se hace real y yo estoy corriendo en tiempo también real, jadeando, sudando, y el cielo como de cartón es remplazado por un cielo completamente cierto con un sol vertical que me asfixia. Y ahí tengo la conciencia de que no estoy corriendo hacia Aldana sino desde Aldana. Que me alejo irremediablemente de mi preciosa prima y del glorioso sonido de sus tripas.
Me despierta la fría mano que Aldana pasa por mi pelo sudado, su voz de terciopelo que me dice que hemos llegado. Miro por la ventana. No hay nada. Hay potreros, interminables potreros de un pasto demasiado alto para ser real, cercas, un terreno ligeramente ondulado que parece extenderse hasta el infinito bajo un cielo inmenso, varios pisos de nubes de distintos tamaños y distintas texturas, iluminadas por luces distintas, todas en el mismo cielo descomunal pesando sobre los Llanos Orientales. Camino por el pasillo. Afuera ya están mamá y mi hermana. Mi hermana suda, me mira otra vez con su cara de tigre, de gato, como si en ese clima y bajo ese cielo recuperara toda su fuerza salvaje. Perece querer decirme que echemos a correr, que nos perdamos en las manchas lejanas de vegetación, que saltemos las cercas y corramos hasta el infinito, que las dejemos a ellas allí. En vez de dejarme meter en su mirada, levanto la cabeza, miro la cara de mi prima Aldana que es lo más lindo que hay y estiro mi mano para que ella me de la suya, fría, perfecta, siempre tranquilizadora. En todos los Llanos solo hay un letrero, un gran letrero pintado en letras blancas con una brocha sobre un trozo de madera. La Dormilona 3 Km. Mamá saca de su morral dos sombreros de paja que nos pone a mi hermana y a mí. Intenta coger a mi hermana de la mano, ella no se deja. Caminamos hasta la entrada de una carretera de tierra que parece no tener fin.
Debe ser el calor o el aire húmedo y perfumado de pasto salvaje, de agua, de tierra caliente, o el contacto de la prima Aldana, de su mano todavía fría pero sudorosa, o la suma de todo eso, pero me siento único, ligero, como si en verdad atrás hubiera quedado para siempre la ciudad del frío, todo su miedo, la muerte pisándonos los talones, el hombre desnudo queriendo romper vidrieras, su cara de loco, su olor de flores muertas, la terrible voz de la abuela, el ojo cerrado de mi primo. Como si todo eso nunca hubiera existido, como si al desaparecer despareciera también el dolor de su recuerdo en una implosión que no dejara ninguna huella. Como si al volver algún día a la ciudad el frío no fuera a haber ningún indicio de la existencia del fantasma ni del dolor. Como si tuviéramos derecho a empezar de nuevo, al ritmo de esos pasos, de esa tierra que huele distinto, como si la mano de la prima Aldana, su suave piel en ese calor y la certeza de que mamá también se siente más ligera, libre por una vez, casi feliz, nos curara de todos los males. Cierro los ojos y sé que no me voy a tropezar porque el mundo es ligero, real, fácil en esa temperatura, porque estoy protegido y ya nada pasará siendo éste otro que no siente miedo.
En primer plano: el tercer día del festival
El 12 de octubre de 2024, el primer Festival Barrio Bairro Berlín contó con un taller de traducción a cargo del colectivo Wiese, un debate sobre la escritura literaria en lengua no materna y una lectura con autores latinoamericanos residentes en Berlín, que concluyó con un ritual sonoro.
Nuestro fotógrafo Pablo Hassmann captó los mejores momentos de la velada.
El teatro de las ambigüedades. Taller de traducción y lectura con Gaspar Peñaloza Avsolomovich, Ramona de Jesús y Maria Negroni. © Pablo Hassmann
Literatura a contrapelo. Conversación y lectura con Ann Cotten, J. A. Menéndez Conde y Tomer Dotan-Dreyfus © Pablo Hassmann
La historia se escribe en la danza. Lectura, ritual sonoro y fiesta. Con Antonio Ungar, Martha Gantier, Amir Valle, Reuben the Organizer y Saca Sal © Pablo Hassmann
En primer plano: el segundo día del festival
El 11 de octubre de 2024, el primer Festival Barrio Bairro Berlín incluyó un recorrido decolonial por el Humboldtforum, un debate sobre la relación entre el paseo y la escritura y una lectura sobre el tema de la pertenencia.
Nuestro fotógrafo Pablo Hassmann captó los mejores momentos de la jornada.
Anti-Guía. Performance y taller con Daniela Zambrano Almidón en BARAZANI.berlin y el Humboldforum
Nuevos dandis y flaneurs. Entre la infancia berlinesa y Berghain: charla y lectura con Patricia Cerda, Luciana Ferrando y Ariel Magnus en Lettrétage.
Em foco: A abertura do festival
Em 10 de outubro de 2024, a abertura do Festival com uma palestra do poeta brasileiro Ricardo Domeneck e duas leituras encenadas de poemas de Regina Riveros e Elsye Suquilanda.
Nosso fotógrafo Pablo Hassmann registrou os melhores momentos da noite no aquário em Kreuzberg.
Abertura do festival, lecture-performance e conversa com Ricardo Domeneck
Cardiogramas e unicórnios aquáticos. Leituras performáticas com Amaya Gallegos, Regina Riveros, Lisa Spöri e Elsye Suquilanda
Nuestra cartografía
El 4 de diciembre de 2024, tuvimos el placer de presentar la cartografía histórica de nuestro Barrio (Bairro) de Berlín, que creamos en colaboración con Sonia Solarte y Esther Andradi. Si quieres saber en qué consiste este proyecto en curso, echa un vistazo a este vídeo.
Im Fokus: Ein Apéro vor dem Festival
Am 5.10.2024 fand im Rahmen des ersten Barrio Bairro Berlin Festivals eine von Pasajero del muro kuratierte Schreib- und Performancewerkstatt mit Rita Gonzalez Heysanes im Refugio statt.
„Pasajero del Muro” ist eine Berliner Lesereihe, der stets eine Schreibwerkstatt vorangeht. Eingeladen sind alle, die performativ an ihren eigenen Texten arbeiten wollen.
Werkstattleitung: Rita Gonzalez Heysanes
kuratiert von Alicia Morán und Karen Byk/Pasajero del muro
“Y así me abrí a vivir un viaje en la memoria muy intenso a nivel emocional, en eso se convirtió esta cartografía”: charlas de Barrio con Sonia Solarte y Esther Andradi
Sonia Solarte Orejuela es psicoterapeuta psicológica, poeta, cantante (Orquesta Burundanga, Banda SolArte), tallerista de escritura y terapia y activista por la paz. Nacida en Colombia, vive en Berlín desde 1988. Ha publicado cinco volúmenes de poesía, dos de ellos en español con traducciones al alemán: Rückkehr ins Paradies (2010) y Papierwelt (1996 /2006). Sus poemas han aparecido en numerosas antologías nacionales e internacionales, así como en revistas literarias y periódicos de varios países latinoamericanos y de Europa. Es miembro de la Asociación Alemana de Escritores, del PEN Club austriaco, de la Asociación Internacional de Escritores de la Costa, etc. Ha recibido varios premios literarios, entre ellos: 2º premio en el concurso nacional de poesía Ediciones Embalaje 2012 (Roldanillo, Colombia); premio internacional de poesía Ars Maris 2008 (Reghin, Rumanía) y en el IV Concurso Internacional de Poesía Antonio Machado de Collioure, Francia, por la obra Memoria de la ausencia.
Esther Andradi nació en Ataliva, Argentina. En 1975 emigró a Perú donde publicó su primer libro sobre la situación de las mujeres. En 1983 se estableció en Berlín, en 1995 se mudó a Buenos Aires, y desde 2003 vive entre ambas ciudades. Escribe crónica, poesía, microficción, ensayo y novela. Sus relatos se han publicado en antologías en diferentes idiomas, últimamente al griego y al portugués. Varios de sus títulos han sido traducidos al alemán, el más reciente su novela Drei Verräterinnen (Klak, 2019).
La entrevista fue realizada por Ana Rocío Jouli y Daniel Sarmiento Osorio
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento Osorio
Para esta ocasión quisimos conversar no con una, sino con dos de nuestras vecinas: la poeta y cantante colombiana Sonia Solarte, y la periodista y narradora argentina Esther Andradi. Con ambas escritoras conversamos a propósito de sus historias migratorias, el recuerdo de la escena literaria y cultural latinoamericana en Berlín y la tarea común que realizaron para Barrio (Bairro): la construcción de nuestra cartografía literaria.
Con las escritoras nos pusimos cita un lunes 18 de noviembre. A diferencia de las demás entrevistas que hemos realizado para Barrio (Bairro), esta iba a requerir de todo un aparataje tecnológico especial: trípode, cámara de video profesional, micrófono para podcast... La nuestra no iba a ser una conversación como las otras, ya que de nuestra entrevista deseábamos obtener material de audio y video para la presentación de nuestra cartografía, que ocurriría el 4 de diciembre en el Instituto Cervantes (a modo de easter egg y si aún no han visto el video, lo pueden encontrar en el siguiente enlace: https://www.instagram.com/reel/DExUk3kPtgk/?igsh=ZnY1aGppZXFnbTdr).
Así, la imponente sala de la casa de Sonia, con sus máscaras africanas, sus enormes estanterías repletas de tomos de psicoanálisis y sus pisos con parquet en espina de pez, terminó súbitamente convertida en un estudio televisivo. Habíamos transformado al gabinete de curiosidades en el puente de una nave espacial como las imaginadas por los mejores clásicos de la ciencia ficción. Ahora solo nos quedaba ocupar nuestros asientos, encender los dispositivos y servirnos un té para charlar.
Una de las razones por las que más nos interesaba conversar con ambas se debe a esta tarea de cartografiar los escenarios pasados y presentes de la cultura y la literatura latinoamericanas aquí en Berlín, la cual ustedes realizaron para Barrio / Bairro. En ese sentido sería muy interesante para nosotros saber un poco más acerca de ustedes, y también de su llegada a la ciudad.
Esther: Berlín fue mi segunda migración porque la primera fue a Lima; ahí aprendí un montón de cosas de lo que significa ser migrante. Cuando llegué acá lo único que me sorprendió fue el idioma, pero el choque de costumbres ya lo había tenido porque las formas de vida en Perú eran muy diferentes a las mías. Yo tenía una idea muy romántica del Perú, pensaba mucho en una cultura de la tierra, con raíces milenarias, qué sé yo. Y cuando llegué allá y vi gente haciendo música en las calles con quenas de plástico, se me rompieron todos los esquemas. Me acuerdo de que la comida fue un choque tremendo: en Argentina comía carne, tomaba vino y comía pan blanco, pero cuando llegué al Perú la carne era escasa y carísima: había pescado y mariscos, se comía arroz y se tomaban infinidades de jugos de frutas, muchos para mí desconocidos. Un cambio de paladar que enriqueció mi vida para siempre.
Intenté matizar muchísimo mi acento argentino, pero sin mucha suerte. Incluso luego de llevar cuatro o cinco años en el Perú me decían: “¿señorita, hace cuánto tiempo está usted aquí? ¿Le gusta nuestro país?”. Y yo hacía ya años que estaba trabajando y viviendo ahí.… Y bueno, después me vine para Berlín. ¿Qué te cuento de Berlín? Lo que más recuerdo es la primera fiesta a la que fui, cuando el grupo de teatro peruano Cuatrotablas presentó una recreación de La ópera de los tres centavos de Brecht en la Kulturhaus Bethanien. Era noviembre de 1980 y había nevado. Después de la presentación hubo una fiesta, mi primera fiesta berlinesa; éramos latinos y alemanes que hablaban español. Algo muy especial. Me acuerdo de un joven caminando solito de uno a otro extremo de la sala mientras sonaba música salsa, otro jugando ajedrez… Y bueno, con un grupo salimos al enorme parque enfrente de la Bethanien y bailamos sobre la nieve.
Después de eso yo me devolví a Perú para organizar mis papeles porque no estaba legal realmente. Regresé aquí en la bisagra entre el 82 y el 83. El fin de año bisagra lo pasé en Berlín en otra fiesta, una fiesta trans en el cabaret Chez Romy, de Romy Haag. Romy era hermosísimx (se enamoraron perdidamente con David Bowie) y en los setenta había fundado el primer cabaret trans de Berlín en la esquina de la Fuggerstrasse con Welserstrasse. Hay que imaginarse que en aquel entonces la homosexualidad estaba prohibida, las restricciones se levantaron recién en los 90. Y yo decía: “esto es maravilloso para un reportaje...”, pero yo trabajaba para los medios peruanos en ese entonces y a ellos no les interesaban esas cosas, por eso todos esos relatos quedaron en mis crónicas, que publiqué mucho más tarde.
Sonia: Yo realmente no venía para Berlín. En los años ochenta ni Alemania ni Berlín eran lugares que despertaran interés en general para los latinoamericanos que querían emigrar, especialmente porque para integrarse tenían que aprender un idioma considerado difícil. En el 88 viajé a Madrid con la intención de estudiar y especializarme en trastornos psicosomáticos. También tenía mucho interés en la escena literaria en Madrid, en conocer a los poetas de la ciudad e intercambiar con ellos textos e historias. Pero en Madrid mi estancia duró corto tiempo. Allí estudié unos meses en la Escuela de Psicoanálisis, formé parte del colectivo de poesía Grupo Cero y me dieron la oportunidad de coordinar un taller de escritura creativa.
Solicité asilo político sin tener muy en cuenta las consecuencias que acarrearía este hecho, como por ejemplo que no iba a poder abandonar España hasta que se resolviera la solicitud. A mi compañero, que era berlinés, le resultó un trabajo temporal en su ciudad natal y me invitó a acompañarlo, especialmente para presentarme a su familia. Yo no podía abandonar España por la solicitud de asilo y porque ya estaba inscrita en la universidad, pero por otro lado Madrid era en esa época la segunda ciudad más ruidosa del mundo y realmente era enloquecedor vivir en ese ambiente.
La noche anterior al día de su viaje decidí renunciar al asilo. Llegamos a Alemania y a mí me encantó Berlín Occidental por el silencio. Aquí las personas hablaban bajito, susurraban. Para mí era como si cantaran, como si fueran pajaritos trinando. Aquí los conductores de autos no pitaban, mientras que en España hasta se salían del auto para insultarse. Me gustó la tranquilidad que se respiraba en la Berlín amurallada. Me pareció hasta provinciana, aunque igual era una ciudad con buena infraestructura, condiciones culturales y de vivienda que facilitaban vivir barato y bien. Aquí había gente que tenía apartamentos de 200 metros cuadrados y pagaban apenas 250 marcos de alquiler. Eso era absolutamente surreal considerando los precios que tenían ciudades como Madrid y París. Daba la impresión de que quienes vivíamos en Berlín Occidental, completamente rodeada por la DDR, éramos considerados como damnificados solo por vivir aquí, como en una prisión, y el gobierno de Alemania Federal compensaba con los bajos costos y ofreciendo buenas garantías sociales y culturales para sopesar “el sacrificio” de vivir en ella.
Después que Harald, mi compañero, terminó su compromiso laboral en Berlín regresamos a Madrid, a recoger nuestras maletas y objetos personales que habíamos dejado en el garaje de un amigo. Esto fue en agosto del 88. A la semana de retornar a Berlín con nuestras cosas conocí el trabajo del Grupo Colombia Berlín por los derechos humanos y me uní a él. También conocí muchos artistas latinoamericanos, especialmente de la comunidad chilena. A través de las conversaciones con ellos pude comprender los vertiginosos acontecimientos que condujeron a la reunificación alemana. Recuerdo que compraba semanalmente el periódico El País de España, para mantenerme informada de lo que acontecía en la Berlín. Aquí se estaba gestando una revolución. Mi suerte hizo que fuera testiga presencial de la unificación alemana y percibiera el pulso de los acontecimientos. El proceso fue rapidísimo.
Esther: Para mí, Berlín (West) era la ciudad en la que yo quería vivir porque era segura y libre. Increíble: estábamos encerrados por un muro, pero todo era libre acá. Era libre en el sentido de que todos podíamos movernos como queríamos. Yo había huido de un país con una dictadura sangrienta y me había ido de otro país ultramachista, pero cuando llegué acá entendí que como mujer podía ponerme o sacarme la ropa como quería, andar por la calle como sea y a cualquier hora de la noche, y nadie me jodía… Una cosa maravillosa, yo sentí que sería el paraíso. Y al mismo tiempo estaba la seguridad en la vida cotidiana, que era súper importante para nosotros que veníamos de países absolutamente desestructurados, donde solamente tienes seguridad si tienes plata.
Entonces yo dije: “este es el lugar donde quiero vivir”. Esto lo pensé por diferentes razones, también políticas. Para mí aquí era donde se generaba la tensión entre Occidente y Oriente. Todas las teorías y los esquemas que ponían a funcionar en el mundo las dos potencias estaban manifiestos aquí… Aunque a los medios para quienes yo trabajaba como periodista no les interesaba lo que pasaba en esta ciudad encerrada. Las “noticias” pasaban en Washington, Moscú, Londres, París como mucho. Bonn no existía, era un lugar artificial, simbólico…
Sonia: Quiero anotar algo con respecto a la seguridad. Yo vengo de un país que es uno de los más violentos del mundo. En Colombia estamos acostumbrados a vivir en la inseguridad y en el temor de expresar abiertamente las opiniones, particularmente lo vivimos en los terribles años ochenta, aunque los noventa también fueron de espanto. En ese entonces conocí gente que estaba amenazada y también sentí en carne propia los efectos del atreverse a nombrar las cosas, de disentir. Por eso poder expresar tus ideas políticas y saber que no va a tener ninguna consecuencia para tu seguridad personal; poder andar de noche sola; poder tener la libertad de decidir sobre cuándo, cómo, dónde y con quiénes manifestarte… Todo eso fue un inmenso regalo.
Lo que sí era parte una parte tenebrosa del escenario público aquí era la presencia de grupos de extrema derecha. Tú los veías en la calle, los skinheads, y percibías la amenaza. En Berlín Occidental estos personajes se subían en el metro y entregaban volantes que decían “¡Ausländer raus!”; incluso a los migrantes se los ponían en sus manos, yo lo viví directamente. En mi caso realmente me sentía mucho más segura aquí que en Madrid y en Cali, pero ocurría con frecuencia que estas personas podían pasar a los hechos y atacar verbal y físicamente a los migrantes.
Pasando a la escena cultural latinoamericana que había en esos años, nos gustaría preguntarles por sus percepciones de la movida. ¿Cómo fue creciendo esa escena y cómo sus poéticas personales se fueron transformando al tomar contacto con ella?
Esther: Mi trabajo principal en el ámbito de lo escrito por aquellos años fue en el periodismo. En Lima había publicado junto con la poeta y periodista Ana María Portugal el libro de testimonial Ser mujer en el Perú, que se transformó luego en un clásico del feminismo de ese país. En ese sentido, yo venía del periodismo, del testimonio y de la literatura documental. Aunque sí escribía textos literarios breves, que en aquella época no estaban catalogados porque no existía el concepto de microficción como tal. En ese entonces yo no sabía qué era lo que estaba escribiendo, pero escribía esos relatos brevísimos que mucho tiempo después publiqué.
Al mismo tiempo investigaba sobre la literatura testimonial en América Latina. Por eso me inscribí en el Instituto Latinoamericano de la Freie Universität para hacer un doctorado sobre feminismo y literatura testimonial en el continente, concretamente analizando Hasta no verte, Jesús mío de Helena Poniatowska. Esta investigación la estaba haciendo en el año 84 porque necesitaba una base económica, una beca, algo. En el Instituto Latinoamericano estaba Alejandro Losada como director de Literatura. Él era un profesor argentino que se entusiasmó mucho con mi tesis porque en aquel momento no existía el análisis de la literatura escrita por mujeres en la academia. Apenas existía el feminismo, ni tampoco estaban las teorías queer. Además, Alejandro se entusiasmó mucho con el tema porque era algo nuevo que venía: el testimonio en la literatura. Y entonces me dijo: “hacemos todos los trámites necesarios; yo te ayudo para conseguir una beca”. Así que mientras yo hice el exposé para mi tesis, él tomó un avión a Cuba, porque lo habían elegido jurado del premio Casa de las Américas, y después seguía su viaje a Nicaragua. Pero entonces el avión que iba de Cuba a Nicaragua se estrelló apenas salió de La Habana. Murió él con todos los pasajeros, y también con mi proyecto de tesis, mi beca, todo.
Así que me encontraba en el año de 1984 con una mano atrás y otra adelante, con un proyecto grande, pero sin nadie que me pudiera ayudar. Entonces decidí: “bueno, ahora voy a ser escritora”, pero esa fue una decisión basada en la angustia y en la desesperación de un tiempo en el que todos mis escritos estaban en el cajón: tenía mis libros, mis poemas, mis textos, y una formación periodística que no podía ejercer porque el alemán era imposible para mí. Como no podía ejercer periodismo en alemán, tenía que hacer periodismo para América Latina, donde los diarios pagaban poco o nada, y encima no tenían interés en publicar lo que yo escribía, que eran crónicas sobre la vida cotidiana de Berlín.
En enero de 1984 y con 20 grados bajo cero empecé a trabajar en la librería Andenbuch, que en ese entonces quedaba en la Nollendorfstrasse y era un proyecto muy nuevo. Comencé a trabajar allá los jueves por la tarde de forma voluntaria. Y así fue: mientras escribía mis cosas y le daba legitimidad a mis sueños, trabajaba para la librería, escribía para periódicos latinoamericanos, limpiaba casas y hacía diferentes cosas para para comer.
También me acuerdo de que me vinculé en 1988 a la Neue Gesselschaft für Literatur (NGL), que era el grupo de escritores alemanes radicados en Berlín Occidental. Dentro de la asociación había diferentes AG, es decir, diferentes áreas o talleres, y uno de ellos era el Internationale Autoren Gruppe. ¡Fantástico! No éramos “Ausländer” Autoren, éramos “Internationale” Autoren, lo que suena mucho más interesante. En esa AG no solamente participábamos autores extranjeros de diferentes países del mundo radicados en Berlín, sino también alemanes. Aun así, las lecturas y presentaciones se hacían en alemán, así que necesitábamos de traducciones, lo que después llegó de la mano de amigas como María Bamberg, Gerda Schattenberg-Rincón e Ingrid Lange. En las lecturas teníamos que presentar nuestros propios textos en alemán, lo que era dificilísimo porque implicaba no legitimar nuestro origen literario. Todavía ahora me cuesta mucho leer en alemán cuando se trata de textos que formulé originalmente en español.
Sonia: En cuanto a mi llegada en relación con la movida cultural, más o menos al mes y medio de estar aquí conocí a un grupo de música que se llamaba Los Caminantes; vivían como a dos cuadras mío. Un día yo estoy por ahí y escucho que que necesitaban buscarle reemplazo a su cantante. “Yo soy cantante”, les dije, y ahí mismo cogieron la guitarra, me probaron y conseguí trabajo. La música fue entonces mi entrada; cantábamos música antillana. Luego fundamos un cuarteto que llamamos Babalú y un sexteto que llamamos Siguaraya. Nos presentábamos en un lugar Wielandstrasse, en Charlottenburg, que se llamaba justo así: Salsa. Era el único lugar para escuchar salsa en Berlín y con música en vivo. La actividad musical a mí me salvó el alma, porque a pesar de que me gustaba mucho Berlín, la migración fue durísima, especialmente por el hecho de que la barrera idiomática me impidió seguir con mis planes de estudio. Pero en fin, la música fue fundamentalmente el medio de expresión artística en que pude ubicarme inicialmente y me facilitó entrar a diversos espacios donde se movía la gente latina.
También gracias a formar parte del grupo de activismo Colombia Berlín, donde me identifiqué como poeta, conseguí las primeras traducciones de algunos de mis poemas y pude empezar a realizar lecturas en actos políticos culturales. Yo era una entusiasta de los talleres de escritura creativa porque ya en la Universidad del Valle, en Colombia, había participado en uno de los primeros talleres que se realizaron allí dirigido por la maestra Carmiña Navia y una profesora de Estados Unidos invitada. En Berlín hablando con Cecilia Boisier, artista plástica chilena y gran amiga, le comenté de estas experiencias y ella entusiasmada me propuso que fundáramos un taller. Así convocamos escritoras que conocíamos y fundamos el Taller de la Palabra, donde leíamos y comentábamos nuestras propias producciones.
Poco después de la reunificación alemana ocurrió un encuentro internacional de poetas mujeres latinoamericanas, organizado en 1990 por la escritora Christiane Barckhausen, que había ganado poco tiempo atrás el Premio Casa de las Américas en ensayo por su obra sobre Tina Modotti y que con un grupo de mujeres de Alemania Oriental estaba fundando la organización S.U.S.I., que fue el primer centro intercultural para mujeres en la parte oriental de la Berlín reunificada. Ese fue el despegue de mi trabajo y reconocimiento como poeta en Berlín. Me acuerdo de que a ese evento habían sido invitadas escritoras que vivían en otros países como la reconocida poeta argentina Luisa Futoransky, con quien enhebramos sentires y entusiasmos. Al fin y al cabo estuvimos reunidas un grupo de aproximadamente 10 escritoras latinoamericanas radicadas en Europa, la mayoría con obras ya publicadas y otras con obras inéditas.
Hoy día reconozco la importancia de este encuentro de poetas para el desenvolvimiento de una serie de acontecimientos que influyeron en mi proyección profesional y artística en esta ciudad. Poco después Christiane me ofreció realizar un taller en S.US.I. y así fundé el taller de escritura creativa para mujeres latinoamericanas Xochicuicátl, que significa “cantos de flores” en náhualt. Hasta ese momento no existían talleres de escritura en nuestro idioma en Berlín, por lo que Xochicuicátl se volvió muy importante y fuimos invitadas a diferentes ciudades de Alemania a presentar nuestros textos. Trabajábamos en la conservación de nuestro idioma y en historias de la migración y del desarraigo. Era una experiencia intensa: nos reuníamos todos los sábados cinco o seis horas y escribíamos sobre temas relevantes para nosotras como mujeres latinoamericanas en Alemania. Eventualmente nos concientizamos sobre la necesidad de tener espacios propios para la expresión creativa que le ofrecieran la posibilidad de empoderarse a las mujeres latinoamericanas de Berlín, así que se nos ocurrió fundar una asociación, que fue la Asociación de Mujeres Latinoamericanas Xochicuicátl.
Esa fue una época de fundaciones. También por esos años se fundó la asociación LiteraturFrauen e.V., que fue una organización para escritoras de todas partes del mundo. Formaron parte de su primera junta directiva escritoras como May Ayim, Eva Boura y Cornelia Becker. Y fui invitada a participar de la junta directiva por la profesora Dagmar Schultz y por la misma May, que era una encantadora poeta con mucho reconocimiento en el movimiento por los derechos de la población afroalemana. Tuve serias dudas en aceptar la oferta porque aún no me sentía segura en el manejo del idioma alemán, pero terminé aceptando ante la insistencia de May. A propósito de ella, Esther ha traducido algunos de sus poemas y yo le puse la música a otros cuantos.
Esther: Cuando nos preguntan que cómo evolucionó nuestra literatura, diría que se trató justamente de esto: se cierran muchas puertas cuando llegas acá, pero al mismo tiempo se abren otras. Tuve la experiencia de haber trabajado en periodismo en el momento de la unificación y la caída del muro, lo que fue decisivo para mí. Yo pertenecía a un grupo de autores con el que compartíamos una oficina en la Medienhaus en Potsdamer Strasse. Éramos todos periodistas freelance y no queríamos trabajar en nuestra casa, sino colectivamente. Entonces alquilamos dos habitaciones de ese gran piso de aproximadamente 240 metros cuadrados que pertenecía a la Radio 100, recientemente fundada. En esa casa escribí la mayor parte de las crónicas de los tiempos pre y durante la caída del muro, que fueron después muchas de las crónicas que componen mi libro Mi Berlín. Fue un momento muy impresionante de mi desarrollo personal, porque mi trabajo como periodista en ese momento fue realmente demandado. Si a los medios en Latinoamérica antes no les interesaba Berlín, cuando empezaron los problemas acá que anunciaban los cambios radicales que vendrían, de pronto adquirí visibilidad; imagino que se preguntaban: “Ché, ¿dónde está Andradi?”.
Pensando ahora esta misión que ustedes realizaron para Barrio (Bairro), una de las cosas que conversábamos es que el hecho de que hacer una cartografía implica generar un archivo. En este caso, ustedes generaron un archivo de la cultura y la literatura latinoamericanas en Berlín con recuerdos propios y materiales impresos y fotográficos de innumerables eventos en los que participaron. ¿Cómo definirían ustedes esta tarea pensando en que es un archivo que se elabora de manera muy personal e íntima?
Esther: Yo tenía todas estas cosas guardadas, pero no organizadas. A lo largo de los años siempre hubo momentos en que tuve ciertos recuerdos, una vinculación con hechos puntuales, pero la tarea de la cartografía fue una motivación para realizar una apertura y decir, “a ver, ¿y qué pasó acá?”. Para mí este proceso ha sido como de muñecas rusas, porque pienso en un par de eventos y digo: “ya está, ya terminé aquí”, pero entonces sale otra cosa, otra cosa, otra cosa… Yo creo que si seguimos pensando en la cartografía, seguiré teniendo más recuerdos.
Y siento es que una gran responsabilidad también debido a la dimensión histórica, porque evidentemente mi memoria no puede ser la memoria colectiva. La memoria siempre es selectiva y personal y subjetiva. Entonces puedo mostrar ciertas cosas y otras tal vez Sonia, pero seguramente hay otras cosas que ninguna de las dos recordamos y alguien más tiene que recordarlas. Entonces pienso que lo importante de esta cartografía es que sea un inicio y permita seguir incorporando hechos históricos en el futuro a medida que se encuentren testigos que hayan visto otras cosas también. Yo por ejemplo no estuve acá en los años setenta y sé que en ese entonces pasaron muchas cosas importantes aquí, pero no puedo dar testimonio sobre eso.
Sonia: La verdad es que cuando Timo nos hizo esta propuesta, la primera reacción mía fue decirme: “¿En qué te vas a meter?… No tengo tiempo…”. En fin, una resistencia. Ya después le pregunté hasta cuándo tenía tiempo y me dijo que hasta octubre se podía entregar los materiales. Pero el proceso fue muy acelerado; Timo desde el comienzo le “metió candela”, como decimos en Colombia, agilizó el proceso. Apenas un mes de empezar ya estaba preguntando por los primeros resultados. Al comienzo yo estaba escribiendo mis textos para la cartografía despersonalizando los hechos, pero Timo me dijo: “Sonia, métete en el texto que ésta es tu historia”, entonces me di cuenta de que había tenido una resistencia a asumir este ejercicio como un viaje personal; en eso se convirtió esta cartografía. Tal era esa resistencia hizo que no encontrara los archivos inicialmente. Pasaron algunas semanas hasta que recordé que en un mueble en mi sala que estaba trancado hace algunos años tenía más archivos que los que había encontrado inicialmente y claro, ahí estaban los flyers, folletos y algunas fotos de los eventos literarios de los que participe en los años 90.
Y así me abrí a vivir un viaje en la memoria muy intenso a nivel emocional. He recordado sitios, situaciones, personas, que durante décadas creí estaban borrados de mi memoria. Yo no tengo la admirable memoria que tiene Esther y sin embargo cada detalle que ha emergido del pasado ha ido construyendo una visión panorámica, una especie de mosaico de cómo fue que la poesía fue tejiendo mis días, gestando mi vida aquí. Porque uno muchas veces no mira para atrás cuando ya tiene ciertos años. Y yo aprendí a vivir en el aquí y el ahora, mirando pa’lante; esa es mi actitud, pero esta experiencia de contemplar detalles del pasado ha hecho que pueda reconocer en todas estas memorias mi trayectoria. Realizar esta cartografía ha sido volver a andar las estaciones que he recorrido como poeta en la migración, reconocer mi trabajo literario y artístico y todas sus raigambres. Y me siento agradecida de esta oportunidad de apreciar subjetiva y objetivamente las huellas de mi camino, inclusive las pequeñas crisis que atravesé y lo que está pasando ahora conmigo y mi labor poética. Me he permitido sentir nostalgia por los noventa y los dos mil, que fueron una movida intensísima a toda velocidad: no solo estaba construyendo familia y criando a mis hijas, sino que al mismo tiempo coordinaba el programa y las actividades de un centro intercultural de mujeres, tenía frecuentemente conciertos con la Orquesta Burundanga, coordinaba talleres, participaba en agrupaciones políticas, viajaba con mis libros, publicaba...
Esther: Yo tuve una experiencia diferente, por suerte. En el año 95 yo regreso a Argentina, pero no por mi propio deseo, sino porque mi marido, el padre de mi hija, que era apenas un bebé, obtiene un trabajo en Argentina por cuatro años. Para mí fue una beca, mi “beca Sutter”, digo siempre, por el apellido de mi marido. Me permitió ir a Argentina y vivir en mi país por casi ocho años, en los que estuve más o menos cerca de mi familia, que vivía a 600 kilómetros de Buenos Aires, donde nosotros residíamos.
Fue un lujo, porque pude criar a mi hija sin dificultades económicas y además tuve la posibilidad de estar en contacto con las escritoras y escritores de mi país, que durante tantos años había conocido solamente a través de la biblioteca del Instituto Iberoamericano. Entonces de pronto me sentí en el paraíso de mi literatura, haciendo un montón de cosas con esas grandes escritoras durante esos años que se extendieron a casi ocho. Fue un momento para mí maravilloso porque además pude seguirme vinculando con Alemania, ya que teníamos que venir de visita una vez al año.
Mi relación con Berlín continuó durante esos viajes periódicos. Nos reuníamos con amigues, participaba en exposiciones y lecturas acá, como en S.U.S.I. tantas veces. También logré publicar mis libros en Argentina, lo que para mí fue un momento de reconectarme con el país porque me fui a causa de la dictadura. Volví 20 años después; 20 años no son nada, pero en 20 años habían pasado cosas terribles en Argentina. Y había cosas espantosas que seguían estando.
Pero también había experiencias que sí me entusiasmaban muchísimo y me llenaban de alegría: el arte, la literatura, el trabajo de solidaridad que hicimos con las mujeres escritoras. Por ejemplo, tuve la posibilidad de participar en un gran encuentro en el año 2000 llamado “Con esta boca en este mundo” junto con otras 165 escritoras. En ese entonces yo era parte de una asociación de escritoras que se llamaba Sudestada y con ellas organizamos ese encuentro nacional de escritoras. Fue un momento maravilloso de encuentro y de resignificación de todo lo que yo hacía. Pero lamentablemente todo lo bueno también tiene un fin: no solamente se cayó Argentina en el 2001, sino que mi “beca” también. O sea que en el 2003 otra vez llegué acá. Ya hace más de 20 años que estoy de vuelta. Pero en esta segunda etapa finalmente mis libros llegaron a casa también en Berlín, es decir, fueron traducidos y publicados en alemán.
Igual mantengo mi relación con Argentina, con sus editoriales, su vida cultural, sus escritorxs… Como digo siempre, tengo una doble vida. Y doble tarea: la de vivir acá y la tarea de vivir allá. Mi hija, por ejemplo, que ahora tiene 31 años, dice: “bueno, al principio yo pensé que tenía que elegir, porque siempre te preguntaban ‘¿dónde estás mejor, Argentina o Alemania?’”. Ella nació acá, pero tiene un corazón argentino porque vivió muchos años allá y tiene un corazón alemán porque sus amigos son de acá. Ahora sabe que no tiene que elegir, que tiene las dos cosas, que puede tener de ambas lo mejor.
Además, pensando en todos esos archivos que fueron guardando de esos años, nos preguntamos si se imaginaban que todo eso podía ser documentación histórica, o si lo guardaron por una cuestión más sentimental. Al no haber archivos institucionales o algo más sistemático sobre este tema, creo que lo que ustedes hicieron puede servir como una invitación al resto de la comunidad para que abran sus carpetas…
Esther: A mí me gusta mucho la definición de viaje personal que dijo Sonia. En realidad guardo cosas porque tengo un alma documentalista. Entonces siempre recojo objetos o documentos o fotos y digo “en algún momento para algo va a servir”. O bueno, no todo lo que guardo sirve para algo, algunas cosas hay que tirarlas, pero muchas sí sirven. Siempre pensé que todo lo que estaba en mis archivos para algo iba a servir en algún momento. Así que quien quiera ayudarme a organizarlo, encantada.
Sonia: Yo era muy juiciosa con este asunto, llevaba archivos de todas las invitaciones que me hacían. Yo iba guardando todo eso en un archivo privado, pensando que con las décadas iba a volver a repasar esos instantes como los recuerdos de mi historia personal para alegrarme y sentir que tanto andar tuvo un sentido. No pensaba que esto podría tener un valor para mostrar la escena literaria que había en Berlín y cómo formamos parte de su construcción. Y eso es lo que ahora me conmueve: darme cuenta de que nosotras abrimos caminos y fundamos cosas. Ha sido verdaderamente una muy grata experiencia, que ahora agradezco desde lo más profundo. Antes de la unificación alemana, y desde mi punto de vista incluso hasta el Mundial de Fútbol en Alemania del 2006, Berlín no resultaba atractiva para la población latinoamericana ni para hacer turismo ni mucho menos para residenciarse. Éramos un grupo reducido comparado con la cantidad que somos ahora.
Para concluir, nos gustaría preguntarles cómo perciben el estado de esta escena literaria y cultural latinoamericana que tenemos hoy en Berlín, y también cómo les gustaría que sea a futuro.
Esther: Me encantaría seguir formando parte de la escena literaria acá y si vuelvo a migrar, mantener el contacto. Ahora es una escena diversa, especial, muy activa. Me imagino que se van a seguir formando grupos, y deseo que se sigan abriendo espacios. Creo que pueden también venir momentos difíciles en cuanto a financiación y apoyo. Muchas iniciativas que existen ahora es porque ha existido la sensibilidad por parte de diferentes instituciones para ayudar... Pero en fin, pienso que lo importante es que haya espacios que permanezcan.
Por ejemplo, en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Freie Universität Berlín, había ocasionalmente seminarios de escritura creativa en español hasta que la profesora Susanne Klengel insistió en que ese espacio tenía que regularizarse, así que desde entonces todos los semestres se dicta uno. Es algo que queda y eso es lo que me parece importante, generar espacios no volátiles, sino que se institucionalicen.
Sonia: Yo comparto todo lo que dice Esther sobre la escena actual. En los 90 no nos hubiéramos imaginado que iba a haber tantos grupos, talleres, lugares para lecturas en español... A nivel de la organización y creación de espacios me acuerdo de un sueño que tuvimos y que me parece que está vigente, que nunca ha muerto. Nosotras quisimos crear la Asociación de Escritores Latinoamericanos en Alemania (ASEIBA) junto con otros seis escritores. Escribimos los estatutos de la organización y diseñamos objetivos orientados a propiciar el intercambio con escritores de aquí y de allá, organizar giras, festivales, lecturas, financiar traducciones y publicaciones como antologías. Pienso que esta idea puede ser relevante y retomada por el numeroso grupo de escritores y poetas que conforman hoy en día la escena literaria hispanohablante en Berlín. Ese es para mí un buen sueño posible de realizar. Es algo que yo pienso nos aportaría muchísimo a todos, a los que llevamos décadas aquí, a las escritoras y escritores más recientes en la ciudad y a los que de seguro van a llegar. Tener una organización para nuestra literatura con su propio espacio es un objetivo realizable. Yo no desisto de ese sueño y ahora que tengo la oportunidad de transmitirlo a través de esta entrevista deseo que aparezcan ojalá otras voces que hagan de ello un proyecto realizable. Por experiencia propia les comento que fundar una asociación es la puerta más viable para recibir los recursos que puedan fortalecer la escena literaria hispanohablante. Pienso que la escena actual cuenta con muchas voces interesantes que podrían tener mayor proyección si concretamos una organización más firme.
La entrevista fue realizada por Ana Rocío Jouli y Daniel Sarmiento Osorio
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento Osorio
"El hecho de que los libros estén aquí implica toda una gestión, un trabajo": charlas de Barrio con Teresa Cosci
Teresa Cosci (San Luis, Argentina, 1960) vive desde 1987 en Berlín donde participó en colectivos de mujeres y creó junto a otras el Ándale, Frauenvideogruppe. Es madre de dos hijas. Ha trabajado en periodismo, en radio, como creadora y conductora del programa América Indígena, Radio Univ. Nac. de Córdoba (1980-1985); en esa época participó también realizando trabajo social en sentido amplio con comunidades indígenas Wichí de Formosa, entre otras. Ya en Berlín, trabajó también en televisión para el canal alemán DW como locutora y traductora de documentales; también ha sido traductora y locutora para audioguías y/o catálogos de museos, lugares de la memoria y galerías de arte, en Alemania, Países Bajos, Austria y Suiza. Desde hace más de diez años y concretando un sueño lleva adelante la Librería y Espacio Cultural andenbuch.
La entrevista fue realizada por Daniel Sarmiento Osorio
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento Osorio
En esta conversación con nuestra vecina la librera, traductora y locutora argentina Teresa Cosci discutimos en torno a su labor como dueña y librera de Andenbuch, una de las librerías latinoamericanas más emblemáticas de la capital alemana.
Nuestra conversación con Teresa no podía ocurrir sino en su mismísimo lugar de trabajo, una librería ubicada en el patio interior de un edificio en el número 59 de la Bergmannstraße de Berlin: Andenbuch. Aunque seguramente para muchos lectores residentes en la ciudad basta con que se la nombre para evocarla mentalmente, una breve descripción tal vez puede terminar por revelar aspectos de los cuales los clientes quizás somos vagamente conscientes, pero a lo mejor nunca hemos enunciado con claridad en el pensamiento o a voz alta.
En general, el camino para llegar allí ya nos predispone a cierta calma. Al caminar desde la estación de U-Bahn Südstern y luego por la Bergmanstraße, se puede notar que esta calle tiene a un costado un boscoso cementerio y al otro un puñado de cafés y negocios pequeños. Nada de supermercados, nada de oficinas; solo distintas formas del descanso. El patio interior perpetúa esta idea: un pequeño jardín de inspiración japonesa iluminado solo en su coronilla nos escolta hasta la puerta de la librería. Cuando entramos, nos recibe una sala hogareña: sofás y sillas alrededor de una mesa de centro. Rodeando la sala, no obstante, está el alma de la librería: una enorme estantería que alberga obras literarias notables de Latinoamérica y España, así como así como ensayos sesudos sobre temas tan distintos como las teorías decoloniales de Edouard Glissant o las escrituras inclasificables de Gloria Anzaldúa. Junto a las estanterías, en las paredes, se pueden vislumbrar algunos carteles y objetos que anuncian las solidaridades de la tienda: un pañuelo verde del movimiento feminista, tejidos de elaboración amerindia, un cartel en pro de la causa zapatista…
Cuando tuvimos esta conversación todavía era verano, por lo que la puerta del negocio permanecía abierta para circulación del aire. Aunque Teresa había olvidado nuestra cita y me confesó que no gusta mucho de ser entrevistada, no tardamos mucho para vernos envueltos en la charla…
Pensando en que en 2024 se cumplieron cuarenta años de la librería, y que fue establecida y dirigida muchos años por otras personas, nos gustaría saber cómo te empezaste a relacionar con este espacio cuando llegaste a Alemania.
Efectivamente ya más de cuarenta años, se fundó en 1984. Yo llegué en el 87 y la conocí. Era un espacio que por aquel entonces quedaba en Nollendorfplatz, en Schöneberg. Poco después el colectivo que la fundó se deshizo y la siguió llevando Thomas Reubens, un uruguayo alemán que la tuvo casi 20 años. Él la convirtió en una librería de lenguas romances porque logró comprar una librería que estaba en insolvencia, la Romanische Buchhandlung de Berlín, que fue establecida a comienzos del siglo XX.
Después de la caída del muro la ciudad cambió y entonces se abrieron otras librerías en italiano, francés, portugués, no sé si rumano... Y fue entonces cuando yo decidí comprar la librería, porque Thomas estaba en proceso de jubilarse y devolverse.
¿Qué fue lo que te motivó a llevar a cabo esa adquisición? ¿Cómo sientes que tu nueva dirección, es decir el nuevo proyecto que empieza cuando tú adquieres la librería, se conecta un poco con lo que había antes?
Bueno, en realidad para mí siempre había sido un sueño tener una librería; desde niña soy una bibliófila, desde los orígenes. Aunque en ese momento en realidad quería hacer otro proyecto y por eso fui a invitar a Thomas a que se uniera, pero fue justo ahí cuando él me dice que se vuelve a Uruguay y yo me decido a comprar la librería.
Creo que tiene ahora la misma dirección que tuvo en sus orígenes: que sea un lugar de encuentro, fundamentalmente, de pensamiento crítico y político. Todo eso lo he mantenido y creo que además lo he acrecentado.
Y sin embargo, ¿percibes algún cambio o expansión de cara a ese propósito original?
El colectivo en sus orígenes lo que buscaba era que hubiera un lugar de encuentro latinoamericano en ese momento. Casi todos ellos eran exiliados políticos, venían de todas las horribles dictaduras latinoamericanas del Cono Sur; de Chile, Uruguay y Argentina. Ese fue su proyecto original y yo lo he respetado también.
Y en un aspecto más pragmático, ¿cómo fue ese proceso de adquisición en la práctica? Tengo entendido que poco después de que adquieres la librería encuentras este local para reubicarla, ¿qué factores incidieron en la elección de este lugar?
Como decía, no adquirí el lugar propiamente, sino que adquirí una librería. O sea, adquirí un nombre con toda su historia, una cierta cantidad de libros y una pequeña cartera de clientes. Pero bueno, es lo que había en ese momento. Ya con este lugar en particular me encontré de una manera mágica, como ocurren muchas cosas.
El local está en un patio interior. No da a la calle, donde todo el mundo pasa y puede ver la vidriera llena de libros. Tuve que hacer mucho para que la gente supiera que aquí está la librería. Para muchos Andenbuch fue la única librería latinoamericana que hubo durante muchísimo tiempo, particularmente para la gente de mi generación, pero para la gente joven nueva era difícil llegar y enterarse de que existíamos.
En general, mi necesidad era encontrar un local que pudiera albergar no sólo la librería, sino que fuera un lugar de encuentro de escritoras y escritores, de lecturas, de talleres. En fin, un espacio cultural. Y que además fuera accesible a personas con problemas de movilidad. Por eso ves que no hay en el centro de la librería una mesa llena de libros, ni cajas por todos lados: es necesario que sea así para que el espacio pueda transformarse y pueda haber en él lecturas, conciertos, microteatro...
Pensando un poco en la distribución del espacio físico y de los objetos, me llama la atención la manera como distribuyes los libros en las estanterías. ¿Cuál es tu criterio para ordenar los libros?
Invierto mucho tiempo en la curaduría de todo esto que ofrezco. En cuanto a la distribución física de los libros, tiene que ver con que me gusta que la gente se oriente más a través de los países, y ya dentro de cada país navegando su narrativa y poesía respectivas. Así, cada país está organizado en su interior por orden alfabético. Entonces se trató de una cuestión práctica, de evitar que, por ejemplo, si quieres buscar a un autor de República Dominicana no lo puedas encontrar, pero también de tratar que la narrativa siempre esté acompañada por la poesía correspondiente a ese país.
Pero también tengo secciones no organizadas por país y dedicadas al pensamiento crítico político, que me interesa muchísimo. Tengo una gran sección de ciencias sociales muy enfocada a teorías sociológicas y filosóficas de Latinoamérica, aunque también sobre otros fenómenos fuera del continente, como el actual conflicto palestino israelí, el Magreb o el feminismo en el islam… También me interesa tener una parte dedicada a Berlín, de traducciones y textos en lengua original de autores y autoras que escriben sobre Berlín; de esos libros hay bastante. Y bueno, también tengo una parte muy pequeña de la estantería dedicada a literatura infantil y juvenil.
Pero eso cubre apenas los libros que tienes en la planta superior de la librería, ¿qué hay en el sótano?
Abajo en el sótano tenemos una gran sección de usados, que recibo en donación porque el dinero que sale de su venta se destina a una escuela guatemalteca que se llama Santa Clara de Chajul. Hay gente que como ya sabe de ese proyecto benéfico viene cada tanto no solo a donar libros, sino también a ver qué tiene de nuevo para ofrecer y, si tienen buen ojo, encuentran tesoros.
Después tengo también una sección de bilingües, aunque no tengo libros de aprendizaje de idiomas como tal. Simplemente si me los piden, los traigo. También tengo literatura universal en traducción y a la inversa, es decir literatura latinoamericana o española traducida al alemán. Y bueno, incluso tengo una pequeña sección en catalán, porque también hay comunidades catalanas aquí en Berlín.
¿Y en general de qué manera resumirías el mensaje que buscas formular a través de tu curaduría?
Yo hago una curaduría bien pensada, me paso muchas horas buscando y viendo y leyendo. Soy lectora, lectora de todo, de ensayo de poesía, de filosofía, de sociología y antropología, que siempre han sido mis temas, lo que me ha preocupado. Me interesa muchísimo que la academia salga a la calle. Por ejemplo, si hay algún académico que hizo un estudio sobre Reinaldo Arenas, con toda seguridad voy a querer tenerlo pronto en la librería contándonos cuál ha sido su investigación. Aquí se acercan muchísimos académicos que ofrecen charlas y eso me encanta, porque así sus tesis y sus proyectos no se quedan solo entre ellos y el tutor, sino que también se da a conocer en qué andan pensando y cuáles son sus preocupaciones hoy en día.
¿Y cómo realizas la construcción de este catálogo de la librería? ¿Qué estrategias empleas para hacerlo?
Bueno, ese es uno de los secretos de la librería. Lo único que te puedo decir es que me arriesgo a comprar libros y que compro en México, Colombia, República Dominicana, Chile, Argentina… Es un riesgo que corres como librero porque son todas compras en firme. No se puede devolver un ejemplar que llegó dañado a República Dominicana o a México. Entonces tengo que hacer un una selección muy clara. También pasa que a veces te arriesgas y después de cinco años siguen los libros ahí…
Me imagino que también se trata del olfato que tú desarrollas frente al clima cultural y para saber lo que tus lectores quieren. En ese sentido, ¿te has formulado una idea de quién es tu cliente promedio? Y si es así, ¿cómo lo describirías?
Es muy variado en realidad. Hay gente que viene a buscar solo poesía. Hay otros que vienen un poco perdidos, sin saber qué quieren leer… Pero el cliente promedio busca mucho literatura latinoamericana, últimamente sobre todo mujeres. Tengo muchos clientes hombres que me dicen: “quiero leer mujeres, porque en realidad nunca lo hice”. Pero también nosotras las mujeres crecimos leyendo a hombres y en muchos casos en traducciones, algunas buenas y otras muchas malas. Aunque, bueno, yo me diferencio un poquito de eso porque en mi casa se leía también a mujeres, y de hecho vengo de una casa donde había lectores y lectoras.
También hay mucha gente que viene a buscar solamente ciencias sociales, feminismo, tengo una sección de literatura queer también. Como decía, es muy variado, no podría describir un cliente así promedio. Eso sí, tengo muchos estudiantes que son clientes y les hacemos descuento. Yo creo que la gente se acerca aquí justamente por el catálogo que ofrezco. Muchos pasan espontáneamente y se sorprenden con todo lo que hay, pero usualmente la gente que viene lo hace muy a propósito porque saben qué es lo que se ofrece.
Una de las cosas que he notado es que tanto tú como por Gabriel, el otro librero, suelen hacerles conversación a los visitantes y así de repente se comienzan a intercambiar intereses y temas de investigación. ¿Podrías comentarnos un poco más acerca de esa sociabilidad especial que se da en Andenbuch entre clientes y libreros?
Esa es la manera en la que me encuentro con la gente y como ellos se encuentran conmigo: conversando, hablando, sabiendo cuáles son sus intereses. A veces pregunto de dónde vienen y a algunos no les gusta mucho, pero siempre lo cuentan. Para mí esta pregunta es un ubicarnos en la geografía, en esa geografía que tienes dentro de ti y qué podría ser el Perú amazónico o Bogotá. Cuando lo pregunto no lo hago por una cuestión de nacionalidad, sino que me hago una imagen de la geografía de donde viene esa persona. Y bueno, todos los chicos que han trabajado acá también se integran inmediatamente a esto que nace de aquí, eso que está en este ambiente y en su espacio.
Siento que de alguna manera la distribución de las estanterías y la configuración de este espacio a manera de sala favorece ese intercambio. En el sentido en de que, por ejemplo, en otra librería se encuentra una división por categorías como ficción, no ficción, libros académicos, etc., mientras que en cambio acá el espacio invita a pensar directamente en la propia nacionalidad. También lo observo en las empanadas que tú tienes, los tejidos y afiches en las paredes…
No sé si se trate tanto de nacionalidad, sino más de esa idea de que venimos del sur, de que somos del sur y tenemos esta manera de ser. Además, aquí hacemos muchísimos eventos, y eso tiene mucho que ver con el hecho de que para mí la cultura es cuerpo. Yo sufrí mucho durante la pandemia sobre todo por eso, por no poder hacer eventos y encuentros. Aunque como el Senado de Berlín decidió durante la pandemia que las librerías vendíamos artículos de primera necesidad, así como farmacias y supermercados, pudimos abrir. Entonces abrimos incluso durante esos dos años y mucha gente llegaba a conversar, también hartos de lo virtual y queriendo sentir el papel.
Para mí no cobrar entrada a los eventos es algo fundamental. Lo hago porque puedo y porque eso invita a la gente a que participe de este espacio. Así, en lugar de pagar una entrada se pueden comprar un libro, comerse una empanada, tomarse una cerveza y conversar.
¿Bajo qué criterios seleccionas los eventos y talleres para presentar?
Al principio yo tenía que salir a buscar los eventos, pero ahora ya recibo un tsunami de ofertas. Eso me implica tener que hacer una curaduría. Elijo realmente lo que me interesa, pero trato de que durante en el mes haya variación. Este no es un lugar de conciertos, pero siempre hay algún concierto; es un espacio muy pequeño para hacer teatro, pero a veces hay microteatro también. Entonces se trata de intentar abarcar todas las artes.
En cuanto a las lecturas, tenemos la suerte de que Berlín atrae a muchísimos escritores y escritoras. Siempre hay autores invitados por el programa de artistas de la DAAD. Muchos que se acercan a la librería y a otros los invito a que vengan. Así que siempre tengo que estar muy atenta a la gente que llega a Berlín, pero también a la gente que está en Berlín, particularmente la gente joven. Hay escritores emergentes a quienes también me interesa darles espacio. En general este es un espacio que se presta para ofrecerlo.
Es muy patente que en Berlín hay una escena de escritura latinoamericana en ebullición, un movimiento fuerte y palpable. Pensando en que tu interés es que Andenbuch sea un espacio que se ofrezca a esta escena, ¿tienes anécdotas de eventos que ilustren como la librería se ha ido volviendo fundamental para ella?
Claramente yo no me siento sola en todo esto. Desde hace unos diez o 15 años en Berlín hay distintos espacios de cultura española, latinoamericana o mixtos que han venido creciendo como hongos. Hay muchos lugares y muchos grupos de poesía, grupos de lectura que se reúnen a veces en un café, en una casa o incluso a veces aquí…
Creo que el mío es solo uno de tantos espacios que se ofrecen para esto. También está la librería La Escalera con Germán Restrepo, que es un querido colega; el Salón Berlinés de José Luis Pizzi; Luis Meneses con su taller. Luis es un ícono de Berlín; antes de la caída del muro tenía un lugar increíble que se llamaba La Cueva cerca de Moritzplatz y ahora continúa presentando música, lecturas y cine en su atelier. Así que hay montones de lugares y el mío es uno de tantos. Lo que suma Andenbuch es la librería, igual que el espacio de Germán.
Me encanta que se den estos espacios a lo largo y ancho de la ciudad. Que no sea solo en Kreuzberg o Neukölln, sino que también haya en Prenzlauer Berg, Wedding… Estuve hace poco en una lectura en un lugar hermoso, y que pertenece a un proyecto que lleva dos años solamente, con un pensador peruano de casi 90 años que se llama Héctor Béjar. Lo vi presentarse en un lugar que se llama Prinzenallee, que era un Ballhaus, un lugar en el que antes había danza y baile, pero que desde hace dos años una chica peruana y su compañero alemán utilizan para presentar teatro y cine. Me sorprendió encontrar lugares así y cada vez hay más. Hay más grupos, particularmente grupos de mujeres: Sinapsis, que se creó hace poco; Migrantas, que ya lleva más años… El movimiento cultural y de pensamiento crítico en Berlín tiene larga data.
Pensando en el alcance de la librería más allá de la comunidad latinoamericana, ¿cómo sientes que la librería ha dialogado o entrado en contacto con las personas nativas y las instituciones alemanas? ¿Has recibido alguna de suerte apoyo por parte de instituciones culturales alemanas?
Hemos hecho algunos eventos bilingües donde ha participado una que otra editorial alemana, por ejemplo. Pero bueno, yo en calidad de dueña de un negocio no puedo acceder a ninguna subvención. Todo esto está hecho a pulmón y con mucho esfuerzo; contando cada pesito. Lo que voy a decir lo saben todos los libreros del mundo, y es que no es un negocio donde se gane mucho dinero. La diferencia que haces entre lo que inviertes y lo que recibes es muy poca. Lo que genera todo esto es que te toque seguir resistiendo y avanzando.
Subvenciones no he recibido jamás. O bueno, solamente recibí una para la elaboración del catálogo online, pero solamente una parte, que me la dio la Cámara del Libro alemana. Cuando empecé con el negocio fui a algunas consejerías porque no estaba muy enterada de si en calidad de librería podía acceder a esas subvenciones y me interesaba saber, pero lo que pasó fue que me mandaron a pedir un crédito. Entonces dije: “bueno, ya está”. Pero en fin, este espacio sí ha alojado eventos que han sido subvencionados. Hay varios grupos con apoyo externo, Migrantas, por ejemplo, que van a presentar proyectos y necesitan de un espacio para presentar su oferta cultural o política. Aunque bueno, todo lo cultural es político.
Mucha gente me dice: “qué hermoso una librería, qué romántico”. Pero claro, nadie piensa en la contabilidad, los impuestos de hacienda... El hecho de que los libros estén aquí implica toda una gestión, un trabajo.
Sé que en otras ciudades europeas a excepción de España es bastante difícil encontrar este tipo de espacios, de modo que uno puede imaginarse distintas diásporas latinoamericanas que no tienen lugares de encuentro basados en el lenguaje y la literatura comunes. ¿Qué tipo de comentarios recibes de esos visitantes?
Sí, conozco mucha gente que viene de visita y me dice que en tal o cual lugar no hay un espacio así y les digo: “ponte una librería; empieza con usados”. Y así los invito a que inicien sus propios proyectos, a que esto que está sucediendo aquí se multiplique también. Una de las razones por las que me gusta Berlín es que empieza a haber muchos lugares donde ocurren cosas. Tanto que a veces es difícil decidirse a qué evento ir porque muchas veces todo sucede en paralelo. Pero es muy bonito que eso ocurra, porque eso significa que estamos vivos y buscando que esto siga funcionando y creciendo.
La entrevista fue realizada por Daniel Sarmiento
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento
Un flaneur en Berlín: el joven Karl Marx
El poeta argentino Sergio Raimondi nos cuenta por qué el joven Karl Marx dejó repentinamente de escribir poesía cuando era estudiante en Berlín y qué tienen que ver con ello los bocadillos de pescado del puerto de Treptow.
El vídeo se proyectó en el panel «Nuevos dandis y flaneurs. Entre la infancia berlinesa y Berghain con Patricia Cerda, Luciana Ferrando y Ariel Magnus» el 11 de octubre de 2024 en el marco del festival Barrio | Bairro Berlin.
© 2024 Sergio Raimondi
Grabación: Sergio Raimondi
Postproducción: Guadalupe Gaona
Subtítulos y traduccción: Timo Berger
“La escritura también es un acto performativo; escribir poesía es combinar cosas”: charlas de Barrio con Cristian Forte
Cristian Forte es un poeta argentino afincado en Berlín. Formó parte del grupo de arte Etcétera en Buenos Aires y el movimiento Internacional Errorista. De 2010 a 2018 fue coordinador de la no-editorial Milena Berlín.
En 2014 ganó el primer premio junto a Erica Zíngano en el Festival SoundOut - New Ways of Presenting Literature - por el proyecto KM.0, que consistió en varias intervenciones poéticas en el espacio urbano. En 2016, recibió la beca The Harbor/Beta-Local , prácticas artísticas y pensamiento estético en Puerto Rico.
Ha realizado performances, exposiciones y lecturas en: Berlin Biennale, Hausacher Leselenz Festival, Forum Stadtpark, Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango, Escuela de Arte de Zúrich, entre otros. Durante 2016-2017 dictó cursos de escritura creativa y no-creativa en la Universidad Libre de Berlín.
Actualmente es parte de la banda Rudolf y es cofundador del sello de música experimental y poesía sonora Carrots Tapes.
Publicó: Abr. (2010, Copyroboter), Alfabeto Dactilar (2014, L.U.P.I.), Goldene Regel (2017, Hochroth Verlag), Piktogramme (2018, Hybriden Verlag), SPLIT (2020, vinilo autoedición, Tom Bresemann / Cristian Forte).
La entrevista fue realizada por Martina Herman
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento Osorio
En esta conversación con nuestro vecino el poeta y artista visual y sonoro argentino Cristian Forte discutimos en torno a sus inicios en el circuito artístico bonaerense, su llegada a Alemania, su labor como editor y algunos de sus proyectos pasados y presentes.
Con Cristian nos citamos en el café-bar Kollektiv K-Fetish, en el Bezirk berlinés de Neukölln. No más entrar nos percatamos de que el bar es como una antigua fortaleza con sus banderas bien izadas. Los pisos de madera antigua están desteñidos por el roce de incontables botas; el blanco desparejo de las paredes en yeso contrasta con los diseños y tipografías de grandes cuadernillos y pequeños fanzines. Junto a la puerta, bajo una bandera del movimiento trans, una pequeña biblioteca con títulos de Bell Hooks y otres autores relevantes para diversos movimientos reivindicatorios.
La clientela son en su mayoría estudiantes que llevan hoodies negras, keffiyeh o pantalones de sudadera; algunes con mullets, algunes con el corte a ras de la cabeza a los lados… No hay mucha iluminación, así que la poca que hay es intensa y los rostros en las mesas son planetas alrededor de una vela solar. Todo en el café remite al impostergable mundo que espera afuera y nos necesita: en la barra hay una colecta solidaria para donar fondos a la Cisjordania palestina, y la literatura a la venta invita a concientizarse sobre la violencia policial y otros problemas. Una mujer va entre las mesas con un vaso desechable pidiendo algunas monedas sin que les meseres la apuren o se la impidan. Luego de que ella haciera su ronda, comenzamos a conversar con Cristian.
¿Podrías contarnos un poco acerca de tus inicios en el arte performativo en tu Argentina de origen?
Desde el año 99 participé en un grupo de arte en Argentina que se llamó Etcétera. Fue un grupo que combinaba el teatro, la poesía, las artes visuales… Para recordar o refrescar un poco lo que significaba Etcétera, hay que hablar de todo lo que fue el proceso político-social en Argentina durante los años 90. Aunque cuando yo estaba trabajando en Etcétera el gobierno de Fernando de la Rúa ya había asumido, veníamos de heredar el modelo y la concepción política y social del menemismo, con todo lo que implicaba la introducción del neoliberalismo. O sea que estamos hablando de privatizaciones, flexibilización laboral, el uno a uno entre el peso argentino y el dólar... Simultáneamente a todo esto se daban otros fenómenos como la criminalización de la protesta social.
A Etcétera llegué por el colegio Nicolás Avellaneda, que quedaba en Palermo, Buenos Aires. Algunas personas del colectivo surgimos de ahí y ahí pude conocer algo verdaderamente importante para mí, que fue la teoría de la izquierda latinoamericana, incluidas la teología de la liberación y demás. El grupo Etcétera trabajaba desde el arte independiente y creíamos que nuestro discurso debía tener un peso no solo en ambientes culturales, sino también desde el ámbito de los derechos humanos porque nos sentíamos en total sintonía, por ejemplo, con la agrupación HIJOS. De hecho, algunas personas de Etcétera eran de HIJOS y ese grupo a veces también utilizaba nuestra sede para hacer sus reuniones, donde hablaban sobre lo que en ese momento era algo nuevo, que era el escrache. Nos interesaba a partir de la gráfica o el teatro llevar la denuncia a los militares que todavía estaban sueltos o que no habían tenido condena en ese momento y también solidarizarnos, como artistas, con otras luchas de carácter social y agrupaciones, entre ellas el movimiento de fábricas recuperadas, asambleas populares o movimientos sociales.
¿Y bajo la influencia de cuáles referentes empezaron a perfilar lo que iba siendo su praxis artística?
Como decía, nosotres estábamos haciendo arte en ese contexto social tan particular, pero al mismo tiempo entendíamos nuestra práctica desde una mirada que en ese momento era bastante importante en lo personal y para el grupo, que era la mirada de las vanguardias surrealistas. Nos gustaba tener una idea de tradición: une artiste siempre es heredere de alguna tradición, incluso sin darse mucha cuenta. Entonces, tomábamos elementos del surrealismo para poder hacer arte. Estábamos en un camino interdisciplinario, de autoformación, deseducándonos. Trabajábamos con poesía visual, tomando por ejemplo a la tradición chilena y al colectivo CADA. Raúl Zurita fue un referente justamente porque, a pesar de ser un poeta tan relevante, él demostraba su formación interdisciplinar al escribir sus poemas en el cielo con un avión o en los desiertos. Juan Luis Martínez también fue muy importante, Susana Thénon hablando ya del contexto argentino, etc…
Otro referente fue Juan Andralis. Él nació en Grecia, hizo arte en Argentina desde muy joven y luego fue a París, donde estuvo con la última generación del Grupo surrealista de París en los años cincuenta. Luego regresó a Argentina y participó en el Instituto Torcuato Di Tella como diseñador gráfico y creó una imprenta que se llamó El Archibrazo. Fue la casa donde estaba su editorial la que Etcétera ocupó para poder tener sus talleres tras la muerte de Juan en 1994. Nos encontramos con el tesoro de un artista surrealista: una colección de 2000 libros, entre los cuales había materiales de imprenta. También en ese lugar se había editado la primera edición de un libro que se llama Carta a los poderes, de Antonín Artaud, y también un cuento inédito de Borges, entre tantos otros. Yo no conocí personalmente a Andralis, pero siempre experimenté un contacto especial con él, algo difícil de explicar con palabras.
¿Y cómo fue tu llegada a Berlín? ¿Cuál fue el primer proyecto artístico que emprendiste en la ciudad?
Cuando llegué a Berlín pude definir mi idea de editorial siguiendo los pasos de Andralis y la fundé gracias a otro colega que se llama Matías Reck, quien ya desde 2006 había establecido en Buenos Aires la editorial Milena Caserola. Él dio el impulso definitivo para que puediera crear acá en Berlín una editorial independiente, Milena Berlin. En ese momento se estaba generando una feria de libros independientes en Argentina y que después se repitió y todavía continúa en Latinoamérica, la F.L.I.A., de modo que se estaba haciendo posible que las editoriales independientes pudieran tener más visibilidad y capacidad de autoorganizarse. Algo así sucedió acá también con la Portable Book Fair, que coordinamos con Jorge Goncalves del colectivo Altes Finanzamt.
Todo mi trasfondo viene de una visión muy independiente, autogestiva. Con el transcurso de los años pude identificar los contrastes que existen entre Argentina y Alemania en el medio cultural y de creación artística. Creo que acá a veces todo adquiere un formato que toma los parámetros de otra agenda cultural. Para participar de ciertos fondos hay que cumplir con determinada cantidad de requisitos, que no son solamente requisitos técnicos, sino que son a veces de contenido y hasta estéticos. No estoy juzgando la situación, sino que estoy estableciendo ciertas características de este medio alemán, donde se tiene que competir para hacer tal o cual proyecto.
La competencia está implícita en la lógica de financiación de ciertas cosas en Alemania, pero esto no se dio en el caso de Milena Berlín, la editorial que fundé gracias a Matías y asociada a la de él. Todas las ediciones estaban financiadas en parte por mí y en parte por les autores. De hecho, Milena Berlín fue una no-editorial concebida como una obra de arte en progreso. Fue también un patio de recreo y de experimentación sin grandes objetivos comerciales o incluso poca difusión. Milena Berlín se mantuvo activa desde el 2009 hasta el 2019 aproximadamente, aunque Mati todavía lleva la Milena Caserola de Argentina activamente. Por los años en que Mati fundó Milena, en Argentina estaba el proyecto editorial de Washington Cucurto, que se llamaba Eloisa Cartonera. Yo no estoy muy seguro de esa parte de la historia, pero creo que con el nombre de Milena Mati intentó generar algún tipo de broma, guiño de contexto, o al mismo tiempo una conexión de oficio más directa con Eloisa Cartonera.
Los libros cartoneros fueron todo un fenómeno que se daba en esos tiempos, un fenómeno de edición independiente y con una estética más bien definida. Aunque a mí me parece muy valioso el trabajo que hacen las editoriales cartoneras, que se pudo difundir en toda Latinoamérica, yo no quería seguir tanto esa línea. Pensaba que el libro es algo que puede retransmitir un estado o una emoción simplemente por ser un objeto en sí mismo y por eso necesita de un cuidado muy preciso en cada caso, así como de diferentes materialidades que lo expandan a la imaginación. Como decía Andralis: “Darle al libro la dignidad que tendría que tener, en tanto objeto”. Entonces para mí era importante conservar la perspectiva estética y realzar, al mismo tiempo, su aura y filiación con el contexto o universo fijo del libro. Aunque, en el caso de Milena Berlín lo hacíamos desde una apuesta muy independiente y hasta en algunos casos bastante punk, en el sentido de que estos podían llegar a ser libros hechos con muy poco dinero y a veces su manufactura incluía incluso el reciclado de botellas que encontrábamos en la calle. Tampoco me gusta la polaridad entre lo digital y lo físico, ni menospreciar ni un soporte ni el otro. Simplemente encuentro que el libro físico es un objeto que puede contener afectos, que puede contener una mancha y que puede contener aromas, etc. El libro artesanal siempre va a tener muchísimo futuro.
Retomando sobre tu no-editorial, ¿en qué dinámicas creativas se manifestaron estos principios estéticos que mencionas?
Volviendo a Milena Berlín, nuestras ediciones fueron artesanales y de tirada reducida. Lo de no-editorial yo lo interpreté como el hecho de que Milena Berlín no era una editorial, sino que, al ser una “editorial”, era algo que todavía tenía que definirse. Es decir, Milena Berlín fue un proyecto y un proceso artístico que no tuvo ni un principio ni un final predecible. Milena Berlín es una no-editorial que se propuso vivir una especie de proceso de producción de libros enfocándolo desde la importancia de la materialidad y de la forma de hacer y leer libros. O sea que mi no-editorial estaba centrada en el vínculo que se pudo haber generado con les autores que fueron participando. De hecho, para cada edición podía haber diferentes formatos y no había un método estricto de producción o visión definida, sino que más bien hubo una convivencia entre distorsiones. Pienso que esto está familiarizado con la poesía, que es lo que editábamos.
También hacíamos cosas que no eran necesariamente libros, por ejemplo se hizo una muestra colectiva llamada Orgión Berlín. Fue una colaboración entre Milena y un proyecto de Argentina llamado Oficina Proyectista, que era el espacio de exposiciones de una artista visual llamada Sonia Neuburger. Fue una colaboración con ella: me mandó por correo y por avión obras de artistas que participaban en la Oficina, y entonces Milena Berlín montó una exposición con ese material en el Kotti-Shop. Ahí se ve mejor lo que es este fenómeno de la no-editorial porque estábamos haciendo también lecturas de poesía, performances, exposiciones… Esa indefinición llevaba a que se produjeran muchos errores también, y el error es un concepto muy importante para mí. Digo esto porque el errorismo fue algo que también fue parte del proceso de composición de libros, objetos y de artefactos poéticos que se fueron creando.
¿Cuándo fundaste tu editorial exactamente y cómo fue ese proceso?
Habrá sido la Feria Libro de Frankfurt del año 2009 o 2010 en que Argentina fue el invitado de honor. Yo ya estaba acá, aunque desde hace muy poquito, y me contactó Matías Reck y me dijo que estaba interesado en participar, pero que finalmente no formó parte de las editoriales invitadas oficialmente. Entonces Matías me escribió un mail un día y me dijo: “Cristian, voy a ir igual y voy a llevar un montón de libros en mi valija”. En ese momento creo que las valijas podían cargarse hasta 30 kilos y creo que trajo muy poca ropa y vino a dormir a mi casa. Después de eso me dice: “quiero ir a Frankfurt, ¿querés venir?”, y yo le digo: “bueno, Mati, está bien. Podemos ir, pero ¿qué vamos a hacer?”.
No teníamos ni un stand y es una feria hipercomercial, o sea estábamos muy locos y aparte no teníamos invitación. Nos fuimos igual. Pedí plata prestada, sacamos unos tickets de tren, una amiga alemana habló con su hermana que vivía en Frankfurt y nos prestó un consultorio de acupuntura para quedarnos a dormir, en fin… Así que al otro día nos levantamos temprano y fuimos. Cuando entramos a la feria lo que sucedió es que encontramos stands vacíos, nos miramos y dijimos: “vamos a montar los libros ahí”. Fue la primera ocupación en la Feria de Frankfurt y tuvimos mucha suerte, no nos descubrieron en ningún momento. Así estuvimos toda una semana y los últimos días ya estábamos realizando lecturas de poesía a micrófono abierto, cosa que no era rara para nosotros porque todo eso sucedía en los años 90 en Argentina: ocupar casas o usar espacios independientes para hacer cosas no era una rareza, ni tampoco era para nosotros demasiado subversivo.
Luego volvimos a Berlín y Mati me dijo: “hay que crear una editorial acá”, y de esa manera yo empecé ese mismo año a hacer libros con Milena Berlín. Al tercer año de estar haciendo libros, me di cuenta de que lo que más me interesaba también era multiplicar el efecto de hacerlos, entonces empecé a dar workshops de Buchbindung y armado de libros en formato alternativo. Lo hice durante muchos años y ya en los últimos hubo personas que ya tenían sus editoriales independientes o artistas que participaban del taller. En mi casa guardo un montón de ediciones independientes que fueron haciendo artistes con quienes quedé en contacto.
Simultáneamente a todo esto estabas comenzando tu vida en Berlín, ¿cómo encontraste la ciudad?
Yo creo que Berlín es una ciudad excelente para aprender, para asimilar cosas, así que me moví por todos los lugares que podía. Viajé también mucho por Europa, recorriendo lugares que me interesaban… A Berlín la encontré en el final de un proceso de gentrificación, la encontré transformándose en una ciudad que está llena de automóviles y gente. Cuando yo llegué en el 2009, todo ya marchaba hacia ese plan anabolizante de Berlín como capital cultural que según se dice es un gran referente, aunque no estoy tan seguro de eso.
Pienso que acá sí se produce mucha cultura, pero que también hay que evaluar la fuerza, intención, creatividad y sustancia de esa cultura que se produce y bajo qué agenda se produce. Se sigue desarrollando un fenómeno esterilizante que hace de Berlín un centro de consumo cultural y al arte como una de sus ofertas, pero acaso lo que se produce en su mayoría son productos cargados de clichés. Entonces es un lugar donde escucho que se puede experimentar, pero dudo a veces de que existan tantas libertades para eso. Todo depende de los circuitos que se habitan y cómo se habitan, porque la realidad del experimento Berlín es que la ciudad, el sistema, empieza a experimentar con une y no al revés. Esto es algo que me propongo tener siempre muy presente porque también es una forma de vaciar contenidos y también objetivos personales, me refiero a objetivos artísticos, especialmente para une en tanto migrante y artiste. En 2010 compuse una obra que era un pequeño sello con una frase: hacía estampas en distintos lugares y la frase decía “Desintegrationskurs bestanden” (curso de desintegración aprobado). Alemania obliga a hacer un curso de integración para obtener una visa. Ya recién llegado, pude entender entonces que integrarse a algo suponía simultáneamente desintegrarse de otra cosa. Y este es un punto de conflicto interesante porque en lo referido a identidades, el desafío para mi es poder convivir como diferentes y no como iguales. En el fondo nunca me propuse ser parte de algo, y creo que no hay por qué serlo.
¿A qué te refieres con esto de vaciar objetivos?
Voy a ejemplificarlo con algo de lo que hablamos. La poesía o el arte para mí es una experiencia, es decir algo centrado en un tiempo, por lo que tiene más potencia en un momento y menos en otro. Esa experiencia tiene un punto cúlmine. Para mí el punto importante es el presente, es decir, esa instancia del proceso en el caso de Milena o cuando yo compongo poemas o performances, un ahora. Hay un momento en que esa obra llega a un formato y está cerrada: empieza un proceso de filtración y de pérdida de fuerza porque las cosas empiezan a ser solo libro u obra y no proceso de obra, porque en un momento todo se termina. Una obra puede mantener una fuerza, una potencia, pero al mismo tiempo se puede ir vaciando de a poco, y hay cuerpos e instituciones que pueden vaciar completamente la fuerza inicial que tenía esa obra, acelerar el deterioro o esterilizarla completamente. Es un juego algo dialéctico, digamos, dentro de un espacio-tiempo-movimiento donde interactúan sentido, contrasentido, suprasentido y sinsentido. Y la obra y el artista están expuestos a estos factores y es prudente ser sensible a ellos y tomar decisiones.
Además, cuando solo quedan los objetos que son los libros, no se puede traducir más. La experiencia de Milena no se puede traducir porque fue solamente un determinado momento artístico que se terminó. Se puede dejar registros o archivos de lo que fue ese momento, pero eso no representa lo que fue esa obra de arte, que fue un proceso de creación efímero, que ahora habita otros planos perceptivos. El caso de Milena existió como una no-editorial, fue una no-obra de arte, fue una experiencia, un grupo de personas determinadas. Y eso va alineado con la manera en que yo pienso el arte, esa experiencia que puede ser inútil y no-lineal.
¿Qué terminó sucediendo con Milena Berlín?
Milena terminó en el momento menos pensado, cuando recibimos un fondo del Kulturamt Friedrichshain-Kreuzberg para hacer un evento de poesía. Fue increíble, recibimos 5000 euros para hacer 5 lecturas aproximadamente en 2018, el proyecto se llamó RAUMumDICHTUNG. En ese momento empecé a darme cuenta de que ya se había cumplido un ciclo porque consciente e inconscientemente empecé a sentir una identificación muy fuerte con el proyecto, a aburrirme, y en ese momento se me hizo claro que se estaba gestando una nueva fase. También yo estaba reenfocando mi forma de hacer arte a una etapa mucho más individual y precisaba hacer tiempo para mí. Simultáneamente la generación de artistas que fueron parte de Milena empezó a salir de la ciudad. Si bien hubo autores de Milena provenientes de Alemania como Nikola Richter y Tom Bresemann, les artistes migrantes de la editorial formábamos un grupo que tras 9 o 10 años se iba desintegrando o redireccionando.
Y así surgió lo que es ahora Carrots Tapes, que es una editora y de la cual soy cofundador junto con el artista Miguel Mitlag. Estamos coordinando un label de sonido y poesía, de música electrónica experimental. La poesía está presente, obviamente, pero pasó a otra dimensión y soporte, otro tipo de concepción y distribución. Nosotros editamos cassettes, tapes. Ya vamos 12 ediciones. Para mí todo el abordaje del sonido es divertido como una manera de hacerse sutil, desmaterializar la cosa.
¿Cuándo empezaste con Carrots Tapes? ¿Cómo es su proceso de curación?
Creo que en 2018; mientras Milena estaba terminando, esto empezó. En cuanto a la curatoría, nos interesan determinades artistes y la poesía sonora, pero también hay música electrónica experimental y ediciones de soundscape, o sea, paisajes sonoros y ruidos. Estos últimos son obras no enfocadas necesariamente en la musicalidad de las cosas, sino que captan espacios o momentos. Por ejemplo, tenemos una edición que se llama Supermarkt Affair, que son grabaciones de paseos por supermercados de Berlín: tratamos de localizar los supermercados de las marcas más reconocidas de la ciudad, hacemos registros sonoros, los filtramos y los intervenimos. En el fondo son registros que intentan captar algún momento, como una situación performativa o poética, digamos.
También curamos una antología de poetas junto a Tom Bresemman con material de Mara Genschel, Anna Serra, Von jeglichem Wort, Discote Flaming Star,Norbert Lange, Mathias Traxler, Kina Thot, Ana Paula Santana, Jan Skrob, Turbida Lux, Stimu, Colectivo Retroescavadora, Jürgen Stollhans. Otra colaboración fue con Swantje Lichtenstein, que mezcla poesía con algunos soportes de música ambiental electrónica. Aunque en este caso es solo electrónica. También está el poeta de Puerto Rico Roberto Ncar, que nos compartió catorce registros de cassette que tenía desde los años 90s y nosotros hicimos una selección que terminó siendo un compilado de poemas sonoros muy lindo con una calidad bastante lo-fi, material exquisito y único. Otra edición de Carrots la hicieron Alan Courtis y Léonce W. Lupette, quienes trabajaron en dúo y compusieron algunos poemas y obras sonoras.
¿Y qué ocurría con tu escritura individual mientras tanto?
En 2014 manufacturé y conceptualicé una obra publicada por la editorial L.U.P.I. de Bilbao. Esto fue mientras ocurría lo de Milena Berlín. No encuentro una separación entre lo que es ser poeta y ser un poeta que se autoedita, puesto que para mí lo natural es autoeditarse. Entonces mantengo un vínculo interdisciplinario porque me gusta mantener una cercanía con las artes visuales, ya que en mi caso hago obras que terminan siendo libros de artista, fanzines o ediciones artesanales. El libro Alfabeto Dactilar fue un proyecto bastante ligado a la poesía visual. Básicamente lo que hice fue dividir mi mano en diferentes posiciones para poder escribir y empezar a escribir textos con huellas dactilares, lo cual hice partiendo de la siguiente premisa: quiero transformarme en una máquina de escribir. Me divertía la idea. Entonces empecé a investigar primero elaborando este sistema de escritura y luego a escribir textos dactilares, y eso terminó siendo una obra, un libro que se llama Alfabeto Dactilar que incluye también fotografías de Francisca García.
¿Hay otros trabajos que te gustaría mencionar?
Con la editorial L.U.P.I. también aparecí en una antología de poetas de Berlín editada por Jorge Locane y Ernesto Estrella. Se llamó El tejedor de Berlín y apareció en 2014. En ese período y posteriormente también salieron textos y obras mías en Hochroth Berlín y la editora Hybriden Verlag, de Hartmut Andryczuk. Por otra parte, la última obra que estoy preparando todavía no se ha estrenado. Es un trabajo que va a salir publicado en una revista francesa que se llama Cuadernos de la literatura oral a finales de año, un número de la revista enfocado en poesía y performatividad; se va a llamar Hacia arriba y hacia abajo muchas veces. Es otro experimento centrado en literatura y oralidad, y consistió en recorrer la ciudad de Buenos Aires e ir compilando entrevistas, sonidos, poemas propios, ruidos ambientales en mesas de bares, etc. Edité con ese material audios para un cassette y luego compuse una obra que es como una especie de guión con pequeños dramas distintos. Quería buscar básicamente dramas y conflictos para ir contando ciertas historias o generando vínculo con ciertos ambientes y así ir revelando nuevas narrativas. El paso siguiente fue hacer una transcripción de todos esos audios a un soporte de escritura, un pequeño cuadernillo. La siguiente fase consistió en su traducción al fránces, que estuvo a cargo de Léonce W. Lupette, y así luego empezar a observar todo lo que puede pasar en el viaje del sonido a la transcripción y luego a la traducción, como si fuera hacer una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia. Entonces el trabajo consistió en transcribir un proceso performativo que consistió en mi transitar por la ciudad con mi grabadora, la performatividad de entrar a un lugar o a una conversación con una intención artística. Era transcribir y traducir un estado sensible, en este caso relacionado a una escucha diferente a la que uno puede hacer cuando sale de su casa y no se propone hacer una escucha activa.
La escucha activa desde mi punto de vista merece una intencionalidad artística y es uno de los aspectos que más me interesa de esta acción: la intencionalidad de percibir el entorno de una manera diferente. Pero al mismo tiempo se suma algo muy interesante, que es que esa experiencia de escucha activa fue detenida y registrada en audios, en una grabación. En este caso, se compuso finalmente un cuadernillo híbrido con una cinta, un cassette de audio. Y allí aparece un nuevo elemento que está presente desde hace tiempo en lo que hago y es la figura del “médium” o un objeto que cumple un rol como mediador entre situaciones; una tercera cosa, el número 3. Ese mediador es desde mi punto de vista aquello que templa las realidades, que puede acelerar o desacelerar las percepciones, ser una llave retro-proyectiva para crear tiempo. Desde lo sonoro, como dice Michel Chion, grabar es relacionar cosas, en el sentido de que cuando uno detiene un sonido en una grabación este inmediatamente puede ser recombinado con otro sonido. La escritura también es un acto performativo; escribir poesía es combinar cosas.
Para terminar, ¿podrías decirnos de manera resumida de qué manera te acercas a la poesía y cómo concibes tu oficio?
En la poesía hay momentos que trabajo desde lo gráfico, combino contornos y formas que considero que tienen una carga poética. Si trabajo desde lo sonoro, creo que estoy retransmitiendo historias, narrativas y ambientes desde ese medio. Y si trabajo desde lo escrito, que creo es lo más lo más incierto e incoherente que uno pueda hacer porque no hay nada más difícil que transmitir emociones o ideas a través de la escritura, creo que lo que más me desafía es justamente poder escribir y tratar de sintetizar algo. Verdaderamente creo que es un medio que no alcanza para eso y por eso trabajo con otros recursos y recombino la gráfica con el sonido y la escritura.
En cuanto a cómo definiría el oficio puedo citar a Luis Felipe Noé, a quien lo escuché decir que el arte es un oficio de resistencia. A un amigo puertorriqueño, Antonio Salvador, lo escuché decir que la poesía es un vértigo y Susana Thénon decía “Vida: tírame una moneda”, algo así también es aplicable al arte. Aparte de que me gustan mucho esas posibles definiciones, creo que me dedico a este oficio del arte sobre todo porque no sé qué es la poesía, es decir, no estoy haciendo esto porque sé lo que es, sino porque no sé lo que es verdaderamente y confío en que puede ser un medio para transformarme.
La entrevista fue realizada por Martina Herman
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento Osorio
SERMÃO SOBRE A CASA MAL-ASSOMBRADA
Como começar? Como começar um texto, uma história? O começo define seus meios e seus fins? Como se começa o texto de uma vida privada ou de uma vida coletiva? O texto de início, o texto representativo de uma pessoa que precisa falar como representante de uma nação específica, em um continente específico? Eu estou sobre esse palco, é meu corpo sobre este palco, mas vocês me olham como representante de uma república, a República Federativa do Brasil, com uma língua oficial, a língua portuguesa, em um continente, a América, sendo eu considerado parte e fruto de uma região que vocês chamam de América Latina.
*
— RELATÓRIO DAS ASSOMBRAÇÕES —
Há sombras no meu corpo. São árvores
mortas, transformadas em móveis
e canoas, pontes e cabanas.
Outras escalaram o céu em fumaça
pra aquecer os corpos dos meus trisavós.
Foram baobás e tílias, ipês
e carvalhos, jacarandás e acocôs.
Troncos combustíveis assombram
meu estômago, essa outra fornalha.
Aí, os bois mortos. Vacas e bezerros
mugem suas elegias nos meus ouvidos,
e antepassados de porcos e ovelhas.
São galinhas ancestrais, e cotias,
e capivaras que fogem dos meus tataravós.
Há os gritos de alerta de macacos e veados.
São as onças que vêm, e os homens.
Trazem seus terrores nativos à terra.
Meus próprios mortos têm suas vozes
abafadas por vezes na gritaria geral
do além e aquém: o aquém-ali, além-aqui.
Falam línguas que não entendo, gaguejam
seu português avermelhado, empretecido.
Falam de marimbondos a zunir num toró.
De tamanduás a buscar água na cacimba.
São heptavós e decavós que se mesclam
e gritam nos escanteios do mundo.
Não tenho como justiçá-los a todos,
não sei como lavrar nos cartórios
cada uma de suas assinaturas.
As heranças são dívidas repartidas.
A água transborda na panela de feijão.
Fórum enxertado, reconheça minha firma.
Autentique essas certidões de óbito.
Os fantasmas de oliveiras e videiras
esperam em jarras no fundo de um mar,
em naufrágios romanos,
que seu azeite e vinho cheguem a nós
para que suas azeitonas e uvas
cumpram seu destino.
O azeite há de benzer minha fronte.
O vinho fará sorrir cada morto meu.
Os fantasmas de homens e mulheres
esperam no fundo de um oceano,
em naufrágios portugueses,
que seu sangue e saliva cheguem a nós
para que seu SOS cumpra seu destino.
Em meu corpo grita a mãe de outra mãe
tão longínqua, filho não há que a socorra.
Parte da família aduba as jabuticabeiras.
Um pedregulho machuca meus pés
no sapato, é o lembrete de sua origem,
que foi amputado de uma montanha.
Venta porque outro lugar precisa de ar.
O mundo descansa em sua violência
apaziguada.
*
Nos últimos anos, com as catástrofes políticas recorrentes que se abatem sobre o Brasil, sobre a América Latina, uma das perguntas também recorrentes entre meus amigos, colegas, escritores, é sempre: como e quando isso começou? Onde começamos a cavar o buraco no qual caímos a cada 20 ou 30 anos? Golpes que são chamados de revoluções, revoluções que são chamadas de golpes. Aqui uma insurreição, ali uma revolta. Mudar para que nada mude. Nada é mais eficiente na América Latina do que os agentes do status quo.
Vocês pedem agora que eu fale por um continente, por um país, essas colônias, esses impérios, essas repúblicas, e por milhões de semelhantes diferentíssimos, e nessa língua, essa língua que falo, e que nela eu expresse o fantasma de milhares de línguas mortas, as de morte morrida e morte matada, as assombrações dentro da minha boca, os meninos mortos dentro da minha cavidade bucal, essa cova rasa, essa vala comum de uma língua comum.
Começo. O que é o começo de uma performance numa língua com cerca de 800 anos de História, que agora se bifurca em vários continentes? No primeiro texto de suas “Galáxias”, Haroldo de Campos escreve, assim escreve seu começo:
“e começo aqui e meço aqui este começo e recomeço e remeço e arremesso e aqui me meço quando se vive sob a espécie da viagem o que importa não é a viagem mas o começo da por isso meço por isso começo escrever…”
Mas é outro o texto que tomamos como texto fundacional do Brasil, a carta, a famosa carta de Pero Vaz de Caminha ao rei Dom Manuel, quando as três caravelas portuguesas aportaram no que é hoje o estado brasileiro da Bahia:
“E o Capitão-mor mandou em terra no batel a Nicolau Coelho para ver aquele rio. E tanto que ele começou de ir para lá, acudiram pela praia homens, quando aos dois, quando aos três, de maneira que, ao chegar o batel à boca do rio, já ali havia dezoito ou vinte homens.
Eram pardos, todos nus, sem coisa alguma que lhes cobrisse suas vergonhas. Nas mãos traziam arcos com suas setas. Vinham todos rijos sobre o batel; e Nicolau Coelho lhes fez sinal que pousassem os arcos. E eles os pousaram.
Ali não pôde deles haver fala, nem entendimento de proveito, por o mar quebrar na costa. Somente deu-lhes um barrete vermelho e uma carapuça de linho que levava na cabeça e um sombreiro preto. Um deles deu-lhe um sombreiro de penas de ave, compridas, com uma copazinha de penas vermelhas e pardas como de papagaio; e outro deu-lhe um ramal grande de continhas brancas, miúdas, que querem parecer de aljaveira, as quais peças creio que o Capitão manda a Vossa Alteza, e com isto se volveu às naus por ser tarde e não poder haver deles mais fala, por causa do mar.”
NOTA VISUAL: [cena do filme ‘Descobrimento do Brasil’, do diretor Humberto Mauro]
*
FANTASMAGORIA DAS LÍNGUAS MATERNAS
Meu pai contava os mantimentos:
um feijão, dois feijões, três feijões,
e o fantasma da minha mãe
os catava sobre a mesa da cozinha,
deles extraía as pedras e plurais:
um feijão, dois feijão, três feijão.
Meu pai pregava, dolorosos ferrões
tinham as vespas e abelhas,
sua defesa na ponta do abdômen,
e o fantasma da minha mãe
repetia aos filhos: tomem tento,
os marimbondos, as mamangabas.
O pai alertava, sábio, contra chuva
que se avizinhava no interior
como um canavial em chamas,
e o fantasma da minha mãe
concordava: em breve o toró
despencaria, alagaria o igarapé.
O pai e sua cinta trançada de couro
tinham a rapidez do seu punho,
esfolava, pelava o nosso traseiro,
e o fantasma da minha mãe
jamais errava uma chinelada sequer,
mira certeira contra as bundas.
Avarento eu não sou, dizia meu pai,
pânico de que os recursos do clã
se esgotassem, e o fantasma da mãe
era quem conhecia o fim da comida
e da saúde, a extinção da tribo,
esgoelava: é muquirana! muquirana!
Não se embrenhem mato adentro,
dizia o pai: os grandes felídeos
e ofídios estão à espreita, bocarra
anti-barriga. O fantasma da mãe
expunha o bucho, ciciava: vem, jaguar;
sucuri, vem; socorrei, ou vingai-me.
*
É estranho pensar que o escrivão diria que o barulho do mar impedia a compreensão entre aqueles homens, uns de um povo conhecido como português, os outros de um povo conhecido como tupinambá. Muito maior incompreensão viria nos anos, décadas e séculos posteriores. O barulho do mar, o barulho do Atlântico que foi por séculos silencioso entre os povos da Europa e os povos da América.
Em ‘Tristes Trópicos’, Claude Lévi-Strauss escreveu: “Resta-nos, talvez, corrigir um segundo erro, que consiste em pensar que a América ficou durante 20.000 anos cortada do mundo inteiro, sob o pretexto de que assim o estava da Europa Ocidental. Tudo sugere, ao contrário, que ao grande silêncio atlântico, tenha correspondido, em todo o contorno do Pacífico, um zumbido de enxame.”
*
CARTA À MATRIARCA
Saudações
meio secas meio líquidas,
os cumprimentos
do barro e da costela.
Escrevo do centro do umbigo
que é a cicatriz vitalícia
de minha maculada conceição.
Queridíssima Urmamífera.
Caríssima Protouterina.
Não é à toa
que o seu nome
nas línguas várias
vem das mais fáceis sílabas,
aquelas das quais são capazes
os bebês, os infantes,
nossas miniaturas
de baba e pernas titubeantes.
{Ma} é só um balbucio,
alfabeto fonético para iniciantes,
articulado
num abrir e fechar
de lábios
como os que se encaixam
nos mamilos
para sugar as proteínas
das fábricas industriosas
de suas mamas.
Minha pequena pomada-de-calêndula,
minha minúscula mercúrio-cromo.
Ovípara ardilosa
que faz do próprio bucho
uma casca de carne-cálcio,
faz de si mesma
a primeira
doadora de órgãos.
Para fazer esse
M + A,
os lábios fechados ocluem
por um segundo
o ar
dos meus pulmões,
eu que sou filho do pós-guelra,
para chamar a Senhora
que é filha do pré-guelra.
Minha pequena dinossaura,
minha minúscula pré-história.
Ave, primeira
professora de línguas.
Eu pio desesperado
no ninho de galhos
sequíssimos, tão
prontos à combustão.
A Senhora se faz meu totem
para tornar-se a primeira
legisladora de tabus.
Por anos segui sua manufatura
de gêneros,
seus respectivos costumes
e figurinos, eu que não
passo de argila,
argamassa e reboque.
Eu, manequim de loja em falência.
A Senhora, sentada
nas cadeiras, assemelhava
aquelas pequenas estátuas
pré-históricas
que anacronicamente
chamamos de Vênus,
elas próprias
assimilando ovos,
figuras femininas redondas,
de tetas grandiloquentes,
a fértil feminil.
Minha pequena geleia de tutano,
minha minúscula bolsa de estopa.
É A Senhora quem faz a diferença
entre o tico-tico e o pardal.
É A Senhora quem faz a diferença
entre a chuva e o toró.
A Senhora
que ensinou
agigantar as significantes gramas
até que tivéssemos
o trigo, o arroz e o milho.
A Senhora
que presidiu
sobre a mutação das lobas
em cadelas
e as guiará de volta ao lupino.
A Senhora
que sobreviveu
a cada uma das cinco grandes
extinções
e lentamente sobrevives a esta.
No tororó eu ouvi
a água que houve.
Hoje sei que perigosa
mesmo a Cuca
nunca foi.
Cá estou em sua boca,
encharcado da saliva do crocodilo.
Minha pequena arqueóloga,
minha minúscula Tutancâmon.
A que me untou com os seus unguentos,
a que me besuntou com seus emplastros.
A que me enfaixou, múmia, em seu linho.
A que me enfeixou, mosca, em sua teia.
*
Mas é este o começo, como ainda se ensina nas escolas da América Hispânica e no Brasil? Que estes países começaram com a chegada, a invasão dos europeus? Em nenhum momento na escola foi-me dito algo sobre as pedras usadas para astronomia pelos povos indígenas em Calcoene. Sobre a Civilização Marajoara. Sobre os geoglifos na Amazônia. Sobre os sítios arqueológicos na Pedra Furada. Sobre a bela Pedra do Ingá.
NOTA VISUAL: [usar imagens desses artefatos]
*
Sigo agora aqui neste discurso sobre a língua materna, e nela vão escondidas as assombrações de outras línguas maternas, as línguas das mães indígenas e das mães africanas, aquelas que nos ensinaram seu português avermelhado, empretecido.
Quando um brasileiro diz TORÓ, e não CHUVA, há aí uma assombração, o fantasma de mães mortas.
Quando um brasileiro diz MARIMBONDO, e não VESPA, há aí uma assombração, o fantasma de mães mortas.
Quando um brasileiro diz SAÚVA, e não FORMIGA, há aí uma assombração, o fantasma de mães mortas.
Quando um brasileiro diz CUTUCAR, e não TOCAR, há aí uma assombração, o fantasma de mães mortas.
Quando um brasileiro diz CAPIM, e não MATO, há aí uma assombração, o fantasma de mães mortas.
Quando um brasileiro diz BUNDA, e não TRASEIRO, há aí uma assombração, o fantasma de mães mortas.
NOTA VISUAL: cena do filme ‘Macunaíma’, de Joaquim Pedro de Andrade.
Porque são as mães que ensinam a língua. É por isso que dizemos LÍNGUA MATERNA e não PATERNA. Mas a história da língua é uma história de proibições. Em 1755, o governo português sob o Marquês de Pombal editou o decreto conhecido como “Diretório dos Índios”
Diretório dos Índios. 1755.
Cláusula 3 — “3 Não se podendo negar, que os índios deste Estado se conservaram até agora na mesma barbaridade, como se vivessem nos incultos Sertões, em que nasceram, praticando os péssimos, e abomináveis costumes do Paganismo, não só privados do verdadeiro conhecimento dos adoráveis mistérios da nossa Sagrada Religião, mas até das mesmas conveniências Temporais, que só se podem conseguir pelos meios da civilidade, da Cultura, e do Comércio: E sendo evidente, que as paternais providências de Nosso Augusto Soberano, se dirigem unicamente a cristianizar, e civilizar estes até agora infelizes, e miseráveis Povos, para que saindo da ignorância, e rusticidade, a que se acham reduzidos, possam ser úteis a si, aos moradores, e ao Estado: Estes duos virtuosos, e importantes fins, que sempre foi a heróica empresa do incomparável zelo dos nossos Católicos, e Fidelíssimos Monarcas, serão o principal objeto da reflexão, e cuidado dos Diretores.”
Cláusula 6- “6 Sempre foi máxima inalteravelmente praticada em todas as Nações, que conquistaram novos Domínios, introduzir logo nos povos conquistados o seu próprio idioma, por ser indisputável, que este é um dos meios mais eficazes para desterrar dos Povos rústicos a barbaridade dos seus antigos costumes; e ter mostrado a experiência, que ao mesmo passo, que se introduz neles o uso da Língua do Príncipe, que os conquistou, se lhes radica também o afeto, a veneração, e a obediência ao mesmo Príncipe. Observando pois todas as Nações polidas do Mundo, este prudente, e sólido sistema, nesta Conquista se praticou tanto pelo contrário, que só cuidaram os primeiros Conquistadores estabelecer nela o uso da Língua, que chamaram geral; invenção verdadeiramente abominável, e diabólica, para que privados os Índios de todos aqueles meios, que os podiam civilizar, permanecessem na rústica, e bárbara sujeição, em que até agora se conservavam. Para desterrar esse perniciosíssimo abuso, será um dos principais cuidados dos Diretores, estabelecer nas suas respectivas Povoações o uso da Língua Portuguesa, não consentindo por modo algum, que os Meninos, e as Meninas, que pertencerem às Escolas, e todos aqueles Índios, que forem capazes de instrução nesta matéria, usem da língua própria das suas Nações, ou da chamada geral; mas unicamente da Portuguesa, na forma, que Sua Majestade tem recomendado em repetidas ordens, que até agora se não observaram com total ruína Espiritual, e Temporal do Estado.”
E é assim, é assim que eu hoje falo sobre este palco não a minha língua materna. Mas a minha língua paterna, o português, o português avermelhado e empretecido dos brasileiros, no qual em toda frase surge aqui e ali uma palavra indígena, uma palavra africana, e estas são fantasmas, fantasmas de avós e bisavós e trisavós e tataravós mortas, estupradas, escravizadas. A minha língua é uma língua violenta.
*
— TERRA NO CORPO —
Uma história da terra
no próprio corpo.
Do pai, a porção
branca da carne,
ascendência registrada
em cartórios por tabeliães,
o sobrenome que retém
do avô a pronúncia catalã
de origem, ainda
que sua grafia se tenha
baralhado, e, da avó,
nomes de cidades
do passado, como certa
Campobasso, que tanto
poderia ser Atlântida.
Do pai, principalmente,
a possibilidade dos convites
às salas-de-jantar da casa-grande.
Da mãe, o tingir
castanho da pele
de gente cabocla
do interior, sobrenome
proletário de qualquer
zé-ninguém, e o passado
esquecido de ocas,
do estupro de mulheres
ameríndias e africanas
apagado e silenciado
pela História,
mas não pela carne.
A carne lembra-se
e lembra.
Como o pânico irracional
da mãe, a cada gripe,
de que morra a casa toda.
As linhas retas de pais,
lembradas,
e as linhas tortas de mães,
esquecidas.
Mas na língua mesma
resiste
talvez a memória
de um desastre antigo,
quando empreteja
o céu e se grita
da casa-pequena
que se corra e tire
a roupa do varal,
que vai cair um toró.
É sempre e ainda
o toró que vem.
E a carne dos filhos
sem entender bem
o porquê,
deseja e teme
o toró-final
que venha e leve
roupa e varal,
quintal e casa.
*
Mãe? O que é uma mãe? O que é um matriarcado e um patriarcado?
NOTA VISUAL: [cena do filme “Pixote”, de Héctor Babenco]
*
tal qual
o saguipiranga
que se torna mico-leão-dourado
para extinguir-se;
o suaçuapara
que se torna cervo-do-pantanal
para extinguir-se;
a jaguapitanga
que se torna raposa-do-campo
para extinguir-se;
o jaracambé
que se torna cachorro-vinagre
para extinguir-se;
a jaguatirica
que se torna gato-do-mato
para extinguir-se;
*
Sei que língua minha mãe usava
para se dirigir a sua mãe, e qual esta falava
com a sua, essas mães de mães de mães,
quanto mais porém me distancio, rumo
ao passado nessa Tábua de Ouija, sinais
achados em cartas velhas, certidões
manchadas de nascimentos, óbitos,
mais difícil é minha comunicação
com meus mortos nesse estranho código
morse, em línguas estrangeiras e mortas.
Meus antepassados e eu nos encaramos
em margens opostas daquele velho rio,
e gesticulamos, gesticulamos, fazemos
movimentos e formas com as mãos,
umas magricelas, outras descarnadas
até os ossos. A interpretação
desses gestos depende da meteorologia
em nossos respectivos infernos.
Por vezes creio que dizem: "una-se a nós",
noutras, "fique onde está." Um pedido
de socorro talvez seja só reprimenda,
que por vezes interpreto como incentivo.
Só conversamos em nossos horários
de almoço, pois sendo quem são, ou foram,
ou serão, até no inferno meus mortos
acabaram entre os pobretões.
*
LÍNGUA MATERNA
"Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor"
[Enrique Lihn]
para Will Santt
uma casa ensombrada é a língua
da mãe da mãe da minha mãe
sob sibipirunas das quais tílias
brotam num podre tronco morto
de baobá ali aninha sua quilha
o esqueleto dum falcão peregrino
e rasga no bico o miocárdio
dum filhote fêmea de bem-te-vi
que ainda traz no bucho o resto
de regurgitada goiaba goela a goela
uma casa assombrada é a língua
da mãe da mãe da minha mãe
comuna-vala de corpos salinos
na mordaça duma travessia trans
-atlântica uns superfícios outros
abissais pelos fundões marujos
até se doarem calcioconchas
esbranquiçadas via gosto brasil
n'areia no marulho na maresia
o madeirame podre de caravelas
cascavel no canavial é a língua
da mãe da mãe da minha mãe
na peçonha adocicada de sinais
primevos de carne apodrecida
como nas bananeiras das bocas
das minhas irmãs tias e primas
mal se vê a mancha-sangacho
a vazar de primas irmãs e tias
das pernas a mácula do canto
de coração-de-boi e mãe-do-sol
uma ilha-íngua inchada é a língua
da mãe da mãe da minha mãe
ilharga que cicia e se cerze a si
a cada rombo dessa ovípara-mor
a marsupial de colos perlários
que catequizam ovíparas-mirins
na madeira-de-lei o jacarandá
de cristaleira de vó antiquíssima
onde os pratos de sopa são tão
fundos quanto crânios de antas
uma boca escancarada é a língua
da mãe da mãe da minha mãe
sob samambaias a folha de flandres
o látego no flanco da mula fértil
ela é o grito na cozinha que todos
ouviram à congregação do almoço
o concílio dos impostos paternos
após os cigarros cervejas baralhos
abandone o jejum pelos caçulas
Rute que por Noemi propaga Javé
uma sangria desatada é a língua
da mãe da mãe da minha mãe
que grita um ó imperativo e não
vocativo das próprias analfabetas
mães a trajarem linho e algodão
que esfregam e torcem e fervem
num pavor atávico de micróbios
pela casa encerada a agachada
de quatro feito bicho pela casa
gata que lambe sangue das patas
“Lo que puede ofrecerle la escena de Berlín a nuestro continente es principalmente autoconocimiento”: charlas de Barrio con Juan Carlos Méndez
Juan Carlos Méndez (Lima, 1976) es autor de la obra teatral “Tiernísimo animal” (2000) y de las novelas “Pandilla interior” (2010) y “Cierre de Edición“ (Penguin Random House, 2022). Él ha sido redactor principal y editor cultural del semanario de actualidad política Caretas, donde trabajó alrededor de una década. Luego realizó una maestría en la Universidad de Bonn, donde también trabajó como docente. Como gestor cultural ha organizado y dirigido diversos proyectos del Goethe-Institut Perú. En la actualidad vive en Berlín donde escribe una tesis doctoral donde analiza a los flâneurs latinoamericanos de algunas ficciones que se desarrollan en la capital alemana antes y después de la caída del muro. Títulos y autores del corpus son “Diario Pinchado” (2020) de Mercedes Halfon (Argentina), “También Berlín se olvida” (2009) de Fabio Morábito (México), “Berlín es un cuento” (2015) de Esther Andradi (Argentina), “Vamos a tocar el agua” (2020) de Luis Chaves (Costa Rica), “Vastas emociones y pensamientos imperfectos” (1998) de Rubem Fonseca (Brasil) y “Morir en Berlín” (1993) de Carlos Cerda (Chile).
La entrevista fue realizada por Daniel Sarmiento Osorio
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento Osorio
En esta conversación con nuestro vecino, el periodista y escritor peruano Juan Carlos Méndez, discutimos en torno a sus inicios en los oficios de las letras en su país natal, su llegada a Alemania y lo que significa para él escribir desde este país, y su investigación en torno a la narrativa latinoamericana que se está produciendo desde y sobre Berlín.
Con Juan Carlos nos pusimos cita un viernes 4 de octubre en la Staabi, como cariñosamente se le conoce a la Staatsbibliothek zu Berlin junto al Iberoamerikanisches Institut. No más encontrarnos en el hall abierto al público, que no observa normas demasiado estrictas respecto al silencio típicas de una biblioteca, juntamos rápidamente un par de sillas y una mesa, sobre la que pusimos un portátil y un micrófono para grabar.
Por su parte, nuestro vecino llevaba un largo abrigo azul y una bufanda roja de aspecto muy grueso. Aunque el invierno que vendría ya se dejaba presentir de manera leve, Juan Carlos llegó a nuestro encuentro con una disposición sonriente y relajada: un periodista sentado del lado del micrófono opuesto al que suele ocupar y listo para hablar. Así, en medio de esa Babel llena de los rumores de las voces de lectores en innumerables lenguas, comenzó nuestra conversación.
Juan Carlos, antes de pedirte que nos hables sobre lo que has venido investigando con relación a la representación de Berlín en la literatura latinoamericana, pensaba abrir con una nota más personal, preguntándote por tu proceso migratorio a Alemania en relación con tu vida profesional. Tengo entendido que tú ya estabas muy metido en el periodismo cultural en el Perú, concretamente en la sección homónima de la revista de actualidad Caretas, por lo que me gustaría entonces preguntarte qué te lleva a tomar esta decisión de venir para acá.
Para el Perú, y creo que para todos los países latinoamericanos, la pandemia fue un golpe demoledor. Mi país tuvo un par de décadas de democracia y crecimiento económico sostenido y eso fue suficiente para establecer una narrativa de supuesto progreso. Pero el cuento tuvo un final fatal para miles de personas. Yo acababa de regresar de Alemania, donde había finalizado una maestría, cuando se decretó el estado de emergencia sanitario. Los sistemas de salud y de educación entraron en crisis rápidamente y la economía, compuesta por una gran mayoría informal o formal solo en apariencia, se derrumbó. Como siempre, solo la elite la pasó bien, en sus casas de playa o viajando al primer mundo para vacunarse. La crisis también afectó a los medios de comunicación, muchos dejaron de imprimirse y otros quebraron directamente. Volví a sentir lo que había sentido en mi niñez y adolescencia, durante la época del terrorismo y la hiperinflación económica: la fragilidad social y la precariedad laboral a todo nivel. Volví a sentir eso que muchos creímos que se había acabado con el regreso de la democracia en el Perú.
¿Cómo saliste de esta situación?
Conseguí un trabajo en el Goethe-Institut. Tuve mucha suerte de que me contrataran en plena pandemia. La entrevista inicial fue por Zoom y luego todo el trabajo también. Nunca vi en persona a mi jefa, ni a mis compañeros… Luego se concretó lo de mi investigación académica aquí en Alemania, donde seguí trabajando para el Goethe de Perú a la distancia hasta terminar los proyectos en los que estaba comprometido.
Entonces tú ya tenías una relación con el alemán…
Fue por etapas. Antes de hacer la maestría, ya había venido con un grupo de periodistas latinoamericanos invitados por el gobierno alemán. Estuvimos acá alrededor de un mes. La visita estaba organizada por diferentes instituciones y tuvimos entrevistas con ciertas autoridades que tenían agendas muy complicadas, por lo que accedimos sin intermediarios a una parte de la realidad alemana de ese momento. En mi último día en Berlín, antes de tomar el tren rumbo al aeropuerto, me senté unos minutos frente a la ventana de mi hotel y mirando el río me pregunté qué pasaría si no regresaba, si en lugar de tomar el avión y volver a mi país, a mi ciudad, a mi trabajo, no lo hacía. No me atreví y regresé a Lima en primera clase, porque por alguna razón recibimos un upgrade de último minuto. Quizá por habernos portado como niños buenos. Sin embargo, la pregunta se mantuvo y ahora la estoy desarrollando en una ficción sobre un latinoamericano en una situación similar, pero la diferencia es que él no regresa. Él sí tiene las agallas para quedarse y volverse ilegal. Para algo tiene que servir la ficción, ¿no?
¿Ese es el proyecto en el que estás trabajando actualmente?
Sí, y el título de trabajo es Darse a la fuga. Es una frase que se usa en contextos migratorios y también tiene resonancias coloniales. Se usaba, por ejemplo, cuando un cimarrón se escapaba. Los cimarrones eran los esclavos africanos que huían y vivían en libertad en su quilombo o palenque, formando una sociedad paralela. Me gusta cómo se forma el verbo “darse”. Como si la persona se entregara a sí misma esa oportunidad. Y también tiene que ver con el hecho de que muchos de nosotros, los latinoamericanos, sea legal o ilegalmente, nos estamos dando a la fuga, ¿no? Nuestras sociedades ya sean por razones económicas, laborales, de salud, simplemente no nos acogen. Son muy pocos a los que se les permite establecer un proyecto real, ya sea creativo, laboral o familiar.
Nosotros también crecemos con el imaginario de que hay que irse…
Yo prácticamente mamé la crisis desde la leche materna, las crisis sociales, de violencia terrorista, la guerra sucia, en fin. Todos hablaban de irse. Acabar el colegio e irse, acabar la universidad e irse. En esa época el destino más popular era Estados Unidos, no Europa. Sin embargo, luego la situación económica y política se estabilizó y no solo dejaron de irse, sino que comenzaron a regresar. Pero todo eso acabó con la pandemia. Y para mí Alemania sí era un destino posible porque ya la conocía. En general la gente en Latinoamérica tiene mucho miedo de los alemanes porque tienen una imagen casi de ficción, con respecto a la disciplina, el clima, el idioma. Todo está asociado a la severidad y a la dureza. Pero a mí me había ido bien acá. Había sentido una apertura, un interés. Además, también quería desmarcarme un poco de mi generación de escritores. Muchos de mi generación se habían ido a Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España, pero a Alemania muy pocos. Y bueno, a mí me interesaba contar la migración latinoamericana desde Berlín. Debe ser por mi formación periodística: contar un mismo fenómeno pero desde otro punto de vista, desde una perspectiva nueva, desde un lugar que no fuera París, Nueva York o Madrid.
¿Cómo pudiste realizar ese viaje finalmente?
Con un proyecto que se nutriera del mismo viaje. Convertí a la ciudad en un proyecto literario y académico. Porque para mí está todo conectado: la escritura literaria está basada en un cincuenta por ciento de investigación académica. Por ejemplo, mi novela anterior (Cierre de edición, 2022) narra la última semana en una redacción periodística y mi tesis de maestría fue sobre periodistas de ficción. Entonces, el método que he ido descubriendo poco a poco se basa en una investigación académica que luego transfiere elementos, temas, personajes e impulsos al proyecto literario.
Y a diferencia de la escritura académica, donde todo es muy racional y meditado, o de la escritura periodística, que depende de la actualidad de la noticia, en la escritura literaria todo es muy inconsciente, pulsional e inesperado. Al menos al principio. Luego cuando corriges, cuando pasas al segundo borrador, editas, ordenas y buscas una estructura, pero teniendo mucho cuidado de que la energía inicial no se pierda, ese fuego irracional es lo más importante y no se debe apagar. Investigando para definir el tema de mi tesis de maestría descubrí que había toda una tradición de novelas latinoamericanas con personajes periodistas. Y bueno, luego descubrí que también hay una tradición de escritores latinoamericanos que narran desde Berlín…
¿Qué crees que te aporta el hecho de desempeñarte simultáneamente como escritor, periodista e investigador en literatura? ¿Cómo se relacionan estos roles entre sí?
Para mí todo eso es escritura. El periodismo, la investigación académica y la literatura propiamente dicha; para mí todo es escritura. Cada uno tiene sus reglas, pero para mí se retroalimentan y convergen. El periodismo y la investigación académica convergen en la literatura, son fuentes. Yo necesito las experiencias de primera mano que me da el periodismo. Estar ahí, mirar las cosas, sentirlas, olerlas, y que no me las cuenten o tener solo el referente bibliográfico. Pero luego, durante el proceso, también necesito la tradición, necesito el archivo. La combinación de ambas alimenta la ficción, la hilvana. Me da un terreno seguro sobre el cual empezar a imaginar. También es cierto que no puedo vivir solamente de ser escritor de ficción. Entonces he tenido que abrir el campo profesional, y así de alguna manera he desarrollado un método, que ha sido mitad decisión y mitad necesidad. Siempre estoy trabajando para escribir. Cuando me di cuenta o decidí que todo convergía en la escritura, dejé de pensar que estaba perdiendo el tiempo o de lamentarme por tener que hacer cosas que no estén directamente relacionadas con la escritura literaria porque todo converge, todo la alimenta. O al menos eso es lo que yo creo.
Tu proyecto actual como investigador está centrado en Berlín y en la representación de esta ciudad en la literatura latinoamericana. Eso me hace preguntarme, en primer lugar, por qué elegiste Berlín para este propósito. Y en segundo, tengo entendido que durante el tiempo que ejerciste como periodista cultural tu proyecto literario quedó relegado a un segundo plano. Entonces, ¿por qué Berlín de repente es el espacio propicio para volver a estas labores?
Yo siempre he querido ser escritor de ficción, desde que me recuerdo como lector a los 12, 13, 14 años, conmovido por una versión escolar de Los miserables. El efecto que esa novela tuvo en mí era algo que yo quería imitar y bueno, todos mis intentos en ese entonces fueron fracasos porque simplemente no estaba listo. Para mí ha sido un asunto de terquedad, de seguir insistiendo.
Yo estudié paralelamente periodismo en la Universidad Católica del Perú y literatura en la Universidad Mayor de San Marcos, y hacia el final del bachillerato universitario, diferentes lecturas, vivencias y estados emocionales se conectaron y pude escribir con arrojo y escuchar por fin algo que parecía ser mi voz. Lo que salió de allí me gustó y le gustó a otros también. Y luego conseguí trabajo y descubrí que el periodismo podía ser una manera de que te paguen por escribir. Después se convirtió en un oficio, pues debía publicar por lo menos dos artículos semanales sin dudas ni murmuraciones. Llueva, truene o relampaguee yo tenía que entregar mis textos sin excusas. Eso me sirvió para soltar la mano, buscar en archivo información nueva, salir a la calle, hacer llamadas, entrevistar expertos, hacer preguntas incómodas, cruzar fuentes y finalmente escribir sin miedo. No solo me exigían escribir bien, me exigían novedades y ángulos interesantes. Y yo aprendí eso antes de que Google, las redes sociales y la AI fueran la respuesta a todo. Entonces, de alguna manera, así se desarrolló un método que no espera la inspiración literaria. Para mí está claro que está cayendo la guillotina y tengo que salvar mi vida. Esa guillotina, el deadline, es la inspiración para mí. Al final, como Sherezade, escribo para salvar el pellejo.
En cuanto a tu segunda pregunta, la posibilidad de insertarme en un mundo académico en Alemania me dio la oportunidad de volver a las letras o a la literatura y dejar poco a poco el periodismo. Claro, el periodismo me dio esta manera de enfrentarme a la escritura, pero no me dejaba la cabeza en paz porque tú no solo trabajas cuando escribes, sino que estás todo el día siguiendo las noticias, buscando información, no hay fines de semana, ni feriado, ni vacaciones, todos regresaban de sus vacaciones con notas, fotos, información, textos, era una locura… No estás nunca con la cabeza libre, nunca, algo que yo sí he logrado con el tema académico. Mi meta siempre fue escribir ficción. Y claro, he tenido un camino largo. En el camino he ido publicando libros, pero en este momento aún tengo que dedicarme al trabajo académico.
¿Podrías contarnos un poco más de lo que has venido observando en tu investigación actual? ¿Cómo te está interpelando esta producción literaria latinoamericana en Berlín que estás leyendo?
Lo que me di cuenta es que hay una producción antes de la caída del muro de la que yo no tenía ni idea y que fue hecha por escritores que vinieron huyendo de las dictaduras latinoamericanas. Entonces, esa situación concreta, social, histórica, hizo que vinieran acá y se encontraran nada menos que con la Guerra Fría. Y a pesar de todos los retos que implicó sobrevivir a eso, pudieron escribir, pudieron contarlo, cada uno a su manera, y con diferente calidad, pero dejaron su testimonio, devolviendo la visita a los europeos que cuando llegaron a América escribieron las Crónicas de Indias. Porque cuando uno escribe, entiende. O al menos intenta hacerlo. Y así como esas crónicas que fueron escritas en el S. XV y XVI por religiosos, soldados, viajeros, aventureros y agentes políticos, así también ahora, cuatro siglos después, los antaño salvajes han llegado a Europa para escribir sus propias crónicas. Y esas crónicas ya no serán de Indias, sino de indios o por indios, por criollos o acriollados, pero ahora estos sujetos periféricos escriben desde el centro “cultural”, donde paradójicamente conviven las máximas expresiones del arte y del horror de la civilización occidental. Y entonces uno puede entrever la profundidad de Benjamin, otro berlinés, cuando escribe: “No hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de barbarie”.
Lo que dije es el fondo del asunto, pero en la superficie, y volviendo a la pregunta, desde un punto de vista alemán uno podría pensar que todos los latinoamericanos son iguales. Pero a mí me parece que no. Hay una generación antes de la caída del muro, que tiene otra mirada, que está construida de una manera muy específica porque viene de una situación muy concreta, a pesar de que “eso” siga siendo Latinoamérica. Cuando acabaron las dictaduras y vino la llamada primavera democrática, que así es como llaman las ciencias sociales al periodo que vino después de las dictaduras en los años 80 y 90, los latinoamericanos que fueron llegando ya eran otros. Eran hijos de sociedades…, no voy a decir más prósperas, pero ya no en crisis, ya no al borde del abismo. Eran sociedades en las que se impuso el neoliberalismo también. Y muchas de estas sociedades y Estados se empezaron a conectar. Se establecen acuerdos, se firman convenios, se entregan becas. Muchos de estos latinoamericanos que llegaron en esta segunda fase eran becados, la mayoría por el DAAD, por el programa para artistas. Y por la misma característica del programa, muchos se fueron cuando finalizó la beca. Hay una última generación que llegó directamente ya sea con puestos en universidades, por Working-holiday, como Au-Pair o huyendo de la crisis del 2008 en España y luego se fueron quedando. Y ellos también son diferentes por la tecnología, llegaron con el móvil en la mano; puede que ahora todos usemos el teléfono, pero ellos son distintos. Si tuviera que escribir frases para definir y diferenciar a esas tres generaciones serían dictadura, beca DAAD y nativos digitales.
Actualmente la llamada escena literaria berlinesa está compuesta en su mayoría por miembros de la primera generación, los fundadores, y los de la tercera, “los recién llegados” durante los últimos quince o veinte años. Los de la primera no hablan inglés, pero sus libros están traducidos al alemán, y los de la tercera hablan alemán, inglés y hasta alguna otra lengua romance, pero o apenas tienen un par de libros o incluso no han necesitado publicar porque ingresaron a la escena leyendo inéditos, haciendo performances u organizando o curando eventos. Los de la segunda generación no viven aquí, se fueron cuando acabó su beca, y solo existen en formato libro y en castellano. Son una presencia intangible. No todos, pero sí varios. Solo se puede conversar con ellos leyéndolos o mandándoles un mensaje por Instagram o Whatsapp.
Dentro de estos grupos o diagramas de Venn hay varios subgrupos y personas que no encajan, se intersectan entre los subgrupos o son contraejemplos. No obstante, lo repito, mi propuesta de agrupación y clasificación es hecha de manera muy general, solo para intentar entender y describir.
¿Entonces dirías que esas diferencias en cuanto a recursos y posibilidades materiales y tecnológicas generaron diferentes perspectivas e intereses?
Yo también pensaba antes “todos somos iguales, todos somos latinoamericanos”, pero no. Vivir en Berlín e investigar me ha hecho entender que esas sociedades diferentes y en evolución también han creado escritores diferentes, con distintas necesidades expresivas. Los escritores antes del muro estaban todos hablando de la Guerra Fría y tenían el tema político y social mucho más marcado, la militancia. Y claro, como no estaban becados muchos eran sobrevivientes. Y si no lo eran ellos, entonces lo eran los latinoamericanos que los rodeaban… Todos estaban vendiendo baratijas, falsificando documentos, viviendo a salto de mata, cosa que ya no sucede con la segunda generación, que en su mayoría estaban becados ellos mismos o sus amigos y estaban en la universidad; esa realidad creó otro tipo de literatura. “Ahora los poetas tienen mucho pasto universitario, pero les falta calle”, me dijo una vez el poeta José Watanabe hablando de otro contexto, pero creo que igual se entiende. Esta segunda generación se movía en barrios muy acomodados de Berlín, casi como turistas, y en círculos similares. Sus libros están situados en Charlottenburg o Schöneberg o Friedenau… No encuentras libros que hablen de Kreuzberg o Neukölln que es un lugar muy importante y central para la vida de todos aquí; casi no hay un reflejo literario de esa parte de la ciudad, algo que sí encuentras en la tradición que se escribe en inglés, por ejemplo. Tampoco encuentras mucho de Berlín Este; está Carlos Cerda, por ejemplo, pero su novela, que es muy buena, sucede en la DDR. El otro es Rubem Fonseca, cuyo protagonista también cruzó el muro, aunque durante un momento muy acotado de la novela. Pero no he encontrado ejemplos luego de la caída del muro; todo es Oeste. El muro ya cayó hace 35 años, pero creo que psicológicamente sigue presente para los alemanes y sigue para nosotros también como migrantes. La división cartográfica que me genera la lectura de mi corpus de investigación es que por lo menos hay tres Berlín: este, oeste y el migrante. Si tuviera que resumir esta división en avenidas que sinteticen su arquitectura y contexto urbano, serían así Karl-Marx Allee y sus ramificaciones, encarnando al este; Kufürstendamm y sus ramificaciones, al oeste; y la Sonnennallee y sus ramificaciones, al sur global migrante. Vuelvo y digo que no hay muchos libros sobre la primera y la tercera zona. Sin embargo, en el proceso de participar de Barrio (Bairro) Berlin como moderador de una charla descubrí a una escritora, Luciana Ferrando, que publica crónicas y columnas sobre Kreuzberg y Neukölln. Me gusta mucho, me interesa mucho, pero publica en alemán, sobre todo en el diario Taz.
Pensando un poco en esta escena literaria local, ¿cómo percibes esta movida literaria latinoamericana aquí en Berlín? ¿Qué lugar crees que ocupa esta ciudad dentro del panorama global de las letras latinoamericanas en Europa o en Norteamérica?
Me parece efervescente, como que está a punto de estallar algo importante que no se va a quedar solo en Berlín, que se va a extender a otros ámbitos. Esta combinación de tantas energías, de tantas voces… Yo siento que hay mucho, mucho y diferente… Hace poco vino Diego Trelles Paz, que es un escritor peruano que vive en París hace 10 años y en el Kit Kat, en las pausas, mirando sudorosos cuerpos semi desnudos apenas cubiertos con látex, conversamos sobre ambas ciudades. La escena literaria en Berlín es también reflejo y consecuencia de la guerra fría cultural entre el este y el oeste. Esa tensión interna fue paralela a la tensión externa con París, el tradicional centro artístico y cultural. Por eso hubo una decisión política para hacer de Berlín un nuevo polo de atracción: plata, inversión, becas. Diego me dijo que en París ya no hay tantos escritores latinoamericanos, o en todo caso no en la cantidad de la época del “boom” y no en el volumen que respira hoy en Berlín, donde además hay diferentes redes institucionales. Están el Cervantes, el Instituto Iberoamericano, el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Freie Universität y una sección de la facultad de romanística de la Humboldt Universität. También hay tres librerías, Andenbuch, Bartleby y La escalera, que son pequeños centros culturales porque hay lecturas, talleres y presentaciones, además de venta de libros. Y más allá de eso, hay iniciativas personales o de pequeños grupos, como el Salón berlinés, Pasajeros del muro, Sarao poético o Probador de Poesías. Aquí hay casi todos los días una actividad en castellano, y eso es algo que Diego me decía que allá no se ve. Entonces la conclusión de esa noche fue que en Berlín hay dos cosas no encuentras en París: la efervescente movida literaria latinoamericana y el Kit Kat.
¿Qué puede ofrecerle esta escena literaria migrante al continente latinoamericano y también a Alemania? ¿Cómo podemos hacer que el continente latinoamericano conozca lo que se está haciendo acá y esta ciudad aparezca en los mapas de la literatura latinoamericana?
Seguir trabajando, ¿no? Seguir con el festival, con lo que hacen los escritores, los artistas, los activistas. Seguir produciendo. Esa es la manera de que Berlín entre en el mapa como otra ciudad latinoamericana o iberoamericana. En cuanto a qué puede ofrecerle la escena de Berlín a nuestro continente yo creo que principalmente autoconocimiento. A mí particularmente me ha reafirmado el hecho de que sí somos muy parecidos, de que compartimos no solo el idioma, sino también las raíces indígenas, las comidas, los ingredientes, la calidez, la idea de grupo, de familia… Nos parecemos mucho a pesar de esas diferencias o esas fronteras políticas que han generado guerras entre estados. Compartimos muchas cosas, incluso con los brasileños. Entonces por qué no apostar por un proyecto en común a futuro. Buscar que un pacto entre nosotros que nos convierta en un interlocutor con Europa, con China, con Rusia, con Estados Unidos, ahora que se están redefiniendo las fuerzas... Por el momento no tenemos ninguna voz; solo obedecemos y estiramos la mano para recibir. Les seguimos dando materias primas. En lugar de oro y plata, ahora les vamos a dar el agua, la selva y el hidrógeno verde; todo con las reglas que imponen ellos. Necesitamos unirnos para entrar a la discusión y hacer respetar nuestros puntos de vista y nuestras necesidades.
¿Y cómo lo vez en el terreno artístico? O sea, ¿tú puedes decir que la movida artística latinoamericana acá está produciendo innovaciones que vale la pena que se conozcan allá?
Sí. Acá se está produciendo una versión quizá más arriesgada de lo que pasa con la migración en Estados Unidos, es decir el spanglish, que ha generado nuevas literaturas, nuevas maneras de escribir. Pienso en Junot Díaz, Daniel Alarcón o antes Sandra Cisneros… Son latinoamericanos o hijos de, escriben en español, pero con rasgos del inglés o directamente en inglés. Acá también pasa eso, o la cosa puede incluso ser trilingüe. Acá el castellano sudaka y el portugués brasileño se van a contaminar del alemán y van a tomar estructuras, palabras o se va a escribir directamente en alemán, pero conservando construcciones y ritmos nuestros como ya lo hacen María Cecilia Barbetta o Ariel Magnus… Si esto sigue así, va llegar el momento en que Berlín va a crear su español, su geolecto, y eso va a enriquecer indudablemente nuestro idioma. Y también nuestra percepción de la realidad. Es algo que ya ha pasado con los turcos, que es una comunidad que llegó antes. Pienso en autores como Feridun Zaimoğlu y su Kanak Sprak, y en Aras Ören y su Berliner Trilogie. Es un poco lo que pasó con Arguedas en el Perú cuando escribió un castellano con gramática quechua, poniendo en fricción ambos idiomas y expresando así tensiones sociales e históricas. Es cuestión de tiempo, de dejar que el idioma y los escritores hagan su trabajo. En su momento los cuentos de cuchilleros de Borges escritos en lunfardo crearon mucha polémica, comentarios, denostaciones… Pero ahora la Real Academia Española de la Lengua ha publicado no solo ediciones conmemorativas de Borges, sino también de Los ríos Profundos de Arguedas. Aunque se puede argumentar que convertirlos en clásicos es apropiárselos y encasillarlos, también se puede decir que los riesgos con el lenguaje están generados por unas realidades que solo se pueden expresar a través de esos mismos riesgos. El lenguaje del statu quo ya no sirve, no los puede describir, no los contiene. Es necesario un decir otro, que parece ajeno a la norma, pero que si lo vemos con perspectiva, vemos claramente que es una ruptura verbal que refleja una ruptura social o cultural o científica. El surrealismo es una respuesta, pasando por Dadá, a la Primera Guerra Mundial. El monólogo interior usado por Joyce tiene relación con el descubrimiento de Freud de una parcela insospechada de la realidad: el inconsciente. El zorro de arriba y el zorro de abajo de Arguedas, que por cierto ha sido muy bien traducida por Wagenbach, es también un reflejo de esa fricción entre quechua y castellano, entre ficción y realidad, entre una economía capitalista y otra agraria-rural. Al final la literatura es un reflejo de estos nuevos contextos a las que se enfrenta el escritor y por extensión la sociedad en su conjunto. Y claro, una realidad tan compleja como la berlinesa es muy probable que genere un reflejo rico y complejo.
En una nota más personal. A ti como migrante hispanohablante, inmerso en particular en el ámbito de las letras, ¿qué te ha ofrecido esta ciudad?
Me ofrece variedad, descubrimientos. Vivir acá me ha hecho descubrir a otro tipo de escritores latinoamericanos que no son los que las editoriales colocan como novedades. Eso por un lado, y por otro también me ha hecho descubrir escritores alemanes. Porque claro, evidentemente te comienza a interesar esa tradición del país de acogida, no solo los clásicos. También descubres escritores de Europa del Este, los rusos, los que escriben en inglés acá. La movida no solo es hispanoamericana: hay una gran movida en inglés, hay cosas en francés, en portugués, en italiano, en lenguas eslavas.
Lo que te diría es eso, que me ha dado variedad y diferentes perspectivas. Kamel Daoud, reciente premio Goncourt y a quien escuché en Frankfurt, contó que le dijo a su hijo que debía aprender árabe y francés para poder ver lo que sucedía fuera de su casa desde diferentes ventanas. Es un poco eso. Berlín no es solo Alemania, es una ciudad mundo. Y lo ves en todos lados. Acá tú te vas a uno de esos mercados techados y tienes en un recinto pequeño las principales comidas del mundo a menos de cinco pasos. Y yo creo que esa variedad gastronómica también es literaria. Entonces hay que atreverse a probar esos nuevos sabores, esas nuevas combinaciones. Yo creo que si te dedicas a la literatura, si quieres escribir, estar acá va a expandir tu capacidad gustativa y ojalá también expresiva.
Creo que una buena manera de sintetizar todo lo que has dicho y de resumir sería preguntarte entonces lo siguiente: imagina que tuvieras que invitar a un escritor latinoamericano, a un periodista o un investigador en literatura a Berlín y venderle la idea de mudarse a esta ciudad. ¿Cómo lo harías? ¿Qué le recomendarías?
Bueno, que se busque una beca, un trabajo o una manera de sobrevivir. Es una ciudad cara, burocrática y que se toma su tiempo en todo. Puede haber mucho frío y soledad también. Yo no le voy a vender un cuento de hadas a nadie y vivir en Europa es complicado para un latinoamericano. Pero resuelto ese problema, esta es una ciudad infinita. Es una ciudad que no se acaba nunca. Con muchas capas y muchas posibilidades. Y acá sí que hay espacios para la escritura. Acá el escritor puede tener un espacio en la sociedad que tal vez no puede tener en Latinoamérica, donde ser escritor significa ser un vagabundo o un desempleado o donde solo se está permitido ser escritor los fines de semana o si eres exitoso, es decir, si vendes. No hay otra manera. Aquí, por el contrario, puedes acceder a premios, becas, ayudas, en fin. Igual es un oficio marginal, complicado, incluso precario, nadie es millonario, pero es como cualquier otro oficio, como ser panadero, maestro cervecero o mecánico, un oficio al que muchos se dedican y que es reconocido como necesario para la sociedad. Entonces, entras de alguna manera a esa comunidad de los escritores que escriben, publican, participan, pagan sus impuestos y tienen derecho a recibir su pensión de jubilación… Para no hablar de la inmensa red de bibliotecas, con todos los servicios mínimos indispensables para leer, informarte, escribir, investigar, en algunos casos con atención entre las 8 am hasta las 10 de la noche de lunes a domingo. No es el paraíso, ojo, no puede serlo con inviernos de nueve meses, pero si alguien tiene un proyecto, y tiene la determinación y el compromiso de llevarlo a término, aquí se puede lograr, estando rodeado además por muchos que están en la misma misión.
La entrevista fue realizada por Daniel Sarmiento Osorio
La redacción estuvo a cargo de Daniel Sarmiento Osorio
El primer trazo de un mapa. Prólogo del catálogo del festival
Traducción: Felipe Sáez Riquelme
En el "Latinofuturismo" Berlín no es solamente un barrio o bairro de una Global City latinoamericana como São Paulo, Ciudad de México, Lima o Buenos Aires, sino también la reencarnación de París, la antigua metrópoli artística del siglo XX y, a su vez, un puerto de anclaje literario en continuo devenir. Fragmentos del alemán se han ido incorporando desde hace tiempo a la lengua vehicular no oficial, un criollo sobre la base del español y el portugués; en paralelo, pareciera que una disruptiva sintaxis neolatina ya contaminara las obras de muchos autoras y autores alemanes, inspirades por la producción literaria contemporánea de América Latina en el Barrio (Bairro) Berlín.
El Latinofuturismo no es un movimiento, escribe el dramaturgo brasileño André Felipe, sino un entramado de prácticas y conocimientos latinoamericanos interconectados de manera transtemporal. Es un diálogo directo entre el presente, el futuro y el pasado con todos sus meandros en simultáneo, sin jerarquía alguna. El teatro latinofuturista sugiere una temporalidad que no está estructurada en torno a un glorioso progreso ni a la aceleración de un futuro basado en máquinas, sino que, al contrario, propone una reorientación temporal que incluya tanto la memoria del futuro como la imaginación del pasado y la distorsión del presente.
Desde un presente todavía marcado por desigualdades y fracturas (neo)coloniales, diseñar un futuro en el que las relaciones comiencen literalmente a "bailar" es el objetivo del festival Barrio|Bairro Berlin. Este festival presenta literatura contemporánea de América Latina y de la diáspora en Berlín. El festival también da espacio a iniciativas y actores, que cartografían y conectan autores de la escena latinoamericana y pretende darlos a conocer a un público más amplio, así como echar un vistazo al pasado y al futuro. El mapa resultante no solo busca unir pasado, presente y futuro, sino también dar cuenta de la conexión nacional e internacional del barrio o bairro, pues, Barrio|Bairro Berlin. no es un gueto monolingüe, sino una acción colectiva que pone en practica el multilingüismo, la internacionalización y la multiculturalidad.
Las autoras y autores latinoamericanos llegaron en mayor número a Berlín occidental y oriental durante las décadas del 70 y del 80, en su mayoría huyendo de los regímenes represivos de las dictaduras militares de la época, y durante los 90´s y 2000 debido a las crisis económico–monetarias en el Cono Sur. Paralelamente, el Berliner Künstlerprogramm (DAAD) desempeñó un papel importante al posibilitar, mediante un programa de residencia para artistas, la estadía de escritoras y escritores destacados de América Latina, primero en Berlín Occidental y, más tarde, en la capital alemana reunificada. Muchos de los invitados no solo incorporaron escenarios, personajes o temáticas de Berlín en las obras que publicaron posteriormente, sino que, junto a escritoras y escritores internacionales, marcaron profundamente la escena literaria de la capital alemana. Algunos de ellos llegaron para quedarse.
La presencia de escritoras y escritores, traductoras y traductores, curadoras y curadores latinoamericanes se ha vuelto más visible en los últimos años. Gracias a su activismo han logrado acceder a espacios de la escena independiente y a instituciones, además de iniciar ciclos de lecturas, talleres y festivales, o de fundar librerías, colectivos culturales, clubes o revistas. Muchas creadoras y creadores de América Latina se han establecido aquí o trabajan temporalmente en Berlín; latinoamericanas y latinoamericanos que llegaron por otros motivos, como estudios, trabajo o razones familiares, descubren aquí su vena literaria. Así, la escena literaria latinoamericana es heterogénea: autoras y autores de renombre internacional como Samanta Schweblin, Alan Pauls, Eduardo Halfon, Fernanda Melchor, Lina Meruane, Esther Andradi, Sonia Solarte, Amir Valle, Fernanda Mellado, Angélica Freitas, Ricardo Domeneck, Antonio Ungar o Héctor Abad Faciolince conviven con una diversidad de poetas y prosistas que, buscando un nuevo entorno para su labor creativa, se han mudado a una Berlín cada vez más gentrificada y aquí han fundado colectivos de escritura, fanzines, talleres literarios, editoriales y festivales alternativos. Entre ellos Martha Gantier, Cristian Forte, Ramona de Jesús, Adelaide Ivánova, Felipe Sáez Riquelme, Douglas Pompeu, Ana Rocío Jouli, Ginés Olivares, Tomás Cohen, Regina Riveros, Rita Gonzalez Hesaynes, Karen Byk, Elsye Suquilanda, Carolina Brown, Sergio Ojeda y Pavella Copolla.
No obstante, la capital alemana mantiene una relación no exenta de problemas con América Latina. Por esta razón, Barrio (Bairro) Berlin, siguiendo los pasos del Latinofuturismo, también pretende examinar el pasado y elaborar una nueva mirada para los desarrollos históricos actuales y futuros. Fruto del interés colonial por América Latina son las colecciones, algunas parcialmente en exhibición y otras almacenadas en depósitos. El Humboldt Forum alberga la colección del Museo Etnológico, que contiene numerosos artefactos de América Latina adquiridos bajo circunstancias cuestionables.
El Instituto Iberoamericano, que hoy en día constituye la segunda mayor biblioteca de literatura latinoamericana en el mundo, fue instrumentalizada durante el Tercer Reich con el propósito de predisponer un acceso colonial a Sudamérica. El interés por las relaciones culturales históricas y contemporáneas ha trascendido largamente el ámbito académico. Artivistas como Daniela Zambrano Almidón o Giuliana Kiersz, así como la dramaturga Lola Arias, toman las perspectivas migratorias y someten, en sus obras y performances, imágenes y estereotipos sobre América Latina y los latinoamericanos a una crítica decolonial. Esto no solo incluye el modo en que se re–presentan los artefactos de América Latina, sino también cuestiones relacionadas con la restitución de momias, objetos rituales y obras de arte.
Un pantallazo de la literatura escrita por autoras y autores de América Latina en Berlín no puede hacerse sin reflexionar sobre estas complejas relaciones culturales y sin dar cuenta, en ocasiones, de las precarias condiciones en las que las escritoras y escritores latinoamericanos crean literatura. Barrio (Bairro) Berlín acoge estas iniciativas y las condensa. El festival se concibe como una forma de contaminación literaria y multilingüe, que extiende sus tentáculos por la ciudad para profundizar, en colaboración con espacios de proyectos independientes, colectivos de literatura y traducción, las sinergias entre la producción literaria latinoamericana y alemana, y conectar con la diáspora latinoamericana en Alemania y Europa. Esto último se realiza mediante paneles de discusión que incluyen contribuciones virtuales de autoras y autores latinoamericanos que no residen en Berlín.
La colaboración entre autoras y autores de América Latina y Alemania ha crecido en los últimos años a través de colectivos y revistas. Iniciativas como el festival latinoamericano Latinale, Salon Berlinés, Taller d'Luis, Pasajero del Muro, Probador de poesía o programas de talleres y lecturas en librerías como a Livraria, andenbuch, Bartleby & Co. y La Escalera no solo han propiciado un intercambio dinámico entre autoras y autores latinoamericanos y artistas internacionales, sino también con escritores y escritoras de habla alemana. Para la mayor visibilización de las autoras y autores latinoamericanos berlineses sigue siendo el idioma un problema central. Pocos hacen la transición al alemán, como María Cecilia Barbetta o Ariel Magnus en su último libro. Afortunadamente existen editoriales como L.U.P.I. o Siesta Verlag que publican textos de expatriades latinoamericanes en su idioma original, y revistas como alba.lateinamerika lesen, Stadtsprachen o Madera, que publican textos de manera bilingüe y encargan traducciones.
Todo esto ofrece motivos concretos para realizar un inventario de la literatura latinoamericana en Berlín, algo que no se hacía desde el festival Horizonte en 1982. Barrio (Bairro) Berlin es un festival horizontal que invita a una amplia gama de creadoras y creadores literarios latinoamericanos para generar sinergias entre sus proyectos. El formato del festival permite hacer visible la escena literaria latinoamericana para un amplio público y llenar la ciudad de eventos literarios a lo largo de una semana. Las iniciativas participantes reciben una carte blanche para organizar y curar de manera autónoma un evento dentro del festival, en colaboración con el equipo curatorial del festival. Además de las iniciativas mencionadas, también se ha invitado a colectivos culturales multilingües como poco.lit. y el colectivo Wiese, para presentar con sus enfoques literarios y sobre la traducción, voces de la literatura latinoamericana en Berlín. Paralelamente, el centro del festival se realiza en Lettrétage, donde se lleva a cabo un programa diario con paneles de discusión sobre literaturas escritas más allá de las fronteras.
Este objetivo también se refleja en el catálogo de la primera edición del festival Barrio (Bairro) Berlin. En las páginas siguientes se presenta una selección de textos e imágenes de artistas que actualmente mantienen un intercambio activo en la ciudad. Este intercambio se refleja en el catálogo mediante el multilingüismo. La decisión de no incluir la traducción junto al texto original o viceversa subraya este aspecto. Las lectoras y los lectores están invitados a sumergirse en un enredo de lenguas, entre las cuales no hay jerarquías, y pueden, si desean buscar la contraparte del texto en la lengua de origen o destino, usar un código QR para consultarlo en el portal en línea del festival. La elección de los textos fue realizada en conjunto con las iniciativas que recibieron una carte blanche y busca ser una representación parcial de todas las autoras y autores invitados al festival. Además de estos artistas, se destaca la obra Bairro de León Ferrari, que aparece simbólicamente en el interior de este catálogo, así como el laboratorio de activación realizado en cooperación con el clúster de excelencia “Temporal Communities: Doing Literature in a Global Perspective”. En este marco, las artistas Ludmila Fuks, Juan Ignacio Chávez, Paloma Zamorano Ferrari y André Felipe han sido invitados a reactivar signos del pasado en el presente de forma creativa e indagatoria, utilizando materiales de las colecciones del Instituto Iberoamericano. Muchos de los textos e imágenes a continuación no han sido publicados anteriormente en alemán. Algunos han sido creados específicamente para el festival. Cada texto contiene información sobre la fecha y el lugar del evento en el que participará la o el artista. Los lugares de las actividades están marcados en un mapa en la contraportada del catálogo, de manera que las lectoras y los lectores puedan tener una idea de dónde tendrá lugar el festival en la ciudad. Este es el primer trazo del mapa del Barrio, que comienza en esta primera edición del festival y que ojalá año tras año crezca hacia el pasado, el presente y el futuro.
Nos complace especialmente que en este festival también nos acompañen autores y artistas que no provienen de un contexto latinoamericano pero que están familiarizades con las preocupaciones de activistas y críticos latinoamericanes, y aporten sus perspectivas artísticas, como Ann Cotten, Alice Creischer, Tomer Dotan-Dreyfus, Léonce Lupette, Ronya Othmann, Avrina Prabala-Joslin y Ralph Tharayil.
Por último, cabe destacar también el trabajo gráfico y tipográfico en este catálogo. Barrio (Bairro) Berlin habla de mundos que están conectados o que se conectan, en coexistencia e interacción. El catálogo es un concepto que abarca una variedad de medios, permitiendo acostumbrarse a nuevas formas de acceso a la literatura, a nuevas maneras de leer. Muchos textos están dispuestos en dos columnas, entre las cuales hay una amplia avenida, una referencia al Atlántico que nos separa y nos conecta, dejando claro que el blanco en el diseño otorga estructura. En cuanto a la tipografía y el diseño, hemos colaborado con artistas y diseñadoras gráficas que llevan diseños latinoamericanos al mundo.
Les deseamos tanta alegría al leer estas páginas como la que sentimos al crear este catálogo.
El Equipo de Barrio | Bairro Berlin